Debido a la Gran Depresión Mundial, que inició a fines de los años veinte del siglo pasado, la economía mexicana sufrió en 1932 una caída de casi 15 por ciento. Ochenta y ocho años después, en 2020, la economía ha vuelto a sufrir otro gran desplome, alrededor de 8.5 por ciento según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

La estrepitosa caída era ya esperada. En septiembre del año pasado esa misma cifra se estimó aquí. La propia Secretaría de Hacienda y Crédito Público especuló también en ese mes que la contracción oscilaría entre 7 por ciento y 10 por ciento del producto interno bruto (PIB). Aunque, por alguna extraña razón, en su estimado puntual Hacienda no eligió el promedio de esos dos números, justo 8.5 por ciento, sino sólo 8 por ciento.

Ahora bien, a pesar de las consecuencias que tal caída económica ha tenido en términos de desempleo y pobreza, no han faltado algunos setenteros trasnochados que hasta casi se ponen a festejar por el dato. Es que, exclaman, la caída promedio de las economías en América Latina se estima que fue alrededor de 7.5 por ciento, por lo que, al final del día, no nos fue tan, tan mal.

Nada más que olvidan ellos un pequeño detalle: la economía mexicana tiene poco que ver con las economías de la región, pues está completamente ligada a la economía estadounidense. Y además sucede que el año pasado el PIB de Estados Unidos cayó 3.5 por ciento no 8.5 por ciento. Si su caída hubiera sido similar a la nuestra, ya no viviríamos para contarlo. Fueron precisamente nuestras exportaciones hacia ellos las que nos salvaron de un desplome de dos dígitos.

Pero, cabe ahora preguntar, ¿por qué, si las dos economías están ligadas, fue tan alta la diferencia, ¡de 5 por ciento!, entre ambas caídas? La respuesta reside en las políticas fiscales y monetarias expansivas que siguieron ellos tras la erupción de la crisis: de inmediato incrementaron el gasto y la inversión pública, y redujeron las tasas de interés casi a cero. Mero sentido común por parte de su gobierno e ignorancia supina por parte de nuestras autoridades.

Por otro lado, ¿cuál es el pronóstico del crecimiento de la economía mexicana durante 2021? Tendrá que rebotar, obviamente, aunque el rebote será lento en los primeros meses. El pronóstico por parte de Hacienda era, hace cinco meses, un 4.6 por ciento de crecimiento. Tal cifra parecía entonces aventurada, pero, tras el anuncio en Estados Unidos de las nuevas políticas económicas de Joe Biden, puede ahora conjeturarse que nuestra economía podría crecer entre cuatro y cinco por ciento.

Ese pronóstico no presupone que el gobierno federal adoptará políticas económicas más atinadas este año. No, pues seguirá dando palos de ciego, a diestra y siniestra, en materia económica. Aunque el pronóstico sí presupone que las autoridades sanitarias serán capaces de vacunar a la población contra el coronavirus con rapidez, lo que está por verse.

Nuestro crecimiento dependerá sobre todo, paradójicamente, de la capacidad política que tenga Biden. Si logra que los legisladores estadounidenses aprueben su nuevo paquete de estímulos fiscales, la economía mexicana mucho se beneficiará de manera indirecta. En efecto, su plan contempla un gasto público extraordinario del orden de 1.9 billones de dólares. Esa cifra, para ponerla en perspectiva, es mayor que 1.5 veces el PIB de México.