Si en la Sierra de Arteaga alguno dice: “Soy de la Laguna”, nadie pensará en Torreón, en Lerdo o Gómez. Todos sabrán que se habla de la Laguna de Sánchez.

Sitio famoso es ése, de mucha tradición. Está a un kilómetro de Potrero de Ábrego, en tierras ya de Nuevo León, pero para recorrer ese kilómetro se necesitan muchas horas, pues entre la Laguna y el Potrero se alza una elevadísima montaña. El viaje se hace por camino de herradura. A caballo he ido yo, y también a pie. Sales a las 5 de la mañana del Potrero, y llegas a la Laguna a la hora de comer.

Nadie me cree que hasta hace no muchos años la gente de la Laguna iba a enterrar a sus muertos en el cementerio de Ábrego, pues esa era la única tierra consagrada en muchos kilómetros a la redonda. Subían los dolientes con el muerto a cuestas, descansando de tramo en tramo, y bajaban después con él por la empinadísima pendiente. Llegaban ya de noche, velaban al difuntito y lo enterraban al día siguiente. Descansaban, dormían esa noche y regresaban después a su lugar.

Yo tuve familia en la Laguna de Sánchez. De ahí era mi tía Crucita, que así se apellidaba: Sánchez. Era una santa, y guisaba los mejores frijoles de este mundo. Yo se los encomiaba, y ella me decía con humildad de terciaria franciscana:

-Armandito, es que están guisados con salsita de hambre.

Su hermano mayor, Andrés, no era tan santo. Un día lo vi tomarse en rápidos tragos media botella de mezcal. Se puso más borracho que Noé, y se sentó en una piedra, porque el mundo le estaba dando vueltas. Hacía esfuerzos el malsinado para no desbeber lo ya bebido, pues buen dinero que le había costado, y decía una y otra vez, entre amagos de vómito, refiriéndose a su borrachera:

-¡Ay, Diosito Santo! ¡Ay, Rey Santo! ¡Qué cosa tan linda es ésta, y tan jija de la chingada!

Después de muchos años volví  a la Laguna. Estaba llena; parecía un pequeño mar. Las abundantes aguas que trajo el Alex la habían colmado hasta los bordes. Aquello era de verse. Desde el Gilberto no se llenaba así.

Tiene un raro misterio esta laguna: en su centro hay un pozo cuya profundidad nadie conoce. Una vez -refiere la leyenda- a alguien se le ocurrió colorear las aguas de la laguna con una tinta roja, poderosa. Meses después salieron rojas las aguas de un río tamaulipeco que desemboca en el Golfo de México. Quizá esto sea difícil de creer, pero cosas de más misterio han sucedido.

Antes, las casas de la Laguna eran todas muy blancas, por dentro y por fuera. Sus moradores las enjarraban con una tierra muy blanca que se da por allá. Visto de lejos, el caserío de la Laguna semejaba una asamblea de palomas. A los vecinos les gustaba adornar las paredes exteriores de sus casas con relieves que figuraban flores, aves y exóticos animales que copiaban de las ilustraciones de los libros, como camellos y elefantes. Cambian los tiempos: ahora las casas son de block desnudo, o están pintadas de colores chillantes, y quedan ya pocos relieves como los que dije. Tenía razón Heráclito el Oscuro: sólo el cambio es eterno. Y esa verdad rige lo mismo en Éfeso que en la Laguna de Sánchez.