La mayoría de los mexicanos estuvimos tensos, ansiosos y atentos este último domingo durante dos horas... Durante 90 minutos nuestros ojos estuvieron clavados, con una concentración casi hipnótica, sin parpadear. Solamente mirábamos la pantalla de la TV, nada más. En la pantalla corrían, sudaban, luchaban 11 jugadores mexicanos contra 11 “gringos”.

El motivo de tan obsesiva atención no era “ver un juego”, sino el anhelo de un triunfo mexicano. Ser testigos, por fin, de un resultado que llenara el corazón del País, tan sediento de logros nacionales. Unos logros de realidad que nos llenaran de orgullo nacional y no sólo avances y retrocesos, pasos para un lado o brincos para atrás, o beneficios solamente para una parte de la ciudadanía.

La selección de futbol y su merecido triunfo no llena el icono tradicional del cuerno, pero sustituyó mágicamente ese anhelo durante dos horas. El triunfo final hizo erupción de una de las miles de esperanzas que mantiene el esforzado trabajar de tantos mexicanos, duró hasta antes de irse cada uno a dormir… y ¿se esfumó?

El anhelo de obtener un siguiente logro permanece latente, y despierto en el corazón de cada ciudadano. El logro soñado puede estar cercano o lejano, posible, fácil, difícil o imposible: un ascenso, una buena cosecha, un mejor ingreso, la graduación de un hijo, el alivio de una enfermedad o de un conflicto, son esperanzas personales que viven ocasos y amaneceres. Son anhelos intermitentes e inesperados. Su duración es inconsistente en días, meses o años o programada por el ciclo escolar o el ciclo de la salud.

La “esperanza” de cada caminante, de cada peregrino con alma y corazón, no se muere antes de que se apague su vida. Se podrá desanimar, cansar y debilitar tanto que parecería una llama extinguiéndose lentamente, pero seguirá viva en lo secreto y lo profundo de la intimidad.

La esperanza verdadera es inmortal, sólo se transforma en fruto maduro, en logro obtenido, en belleza interminable. La esperanza tiene sus raíces en la savia interior, personal, que cada día se revive con sus frutos anónimos. Cuando tiene la sabiduría de “saborear” esos frutos desconocidos, o desapercibidos por los ojos ajenos, cuando se atreve a ver sus cumbres conquistadas, que ha caminado sin claudicar, cuando disfruta sus avances que los otros diluyen o exageran, cuando esa esperanza no se origina en el exterior, en el contexto meramente económico, académico, político o social, es una flor “siemprevivas” que nutre de la energía diaria del “pan de cada día”.

Sin embargo, esta esperanza vital que vive tan silenciosamente en el corazón de cada quien, puede ser desconocida por su dueño al grado que ignora o desprecia su energía. Sufre de anonimato. Es la última en ser percibida a pesar de que es la piedra fundamental del vivir. Y paradójicamente se vuelve muy difícil decir “tengo esperanza”.

Las complejidades tan difíciles y tan amenazantes de nuestro contexto externo: las interpretaciones contradictorias de los problemas y soluciones para el bienestar y la salud, para la ignorancia y el talento, para el crecimiento de tantos o el deterioro de las familias, parejas, empresas y ciudades nos están “robando la esperanza a cada quien”. El pesimismo y la depresión van inundando no sólo las notas de los medios, sino los ideales y motivos para vivir en este País. Las instituciones que nuestra esperanza ha ido construyendo a lo largo de décadas, como fundamento de la esperanza colectiva, hace tiempo que han sido secuestradas por los intereses políticos e individuales. Ha sido un “robo de hormiga”, lento y astuto, muy efectivo para paralizar la energía de la esperanza personal y familiar, y convertirla en conformismo pasivo, cómplice de la inhumana tolerancia del secuestrado.

La energía social de la esperanza hoy está revitalizándose. En el Senado, en las Fiscalías, en la iniciativa privada, en los medios ha surgido la oposición racional, la denuncia y el debate de tal manera que los gobernantes están corrigiendo su anacrónica concepción de poder ilimitado. La esperanza social está descubriendo no sólo su fuerza sino su poder para no ser secuestrada, para revelar su justicia, para comprometer las conciencias personales. La esperanza colectiva de México ya no se contenta con una efímera “copa de oro”, lucha por la copa de la equidad social, la verdad de la salud y el desarrollo, y la solidaridad con el bien común.