Lo que es un hecho es que la Casa Roja, la hermosa y centenaria mansión que adornaba la esquina de Purcell y Ramos, en el centro de esta capital, ha sido destruida presumiblemente para siempre.

En el marco de las celebraciones por el aniversario de la ciudad, el acervo arquitectónico de Saltillo sufre este importante menoscabo y con éste su paisaje urbano.

Se suele decir, tras acaecida la desgracia, que “ya ni para qué buscar culpables”. No caigamos jamás, por favor, en este simplismo y menos tratándose del patrimonio colectivo.

La vieja mansión de la que todos guardamos algún grato recuerdo o evocamos al menos como una de las más bellas postales de nuestra ciudad, fue consumida por la negligencia de quienes la arrendaban/administraban para su uso comercial y por la corrupción de nuestras autoridades. Se tenía que decir… ¡Carajo!

Esto no fue un revés de la fortuna, algo que inevitablemente ocurriría o imposible de anticipar. No, fue la sistemática suma de yerros y omisiones cuya única ventaja es ser una culpa colectiva, porque así nadie se la va a tener que echar a cuestas.

El desinterés de la autoridad por los inmuebles de valor estético o histórico de nuestra ciudad es más que palpable. La desaparición del Cinema Palacio ante la indiferencia del Gobierno Estatal dejó en su momento muy clara la postura oficial:

“No hay dinero”, dijo entonces Rubén Moreira, no obstante su administración gastó millonadas en hacer anodinas plazas de rancho que no son sino una plancha de cemento con bancas metálicas, a veces a costa de construcciones de cierto valor o interés como el Edificio Coahuila.

Otro ejemplo de la visión de estos hombres de estado nos la dio su hermano y predecesor, Humberto Moreira, cuando le dio por habilitar algunas casonas como la que alberga el Museo Taurino, sin que hubiese argumento que justificase esta elección como no fuese el capricho o los intereses personales.

Luego de un sexenio de dispendio sin ton ni son, cuando llegó por fin la ocasión de querer salvar un inmueble por reclamo popular, por apego genuino a éste, se nos dijo simplemente que el dinero se acabó. “Si quieren salvar el Teatro Palacio, ahí coopérense entre ustedes”.

Y no hubo institución guardiana del patrimonio o la cultura que lanzase el más tímido extrañamiento.

Esa misma indiferencia de las autoridades obró antes y obra después del siniestro que consumió la Casa Roja, sólo que agravada porque aquí la pérdida no se dio por la compra-venta y cambio de vocación del inmueble, sino por una catástrofe que pudo costar vidas.

¿Dónde estaban INAH, Centro Histórico y Protección Civil mientras la casona fue ocupada por el proyecto “cultural” Casa Alameda?

¿Dónde estaban INAH, Centro Histórico y Protección Civil mientras la casona fue ocupada por el proyecto “cultural” Casa Alameda?"

¿Se hicieron presentes para cerciorarse de que las instalaciones eran seguras para la propia integridad del inmueble y de los visitantes? ¿Determinaron qué uso se le podía dar a esta casona y cuáles actividades no debían realizarse? ¿Verificaron que se adquiriera una póliza de seguros apropiada? ¿O es que eso ni siquiera es un requisito?

Y es que aún estaban humeantes los rescoldos del incendio cuando diversos ciudadanos comenzaron a contar en redes sus experiencias en Casa Alameda: instalaciones desprolijas, negligencia con las conexiones eléctricas, una cocina improvisada por no mencionar otros pecados más bien concernientes a su administración y su manera de hacer negocios.

Bajo ninguna circunstancia pueden los administradores asumirse víctimas pasivas del infortunio. Fue su responsabilidad o la falta de ésta, su autoindulgencia y su estupidez la que ahora dejó a Saltillo sin una de sus piezas más queridas.

Pero los niños Casa Alameda se bañan en la autoconmiseración, se asumen víctimas, plañen y reciben toda suerte de condolencias como si la pérdida en todo esto fuera sólo su proyecto, su inversión y sus sueños de hacerle al empresario hípster buena onda y no uno de los contados recintos de los que esta capital se podía sentir orgullosa.

No, muy al contrario, se arrogan como rescatadores de la cultura y de las artes –como si no nos hubiera costado ya muchísimo su chistecito– y reclaman un pobre apoyo de parte de la autoridad.

¿Apoyo? Si lo que necesitaron fue de hecho autoridades más vigilantes y celosas, que les marcaran con mano dura los lineamientos a seguir y que les impidiesen operar hasta que la seguridad del inmueble y los ocupantes estuviera perfectamente garantizada.

¡A hacerse las víctimas y los héroes de la cultura a otra parte! Agradezcan que no se les levantan cargos por la destrucción del patrimonio, nomás porque las autoridades aquí son igual de indolentes, negligentes e improvisadas que ustedes.

¡Ahora con uno de tus tesoros menos, feliz cumpleaños, Saltillo!

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