Las diferencias nos enriquecen, el respeto nos une. El mensaje de miles de mujeres mexicanas a la sociedad y a las autoridades fue contundente: movilizarse, marchar, parar y exigir ser oídas.

En Saltillo, Monclova y Torreón las mujeres repudiaron la indiferencia y la desidia y salieron a marchar con su pañuelo o ropa morada, a cantar, a demandar y reclamar igualdad, pero el 9 el vacío se sintió; el sendero no admite desvío, la desolación y el silencio de las ciudades, las escuelas cerradas, los supermercados casi solos y muchas calles vacías; el 9 fue nada más un botón de muestra. Como bien se enfatizó: con ellas todo, sin ellas nada.

“Hacemos falta”, dijeron las trabajadoras de la salud y responsablemente acudieron a atender a los enfermos, eso se llama conciencia. Los paros fueron diversos, algunas nos encerramos en casa para leer y reflexionar sobre las violencias que hemos vivido por ser mujeres, las batallas que ganamos y los triunfos que obtuvimos gracias a nuestro tesón, aunque también repasamos las derrotas, esas que nos hirieron y nos quitaron algo valioso de nuestro ser. Otras pudieron hacer sin prisa sus ejercicios físicos, caminar, practicar básquetbol, ver películas hermosas que habíamos olvidado, en fin, fue un día distinto, único.

Nunca pensé vivir para contarlo y celebro la valentía de las brillantes jóvenes feministas que impulsaron esta idea tan innovadora, disruptiva y visual que reclama: fuera el machismo tóxico, primero las más pobres, alto al acoso, justicia ante la violencia feminicida, igualdad laboral, equidad en las premiaciones de ciencias y artes, ser incluidas en la 4T y (oh, sorpresa) detener la explotación de las hembras no humanas.

Los feminismos agrupados en esta cuarta ola pueden ser más inclusivas y permitir la colaboración de los hombres, porque derribar solas el muro del patriarcado –que es ostensiblemente resiliente– es de verdad titánico con una enorme capacidad de reproducción y de proyección hacia el futuro, solas se antoja imposible, hay muchos hombres que aspiran a crear una sociedad diferente, mejor para sus hijos e hijas, están cansados de ser señalados culpables por la desigualdad entre géneros y, sostengo, tienen derecho a participar en los cambios por un mundo distinto en el que todos tengamos cabida.

Llamó mi atención una pancarta que rezaba: lo contrario al feminismo es la ignorancia, o sea podría decirse que vivimos en una sociedad en la que los clichés machistas son fases que ya no son vistas como “naturales”.

Es hora de aprender unas de otros, de unir caminos para que las mujeres tengamos acceso al inmenso acervo de conocimientos acumulados por los hombres y que ellos tengan acceso a la sabiduría milenaria de las mujeres.

La equidad no es sólo una cuestión de justicia elemental; en nuestro País significa también una redefinición de lo masculino y lo femenino. Lo masculino no tiene por qué ser contrario a lo femenino ni viceversa, implica la libertad de adoptar conductas y actitudes del otro género según las circunstancias cambiantes de la vida y la flexibilidad de alternar roles cuando sea necesario, en esa perspectiva los varones podrían ser maternales y domésticos, y las mujeres emprendedoras, dependiendo de las circunstancias.

Según una interpretación simplista de la igualdad, las mujeres dejaríamos de ser amorosas y maternales y seríamos una mala copia de los hombres, abandonando el hogar y trabajando en ocupaciones masculinas siendo promiscuas e infieles como ellos, así habría una competencia feroz entre los sexos al aspirar a las mismas metas, viviríamos en un mundo desfeminizado. Esa visión catastrófica se incubó en los inicios del movimiento feminista y es una parte muy superficial, porque para alcanzar la equidad no es necesario que las mujeres seamos masculinas.

Llegó la hora de curarnos el machismo tóxico en corresponsabilidad con los hombres.

Rosa Esther Beltrán Enríquez
Horizonte ciudadano

Rosa Esther Beltrán

Columna: Horizonte ciudadano