Por la tierra y contra los grandes latifundios, el conflicto colombiano entre guerrillas comunistas y liberales contra el gobierno, inició desde la década de los años cuarenta del siglo XX y se agudizó en los años cincuenta, después del asesinato del líder Eliezer Gaitán.
Se dieron de nuevo enfrentamientos, inclusive entre comunistas y liberales, y de intentos de acuerdos, en 1962 surgen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia cuyo líder fue Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda o Tirofijo (1928-2008, muerte natural).

La lucha por la tierra y la justicia social se presenta en el contexto de la guerra fría, pero las FARC y el Ejército de Liberación Nacional –aún hoy beligerante- continuaron operando después de la caída del socialismo real en 1992, con autonomía respecto a los procesos de reestructuración de la perspectiva socialista. La guerrilla no es terrorismo, sino un movimiento ideológico armado con amplia base social campesina, con los estragos propios de la guerra.

Ubicado en el centro ideológico, el presidente Juan Manuel Santos sorprendió a propios y extraños con una estrategia pacificadora de largo alcance, con el inicio de las negociaciones de paz en el año 2012, lo que contribuyó a su reelección en el 2014. La inclusión de Noruega y Cuba como espacios de negociación e incluso mediadores, fue un acierto para el tortuoso desarrollo de las pláticas cuyos acuerdos se firmaron en Cartagena el 26 de septiembre pasado.

El crecimiento económico promedio de Colombia fue de 5 por ciento del 2000 al 2015 y este año puede superar el de 2 por ciento promedio de América Latina, además es el cuarto receptor de inversión extranjera directa en el subcontinente, por otro lado su indicador de pobreza cayó de casi 50 por ciento en 2000 a poco más de 28 por ciento en 2014. Sin embargo, aunque ya no con la intensidad de finales del siglo pasado, las condiciones de violencia y desigualdad de oportunidades aún permanecen. 

Sin embargo la derecha colombiana adscrita a las políticas intervencionistas de Estados Unidos, hizo campaña en contra de la pacificación y en el plebiscito convocado para tal efecto (con 60 por ciento de abstención) obtuvo el triunfo con pírrica diferencia de .47 por ciento, lo que estrictamente fue empate técnico con el Sí a la paz. En los territorios controlados por lo revolucionarios ganó el Sí por amplio margen.

Las FARC no fueron derrotadas, así que la negociación es ganar-ganar.

El expresidente Álvaro Uribe, portavoz de la dogmática derecha católica y oligárquica (apoyada por los medios nacionales e internacionales, sobre todo CNN), quieren la aniquilación total de las FARC con cárcel a sus dirigentes y ningún apoyo a la guerrilla que entregaría las armas y se integrarían a una actividad productiva y a la política institucional.

Pero nunca se menciona a los paramilitares financiados por Estados Unidos y por el poder económico local, quienes apoyaron al ejército colombiano e inclusive se aliaron con mafias narcotraficantes, que dejaron desolación y muerte en las poblaciones del territorio controlado por la guerrilla. La derecha es farsante y embustera. 

Galardonado con el Premio Nobel de la Paz, y apoyado por decenas de miles de colombianos, el presidente Santos señaló que la distinción es en nombre de las víctimas y del pueblo colombiano; su figura es de “estadista”, lo que significa revés político a Uribe, fascista enemigo de la reconciliación y el perdón. 

Con más de 220 mil muertos civiles y combatientes y más de 5 millones de desplazados, aparte de combatir el narcotráfico, en Colombia aún hay mucho por construir, porque en política formal las causas de las FARC permanecen. Con voluntad política y alto al fuego bilateral se renegociarán los Acuerdos de Paz en el país de Macondo, lo que ya es un triunfo de América Latina en su identidad, su soberanía y su lucha por la justicia, la igualdad y el bienestar.