No le gusta nada al presidente Andrés Manuel López Obrador que los medios hablen de temas que le generan negativos y mala imagen. Con sólo rozarle la piel se enciende y ataca. Insulta y difama con total impunidad, queriendo inhibir y amedrentar mediante el hostigamiento sistemático que siempre acompaña la sevicia de los francotiradores a su servicio en las redes y los incondicionales. Que le señalen realidades lo descompone, como al arrancar esta semana que se le echó encima a la prensa por difundir el número de contagios y muertes por COVID-19.

¿Pero qué esperaba el Presidente? ¿Un silencio cómplice para ocultar la verdad al país, como quería el ex presidente Enrique Peña Nieto cuando en los medios registraban el número de muertos por la violencia? A los líderes no le gusta verse en el espejo, pero cuando esa figura es egocéntrica y autoritaria, cuando alguien respira sin su autorización, lo que viene como consecuencia es el enfrentamiento, como cotidianamente ratifica su modus operandi López Obrador.

No le gusta que se publique que la cifra de muertos por COVID-19 supera los 50 mil y sigue ascendiendo, y que el número de contagios va corriendo hacia el medio millón. Se percibe desesperado al tratar de silenciar a mañanerazos a los medios. Pero frente a los números, su afirmación de haber domado la pandemia y enfrentar al COVID con motivos religiosos se vuelve ridícula, mientras que su dicho que se ha manejado la enfermedad con “responsabilidad y profesionalismo”, cae por la frivolidad de sus palabras y las galimatías del zar del coronavirus, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, que sigue buscando pretextos para ocultar que su estrategia es un desastre.

En esto, López Obrador también es diferente al ex presidente Felipe Calderón, quien no se dejó timar por el subsecretario en 2009 y lo relegó en el manejo de la pandemia del A H1 N1, a diferencia del inquilino de Palacio Nacional que no vio que López-Gatell no estaba capacitado para manejar la pandemia –no basta ser epidemiólogo-, por su inexperiencia en situaciones de contención de emergencia. Un botón de muestra: mientras en China se confinaba a 11 millones de personas para frenar el contagio en febrero, López-Gatell afirmaba que no se necesitaban hospitales especializados. Lo único que hay después de un yerro, con consecuencias.

La soberbia del subsecretario vio su alter ego en el de López Obrador, y en algún momento le tendrán que responder por el daño que han causado a centenas de miles de mexicanos con sus declaraciones a la ligera, poco responsables, nada profesionales, y verdades a medias. Los números de COVID-19 contradicen sus dichos, al quedar como un resultado que escapa de la retórica, donde habita el Presidente.

Las cifras de contagios y muertes son minimizadas a partir del argumento que la estrategia ha sido exitosa porque no hay desbordamiento de camas en los hospitales, y tampoco se ha dejado de atender a nadie. Es cierto, pero la afirmación es engañosa. Durante gran parte de la pandemia, 8 de cada 10 de personas que fallecieron por COVID-19, nunca pisaron un hospital (la cifra ha disminuido en las últimas semanas de 6-7 de cada 10). La gente enferma no va al hospital hasta que están en un estado muy crítico, por lo que del 20 al 40% de quienes sí llegaron al hospital, el 42% de ese porcentaje murió.

No le gusta al Presidente que todos los días lo muestren los medios la realidad, porque no puede borrar la realidad. En los primeros 90 días de la pandemia se registraron 78 mil casos, pero el número se duplicó en los siguiente 20 días (159 mil 793), y volvió a subir casi 100% en los siguientes 28 (317 mil 635). En el caso de fallecimientos, durante los primeros 90 días de la pandemia se registraron 19 mil 80, que se duplicaron en 14 días (28 mil 510), y casi se elevaron al doble en los siguientes 38 (52 mil 298).

Estos números, hay que aclarar, son los registrados en las instituciones de salud, pues aquellos que se enferman o mueren fuera del sistema, no son registrados en la estadística oficial. Tampoco se conoce con precisión el número de personas portadoras del virus porque la política del gobierno es no hacer pruebas. El argumento de López-Gatell es que no sirven para contener el virus, lo que es cierto, pero también es falso. Cierto porque no sirve para contener la enfermedad; falso porque no es esa la razón de las pruebas, sino para saber más cómo se comporta el virus y la velocidad y los patrones con los que avanza.

López Obrador explota cuando los medios publican los datos y quiere que atiendan otras narrativas—las suyas. Los payasos que coloca su equipo de prensa para que le hagan preguntas a modo en las mañaneras, le permiten ensayar distractores para desviar la conversación. Muchas veces tiene éxito, pero sus victorias son pírricas por efímeras. Ha saturado con conferencias de prensa el día para disparar temas como escopeta, y diseñado mensajes en YouTube los fines de semana para mantener ocupado el espacio público con sus temas.

Pero lo que antaño fue una estrategia a prueba de todo, ahora tiene horadado el blindaje. No tiene prácticamente a nadie en el gabinete que le ayude a desviar el interés de la opinión pública en su salud, y quien mejor proyección tenía, López-Gatell, ha perdido credibilidad y respeto por las contradicciones e intentos para responsabilizar a otros por los costos humanos de la pandemia. Al Presidente no le gusta que lo confronten con hechos, por lo que se victimiza y ataca. Está en su lucha por recuperar la narrativa, aunque en el caso de COVID-19 la tiene perdida.

Raymundo Riva Palacio

Columna: Estrictamente personal