Imaginen mis cuatro lectores a una mujer con el busto de Jayne Mansfield, las caderas de Marilyn Monroe, la cintura de Jean Simmons, las piernas de Marlene Dietrich, los ojos de Gene Tierney, los labios de Sophia Loren, el cuello de Audrey Hepburn, la voz de Lauren Bacall, la elegancia de Grace Kelly, el modo de caminar de Gina Lollobrigida y la simpatía de Mae West. Luego traigan a esa mujer a nuestro tiempo y pónganla en un centro comercial. Todos los hombres vuelven a su paso la mirada para contemplarla. Ella no se molesta por eso, ni lo considera acoso machista. Lo recibe como homenaje a su belleza. Se sorprende, eso sí, cuando un niño que no llega a los 7 años se le acerca y le dice: “¿Podría darme su número de teléfono, señorita?”. Ese niño, no necesito decirlo, es Pepito. La chica sonríe y le pregunta, divertida: “¿Para qué quieres mi número telefónico, pequeño?”. Responde el crío: “Pa’ venderlo”… En el bar un solitario bebedor apuraba en silencio su tequila. El cantinero le preguntó, compadecido: “¿Le sucede algo, amigo?”. Respondió el otro, sombrío: “Me casé hace unos días. La noche de bodas, llevado por la costumbre, después del primer acto de amor saqué mil pesos de la cartera y se los di a mi esposa. Y eso no es nada. Ella me dijo: ‘Echa otros 100 pesos para el taxi, guapo’”… Un tipo llegó al café con la cabeza vendada. “Me pegó el Petiso” –declaró. Los amigos se asombraron. Le dijeron: “El Petiso es chaparro y delgaducho. Debe haber tenido algo en la mano para golpearte así”. “Tenía una pala” –dijo el tipo. “Y tú –preguntó otro– ¿no tenías algo en la mano?”. “Sí respondió el herido–. Tenía una bubis de la esposa del Petiso. Pero eso no sirve de mucho en una pelea”… Don Porfirio Díaz hablaba con sus ministros acerca de la expresión “Gracia y Justicia” y los instruía: “La Gracia para nuestros amigos; la Justicia para quienes no lo son”. Todo indica que a Santiago Nieto el régimen le aplicó a su modo la Justicia. Si el extitular de la FEPADE hubiera sido un incondicional del Presidente y sus amigos, se le habría favorecido con la Gracia por enormes que hubiesen sido sus yerros o ilegalidades. La percepción que la ciudadanía tiene es que el Gobierno se deshace de quienes no le son adictos, y de cara a la elección presidencial del próximo año pone en los cargos de fiscalización a gente de su confianza, aunque eso suscite desde ahora la suspicacia de los electores y su irritación ante la creciente prepotencia que muestra el prigobierno a fin de mantenerse en el poder. Así las cosas, el régimen ha hecho que el despedido por la PGR aparezca como víctima, y una vez más lleva agua a los molinos de la oposición, especialmente al de López Obrador, experto en aprovechar los errores de sus adversarios. Trastabillando se acerca la administración al final del sexenio. Deja a los que debería quitar y quita a los que debería dejar. Séame permitido emplear una frase casi inédita, y pronunciar con tono cavernoso un oscuro vaticinio como los que hacía Casandra: “En su salud lo hallará”… Don Chinguetas, marido casquivano, llegó a su casa en horas de la madrugada. Doña Macalota, su mujer, lo observó con ojos aquilinos mientras se desvestía. Buscaba algún indicio de que su cachondo esposo había estado en un evento húmedo de los que acostumbraba. Efectivamente: el bellaco, en su prisa por regresar a casa, había olvidado ponerse la ropa interior después de su aventura de esa noche. Doña Macalota le preguntó, furiosa: “¿Y la camiseta y el calzón?”. “¡Caramba! –exclamó con simulado asombro don Chinguetas después de revisarse–. ¡Los ladrones del Metro se vuelven cada día más hábiles!”… FIN.