Bitácora del Capitán. Día 100…

Eso de la jornada número 100 del Maratón Quédate en Casa es relativo, porque cada quien lleva sus propias cuentas.

El cronómetro no comenzó a correr para todos a la misma hora, ni siquiera el mismo día.

Es un poquito como solía ser en la escuela. Los más ñoños y aburridos, los de mero adelante (chupamedias que luego les dicen), pues obedecieron desde el primer momento y es que nunca contravienen al profe.

Esos ni reparos interponen. Obedecen a todo sin chistar. Si les hubieran dicho “Quédate en casa, pero sin dormir, porque se te aparece Freddy Krueger”, estoy seguro de que no habrían pegado un ojo desde entonces. (En su cuenta, ellos ya van en el día 120 del Juicio Final).

Luego están los estudiantes del montón, que son el individuo promedio de toda sociedad. A esos hubo que someterlos con amenazas y una muy efectiva campaña de miedo hasta que finalmente, ya cerca del segundo examen parcial, se pusieron las pilas. No obstante se dieron sus escapadas para celebrar a las madrecitas, con todo y la música del Mariachi COVID-2020 en vivo. (Estos van en el día 60 de la cuarentena, pero con intermitencias).

Luego estamos los de la FEFA o Federación de Estudiantes de la Fila de Atrás. Claro, somos los últimos en enterarnos de todo y le apostamos siempre a nuestra buena suerte para que al final las cosas resulten bien. Improvisamos un cubrebocas con el trapo de la cocina (Magitel no guarda olores) y lo utilizamos no por su fiabilidad, sino para que se nos permita el acceso a los lugares que aún no clausura la prevención sanitaria, o bien, la quiebra absoluta (la mayoría de este segmento no hemos completado ni un solo día de cuarentena porque ya desde antes vivíamos en reclusión parcial).

Están por supuesto los que jamás obedecieron una sola recomendación, ni siquiera por guardar las apariencias. Los que continuaron congregándose al menor pretexto o sin necesidad de uno en absoluto, y la única distancia que saben guardar es con los cobradores. Esos son los del Turno Vespertino.

Entonces, siendo la verdad muy, muy optimistas, sólo una cuarta parte de la población acató desde un inicio las recomendaciones (que no ordenanzas) emitidas no por el doctor Gatell, sino por la Organización Mundial de la Salud. (Nota para idea millonaria: ponerle a una cantina “La OMS”. ¡Salud!).

Pero si una improbable cuarta parte de la población obedeció desde un inicio, no significa tampoco que haya obtenido un 10 automático. Quizás su intención fue la mejor, pero no quiere decir que hayan hecho las cosas perfectamente bien, ni que hayan abatido los contagios en su grupo o hayan reportado cero víctimas.

Del resto, ya me imagino las estadísticas que arrojaría si fuese posible medirlas en estos segmentos que propongo.

Lo que intento decirle (desde hace varias entregas) es que si sumamos el real esfuerzo de unos, con la renuente colaboración de otros, la escéptica participación de algunos y la total negligencia de los últimos (que por alguna razón intuyo que es el segmento más pachón de todos), el resultado tiene que ser por necesidad un desmadre que es imposible que haya afectado la tendencia de propagación.

Yo sé que los más disciplinados, y me refiero a quienes pueden darse el lujo de ser disciplinados (ya sea porque les es posible trabajar de casa o dejar de trabajar del todo sin necesidad de recurrir a la antropofagia; y además en su domicilio hay más de dos metros cuadrados por habitante), culpan a los más indolentes de que al día de hoy Gatell no pueda sonar el timbre para que salgamos libremente al recreo como tanto nos gusta.

Súmele que los gobiernos (que son como el director de la escuela) lejos de dar por cancelada la actividad de la cooperativa, ya abrieron la tiendita, huele a molletes y todo el chiquillaje trae hambre.

Interprete las metáforas como mejor le plazca, pero tener a la población cautiva equivale a tener a los chiquillos aguardando por el timbre sin comer y ya son casi las siete de la tarde.

Quizás usted considere que es en efecto una señal de inmadurez ese afán de querer salir, el no poder contener las ganas de hacer comercio o simplemente socializar y que, por culpa de los más ansiosos, la curva se va a prolongar indefinidamente.

Yo la verdad no me siento en posición de emitir juicios tan severos, porque una cosa es tomar medidas para preservar vidas y otra muy distinta es pedirle a la humanidad entera que cancele por completo la vida o que la suspenda indefinidamente hasta nuevo aviso.

Si a mí me lo preguntan, el costo por lo segundo es mucho más alto. Paralizar sociedad, administración y comercio traerá pobreza, muerte y a la larga más gente enferma de la que nos acarreó el COVID.

Al día 100 de la pandemia, me parece que en la capital de Coahuila las víctimas reportadas son 17.

Al día cero, es decir, hacia finales de marzo, los decesos por suicidio en esta misma ciudad rondaban los 77 (y no he podido actualizar la cifra).

¿Le parece congruente la respuesta civil, gubernamental y sanitaria? ¿Considera sensata nuestra reacción? ¿Le dicen algo estas cifras? Por favor, comparta.