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Así inicia el libro de 'Nuestra Señora de Paris' de Víctor Hugo

Antes de iniciar la narración en su libro "Nuestra Señora de París", el propio Víctor Hugo incluye una nota en la que dice que escribió la novela porque en uno de los muros de la catedral vio grabada la palabra griega “Anaikh”, que en español significa fatalidad, y esto le sirvió de inspiración para desarrollar toda la historia. En efecto, la fatalidad es el gran tema que recorre toda la novela: desde el enamoramiento arrebatado y pasional de Claudio Frollo por la joven Esmeralda hasta su fatal desenlace, pasando por la rebelión de Quasimodo frente a su eterno protector. El propio Claudio Frollo lo expresa a través de una metáfora en la que una mosca cae en una telaraña de la que le es imposible escapar.

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"Tú volabas en busca de la ciencia, de la luz y del sol, sin otro objeto que el de llegar al aire libre y a la gran luz de la verdad eterna; pero al lanzarte a la deslumbradora ventana que cae al otro mundo, al mundo de la verdad, de la inteligencia y de la ciencia, mosca ciega […], ¡no viste la sutil telaraña tendida por el destino entre la luz y tú, y caíste en ella, pobre loco, y ahora te rebelas en vano, con la cabeza rota y las alas arrancadas, entre los brazos férreos de la fatalidad!"

La novela inicia así:

“Cuando hace algunos años el autor de este libro visitaba o, mejor aun, cuando rebuscaba por la catedral de Nuestra Señora, encontró́ en un rincón oscuro de una de sus torres, y grabada a mano en la pared, esta palabra:

ANAΓKH [fatalidad]

Aquellas mayúsculas griegas, ennegrecidas por el tiempo y profundamente marcadas en la piedra, atrajeron vivamente su atención. La clara influencia gótica de su caligrafía y de sus formas, como queriendo expresar que habían sido escritas por una mano de la Edad Media, y sobre todo el sentido lúgubre y fatal que encierran, sedujeron, repito, vivamente al autor.

Se interrogó, trató de adivinar cual podía haber sido el alma atormentada que no había querido abandonar este mundo sin antes dejar allí marcado (en la frente de la vetusta iglesia) aquel estigma de crimen o de condenación. Más tarde los muros fueron encalados o raspados (ignoro cual de estas dos cosas) y la inscripción desapareció́. Así́ se tratan desde hace ya doscientos años estas maravillosas iglesias medievales; las mutilaciones les vienen de todas partes tanto desde dentro, como de fuera. Los párrocos las blanquean, los arquitectos pican sus piedras y luego viene el populacho y las destruye.

Así́ pues, fuera del frágil recuerdo dedicado por el autor de este libro, hoy no queda ya ningún rastro de aquella palabra misteriosa grabada en la torre sombría de la catedral de Nuestra Señora; ningún rastro del destino desconocido que ella resumía tan melancólicamente.

El hombre que grabó aquella palabra en aquella pared hace siglos que se ha desvanecido, así́ como la palabra ha sido borrada del muro de la iglesia y como quizás la iglesia misma desaparezca pronto de la faz de la tierra.

Basándose en esa palabra, se escribió este libro”.

Marzo de 1834

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