Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina

Los resultados de las conversaciones entre nuestro secretario de Relaciones Exteriores y el equipo de Donald Trump están ahí. Trump está en campaña y busca resultados específicos para, por medio de ofensas a México, atraer la benevolencia de los electores, en especial a los conservadores, los racistas, los amantes de las armas y lo que queda del nazismo americano. Ya lo había ensayado cuando dijo que los mexicanos eran violadores y asesinos… y ganó la presidencia. Ofender a México le reditúa.

Es penoso decirlo, pero nuestro Presidente no calculó la diferencia entre el poder de Estados Unidos y el de México. Haber dejado ingresar al país a 100 mil hondureños fue una provocación innecesaria. Era imposible que todos lograran pasar a ese país o que hubiese trabajo para todos en el nuestro. México tiene capacidad de acogerlos. Si lo hiciera debería proveérseles de vivienda, un sistema de salud y otros servicios. Gobernadores como el de Guanajuato ofrecieron contratar a un buen número. Su oferta topó con pared toda vez que la mayoría no quiere saber nada de quedarse sino de irse. La reacción que han tenido especialmente los cubanos, a menudo violenta, es muestra de que “el sueño americano” o los parientes de Miami son su única referencia: México no está en sus planes.

Varios siglos de relaciones internacionales pesan sobre nosotros. Hemos debido sufrir la vecindad con Estados Unidos más que gozarla. Nos robaron la mitad del territorio y no por una “guerra” entre países sino por una “invasión”. Hay que precisar los conceptos. Una guerra parte de un diferendo estructural, una declaración, ataques y enfrentamientos armados. Una invasión es el hecho de que un país poderoso ingresa en un territorio soberano para apropiarse de algo que pertenece al vencido. Estados Unidos ha invadido 147 países en 200 años. Son los campeones de la incursión violenta. Y una vez invadido necesitan asesinar a todos los “enemigos” que les sea posible, para justificarse. En Vietnam mataron a 3 millones, en Irak a 645 mil y ellos tuvieron bajas por menos de 70 mil entre ambas invasiones. ¡Vaya contraste!

Incluí esa referencia para ejemplificar quiénes son ellos. Deberíamos saber quiénes somos nosotros. Y no es el orgullo ni la dignidad ni la soberanía lo que nos dará la victoria. Hace 25 siglos Tucídides escribió que una guerra no la gana el que tiene la razón, el derecho o la benevolencia de los dioses, sino el más poderoso y despiadado.

Creo que deberíamos dejar que Donald Trump caiga por su propio peso. Ya hay gente de su partido, el Republicano, que empieza a dudar de su capacidad para manejar esa nación. Una gran cantidad de mujeres está enojada con él por ser tan machista, ofensivo y corriente. Muchos latinos y negros empiezan a pensar en un sustituto. El partido Demócrata inició una especie de adelanto electoral con planteamientos contrarios a los de Trump.

Siguiendo a Tucídides, deberíamos pensar que México no ganará por tener la razón o porque tiene de su lado a la Virgencita de Guadalupe, sino por establecer una estrategia que cuente con la fuerza del enemigo y con sus muchas debilidades. Algo que nos sirve es el pleito de Trump con China y Corea del Norte, su distanciamiento con los árabes, sus diferencias con Putin y, por supuesto, su diarrea verbal. Por ahí debería ir la estrategia y no porque nos creamos un país ejemplar.

Independientemente de lo que vaya sucediendo con los migrantes y con el Tratado de Libre Comercio, sabemos que Trump es impredecible porque como empresario se acostumbró a destruir a enemigos, nunca a dialogar. Su lógica no es la nuestra. Encontró en los migrantes un pretexto muy fácilmente comprensivo para las masas estadounidenses, que no piensan más que en espectáculos, alcohol y drogas.

Trump es incapaz de advertir que allá están los drogadictos, que su país compra drogas, que venden armas a los narcotraficantes: los que producen el problema están allá, no acá. No tiene la capacidad de ser honesto puesto que es un ser que tiene una larga historia de inmoralidades, tanto en lo personal como en lo político.

Si no podemos cambiar el desequilibrio de fuerzas hagamos nuestro propio lugarcito. Cada día contamos con más gente honesta de ese país vecino, con la de Canadá y con millones de mexicanos.