Kate y Sean sonríen teniendo en medio de ambos a Joaquín “El Chapo” Guzmán, es una foto magnífica de camaradería,  travesura y probablemente hasta de ganas de poner  fin a una carrera criminal, de jubilarse como lo han hecho otros que viven modestamente con otra identidad en algún lugar del mundo.

¿Quién podría negar que existe esa posibilidad y más que un acto de vanidad y envanecimiento de lo que se trataba al convocar a los actores de la gran pantalla para transmitir la propia versión de su vida? Acaso, ¿su vida criminal no estaba en el ocaso luego de prácticamente había desaparecido la Federación? y la subsecuente pérdida y muerte de sus liderazgos, que trajo consigo fragmentación y diversificación de ese mundo que le sigue costado al país más vidas que las de una guerra convencional.

Entonces esa imagen de complicidades es la que todos ellos querían y para conseguirlas desechan cualquier duda o temor. No hay rasgo de que sea una foto comprometida. De esas que son forzadas por las circunstancias y donde no hay forma de escabullirse. Cada uno de ellos había dejado sus temores y la comodidad de la lejanía para ir al encuentro del otro, los otros, en esa serranía brava de apariencia apacible.

Los primeros habían abandonado sus residencias en las colinas de Los Ángeles y el otro, el “criminal más buscado”, alguna casa de una ranchería perdida de la Sierra Madre Occidental.  Se trataba de ir al encuentro solo los necesarios entre ellos los hijos de “El Chapo”, quienes contentos también harían sus selfies con las estrellas de Hollywood. No querían la presencia ni por asomo de aquellos que están siempre colgados a las redes sociales y telefónicas.  Escuchando y trasmitiendo mensajes a centrales remotas. ¿Lo habían logrado? Quizá sí, quizá no.

El buen espionaje no actúa con la lógica de la calle. Deja que fluya. Que ocurran los encuentros. Que los personajes se hablen, fotografíen, abracen y despidan en las primeras horas de la madrugada. Siempre van más allá de un individuo, de los guardaespaldas, la logística, quieren en estos casos a la organización. La tajada más grande. El golpe rotundo que siempre es insuficiente. El negocio continúa al margen de capturas importantes. Vienen los relevos y ahí en esa reserva natural estaban presente la dinastía Guzmán que luego se vengarían de aquellos, inocentes o culpables, de la detención de su padre.

No es casual la reacción de Sean Penn al ver en Netflix la historia de Kate la cual califica de ser una narrativa “profundamente falsa, tonta e irresponsable”, como si la de él no hubiera provocado su enojo, distancia, a pesar de que ambos habían compartido la cama. Y es que el miedo persigue a Sean quizá desde los sucesos brutales de los días después cuándo trascendió a los grandes medios de comunicación el encuentro en la Reserva Ecológica de la UAS y, entonces, vino la incursión militar con su estela de violencia sobre los pueblos inhóspitos que en un tris los transformaron en zona de guerra y desplazados.

Ahí están, testimonios, imágenes, deudos y desplazados que se encuentran en los centros de población de la costa y los valles. Incluido el informe escueto que transmitió el propio capo. No lo alcanzaron pero los militares y marinos dejaron instalado el miedo. La zozobra de una vuelta repentina. En medio de esa tierra quemada entonces la foto de los tres resulta un remanso de alegría, contento y el azul de la camisa de “El Chapo” es hasta esperanzador, como las imágenes de una película de Stanley Kubrick.

Es la foto metafórica en blanco y negro de un país. Esa que primero registró Sean con grandes trazos en su entrevista para la revista Rolling Stone: “El Chapo” habla, y ahora Kate lo continúa en su serie documental: Cuándo conocí al “Chapo”: La historia de Kate del Castillo. Sólo que Kate va más allá, tuvo más tiempo, más asesoría, más reposo si es que se puede tenerlo en medio de las sombras y la zozobra de su experiencia inquietante. El de ella es un documento que supera las circunstancias y es parte del balance de un sexenio marcado por las masacres.

O sea no se queda sólo en el relato de su persecución, de esas largas noches de insomnio, del miedo untado en la piel al cruzar con un extraño que merodea su domicilio angelino, el autoexilio cargado de nostalgia, sino su historia se inscribe en la zozobra que en mayor o menor medida llevamos todos los que habitamos este país. Aquella que apunta hacia los factores reales de poder. Esos que visten de traje y corbata. Que en público dan discursos elocuentes sobre seguridad pública, mientras en privado hacen realpolitik con los malos de la película cotidiana.

Esos factores que probablemente tenían hasta la madre al mismo “Chapo” Guzmán porque se beneficiaban de sus negocios y lo perseguían sin reposo. Lo fueron acorralando hasta caer y ser entregado como una innecesaria servidumbre colonial al gobierno estadounidense, el mismo día en que Donald Trump, tomaba posesión de la Presidencia de su país.

Ahora bien, la foto estaría incompleta si no incluimos en ella a sus anfitriones de la Universidad Autónoma de Sinaloa, que desde hace décadas usufructúa las instalaciones de la Reserva Ecológica donde se habría celebrado el encuentro.

Ya el semanario Ríodoce dio cuenta en su edición de la primera semana de octubre de 2015, las autoridades de entonces que siguen siendo las mismas salieron al paso rápidamente, el rector Guerra Liera negó el acontecimiento al grado de frivolizar afirmando que si hubieran estado los personajes “habría ido a pedir un autógrafo”; Alfredo Leal, encargado de la Reserva, fue más allá diciendo que ese viernes él había estado ahí y nunca había acontecido tal reunión.

Ríodoce lo documentó y exhibió indirectamente la complacencia de las autoridades universitarias incluso el interés para evitar que se difundiera ese encuentro que hoy se ha hecho público, y eso amerita investigación y sanciones contra quienes hayan autorizado el ingreso y permanencia en las instalaciones universitarias.

Ya qué como lo han dicho otros universitarios por un lado estas autoridades evitan el ingreso de políticos como Manuel Clouthier, ex rectores como Audómar Ahumada, consejeros universitarios como el joven Francisco Lara y por otro lado, admiten la presencia del capo más buscado del mundo. Algo raro, preocupante, está sucediendo en la UAS cuando rentan o prestan sus instalaciones para celebrar este tipo de encuentros. Para este tipo de selfies que son un escándalo. Amerita una investigación a fondo del Consejo Universitario, la PGR y la Fiscalía y eso obliga a la separación de cargos institucionales.