Hay algo poderoso en la poesía de la antigüedad que sobrevive milenios, lenguas, culturas. A mí me gusta ese “puente” que nos conecta con la divinidad y sus infinitos rostros. No recuerdo dónde leí, creo que en Los hijos del limo de Octavio Paz, que el primer género literario fue, precisamente, la lírica. Nuestros ancestros hablaban con sus deidades a través del canto. Esta bella tradición aún sobrevive en las religiones actuales, pues las oraciones tienen forma de poema para recordarnos que el carácter espiritual de la poesía nos da el poder de conversar con Dios. Ese misterio aparece en el libro con el que comienzo el año: Therigatha. Poemas budistas de mujeres sabias (Kairós, 2016) en la versión de Jesús Aguado.

El escritor detalla que cuando el Buddha propagó sus enseñanzas, numerosas personas  comenzaron a seguir sus palabras a través de grupos religiosos. Las monjas, llamadas también bhikkhunis, tenían una vida ascética y compusieron poemas en los que narraban su conversión espiritual, “en muchos casos con abundantes datos autobiográficos y gran riqueza de referencias históricas y cotidianas”, agrega el autor. Los versos “compuestos probablemente en magadhi” circularon de manera oral hasta que los integraron al canon budista pali entre el 87 y  77 a. C.  La traducción de una obra tan compleja se basó en cinco versiones en inglés. Aguado reescribió los textos en un castellano ameno que cualquiera de nosotros puede leer con fluidez y claridad.

El libro recupera 73 poemas, los últimos escritos en prosa. Antes de cada uno aparece (en caso de existir) una semblanza de la autora. Encontramos historias de mujeres que alcanzaron la iluminación al escuchar al Buddha; mujeres que enloquecieron de dolor por la muerte de sus hijos y encontraron la paz en la liberación de los apegos; mujeres dominadas por su pasión amatoria que lograron purificar su espíritu; mujeres predicadoras; mujeres maestras; mujeres que aprendieron de sus largas vidas; mujeres sabias. Sus canciones han saltado de época, de idioma, de cosmovisión y aún son fuertes, reveladoras.

En uno de los poemas conocemos a Ubbiri, mujer desolada por la pérdida de su hija. Todos los días le lloraba. Cuando se encuentra con el Buddha, éste le preguntó, señalando el cementerio, “que cuál de las 48 mil niñas que había ahí y que se llamaban como la suya era aquella por la que se estaba lamentando, lo que hizo que ella, como cuenta en el poema, despertara”. Entonces Ubbiri canta:

He estado alimentando

una flecha dormida en mis entrañas.

Una madre alimenta,

Aunque sea una flecha.

Pero Buddha me la ha arrancado suave

con sus palabras sanas.

 

En otros textos se habla, como plantea el budismo, de las ataduras al mundo: la vanidad, el sexo, la ambición. Al desprenderse de las banalidades se puede ver el camino real. Las monjas cantan “me he liberado”, “no volveré a nacer”. Alejan el sufrimiento y comparten su experiencia. Su género, lejos de marginarlas, no les impide acercarse a la sabiduría. La poeta Soma contesta a la tentación de Mara:

¿Ser mujer es un problema?

Lo que importa es tener la mente clara

y saber la doctrina

y no extraviarse en el camino

 

La vida de las monjas no fue sencilla. Algunas lograron entrar a la orden en su juventud, otras en la vejez. A diferencia de los hombres, no podían vivir retiradas y en soledad por el riesgo a ser agredidas y violadas, como le sucedió a Uppalavananna, quien fue abusada por un primo suyo. Tiempo después dirigió el monasterio femenino y fue considerada “la monja más dotada en cuanto a poderes mágicos”.

La lectura de la obra, como sucede con los temas budistas, me hace reflexionar sobre los orígenes de la existencia y los problemas humanos. Nuestra época atiende tan poco las cosas del espíritu, que me siento atrapada en esta realidad mentirosa, como dicen en el Bhagavad-gita, distorsionada por la pobreza de nuestros sentidos corporales. Pienso en la monja Dantika, maravillada por la majestad de un elefante que se baña en el río, cuando llega un hombre a darle órdenes a tan increíble bestia. Envidio su metáfora; de seguirla, la vida sería otra:

¡Lo indomable domado!

¡Una fiera salvaje vuelta dócil!

Es esta la razón para instalarme

aislada en la espesura:

enseñar a mi mente

salvaje a obedecerme.