Ya en otras ocasiones hemos intentado desentrañar el origen y naturaleza de las celebraciones decembrinas.

Desde tiempos inmemoriales y en diversas culturas, los días posteriores al solsticio de invierno y previos al inicio de un nuevo ciclo solar, estaban consagrados al relax, los excesos y los placeres epicúreos. Sin embargo, la Iglesia quiso descafeinarnos las fiestas volviéndolas conmemoración litúrgica, haciendo coincidir las pachangas con el natalicio del Niño Dios.

Pero lo cierto es que se nos da mucho mejor la Saturnalia que la “d’esta Navidá”, quiero decir que somos más proclives al reventón que a la espiritualidad y la verdad me alegra mucho que así sea.     

Ni qué objetar, si el chupe es muchas veces el único amigo fiel que hace llevadera la existencia y de hecho, con lo irritante y larga que se ha vuelto la celebración de la Navidad, redoblar el consumo del alcohol en estos días es lo único que permite tragarla.

En muchas familias disfuncionales –¿hay de otras?– la beberecua es lo único que posibilita que se soporten unos a otros durante la cena tradicional. Tampoco encontraremos mejor razón para convivir en la posada de la oficina que ponernos hasta el zoquete y así quizás zanjar alguna rencilla: “¡Fíjate, Almanza, que me encabrona cuando traes tu sopa de repollo de almuerzo, la calientas en el micro y dejas dos días apestosa la oficina”; declarársele  a Blanquita la de Contabilidad: “Si quieres vamos a mi casa, tengo una de Bailey’s casi nueva”; o decirle sus verdades al jefe: “A diferencia de toda esa bola de hipócritas, yo sí lo quiero mucho, Licenciado”.

Insisto, ahorrémonos los llamados a la mesura y los juicios desde la moralina. La gente va a beber hasta que el hígado le quede como queso suizo.

Tenemos que dejarnos de mojigaterías, reconocernos sin pudores y tomar decisiones consecuentes.

Aficionados como somos a la libación, muchos corazones se alborozan cuando la autoridad amplía por estas fechas el horario de venta de bebidas embriagantes.

Cada administración municipal afronta esta situación como mejor estima conveniente, pero casi siempre queda a criterio del Alcalde en turno. Sin embargo, durante la gestión como gobernador de Rubén “El Caemebien” Moreira, individuo muy dado a los alardes de un supuesto virtuosismo, todos los municipios en el estado se alinearon con lo dispuesto desde su visión totalitaria. Y como a él no le gusta beber –nomás chingarse la lana del erario–, endureció las leyes en materia de venta de alcohol.

¡Levante la mano al que se le haya quitado lo borracho gracias a los decomisos, la ley seca o Moreira II!

Como lo imaginaba: ¡Nadie absolutamente! Y es que lo único que nos salvaría del alcoholismo sería una sociedad más igualitaria en la que todos tuviésemos iguales oportunidades de desarrollo y plenitud. Pero como el gobierno no nos puede garantizar eso, prefiere escondernos el chupe y proscribirlo como cosa del diablo.

Además, como ya hemos señalado en otras ocasiones también, ésta es una problemática eminentemente local, que cada municipio debe resolver atendiendo a su propia dinámica, ya que no es lo mismo San Pedro de los Saguaros que la zona metropolitana.

Remitiéndonos concretamente a Saltillo, con una alta demanda turística, restaurantera y “antrera”, o como se diga, es hasta contraproducente intentar restringir las opciones que en el ramo ostenta la ciudad.

Pero como un gran poder implica una gran responsabilidad, el poder ponernos hasta los huaraches no significa que tengamos licencia para cometer estupideces. La autoridad y la ley deben ser rigurosas al respecto, lo que a su vez no se debe convertir en pretexto para que los uniformados extorsionen a cualquier ciudadano por el mero hecho de haberse empacado unos alipuces.

Es complejo, ya que todos debemos aceptar la parte de responsabilidad que nos toca.

A cambio de la libertad para beber, los ciudadanos debemos moderar nuestra conducta, no alterar el orden y no conducir si no estamos en condiciones para ello.

La autoridad no puede descuidar su vigilancia, sin embargo, tendría que darle más opciones de movilidad a los ciudadanos. Un sistema de transporte eficiente, económico y digno salvaría más vidas que todos los retenes y operativos anti-alcohol.

En fin. Le deseo mucha suerte a usted y a su hígado, que no le quede mal este año. Pero recuerde que de la moderación de la conducta se encarga usted. No le delegue esto al prójimo que no tiene la culpa, pero mucho menos se lo deje a la autoridad que por cualquier falta se lo pueden llevar a calentar cemento.

¡Feliz  Saturnalia!

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