Foto: Internet.

En su famoso libro Un cuarto propio, Virginia Woolf dijo que muy probablemente “Anónimo” —que tantos poemas y cartas escribió a lo largo del tiempo— fue una mujer. La historia universal que nos enseñan en la escuela resulta ser no tan “histórica” y no tan “universal”. Falta la otra mitad. Desde hace unos años propongo a mis estudiantes el ejercicio de recordar diez mujeres de la historia o de la literatura o de la ciencia o de algo, que hayamos conocido durante la educación básica. Si llegamos a cinco, lo considero un éxito. En el tema literario (al menos en México), la única mujer presente en las filas escolares casi siempre es sor Juana Inés de la Cruz. ¿Y quiénes más?

Existen numerosas discusiones sobre cuándo empezó México. Solemos dividirlo en tres etapas: la época precolombina, la época novohispana y el México independiente. En realidad el asunto no fue tan esquemático, pero causa conflicto al momento de organizar la literatura. En medio de todo el barullo, la escritura de las mujeres se pierde todavía más. En la cultura náhuatl, donde la lírica tuvo una presencia poderosa, apenas y sabemos un poco. Miguel León-Portilla en su libro Quince poetas del mundo náhuatl recupera a Macuilxochitzin, poeta que vivió a mediados del siglo XV. Fue hija de Tlacaélel, “célebre consejero de los reyes”, quien le dio la mejor educación de su tiempo. Solo conocemos un poema suyo, de tintes políticos: “Pone los escudos de las águilas / en los brazos de los hombres, / allá donde arde la guerra, / en el interior de la llanura. /Como nuestros cantos, / como nuestras flores, / así, tú, el guerrero de cabeza rapada, / das alegría al Dador de la vida”. 

León-Portilla comenta que debieron ser muchas las poetas. Cita al historiador Ixtlilxóchitl, quien menciona a la Señora de Tula, concubina del Nezahualpilli: “era tan sabia que competía con el rey y con los más sabios de su reino y era en la poesía muy aventajada...”. Existen otros poemas anónimos que muy probablemente fueron escritos por mujeres como una famosa canción de cuna, entre otros cantares: “Los consejos llenos de poesía que da la madre a su hija pequeña, las palabras de la partera a la que va a dar a luz, los discursos de las ancianas pronunciados en distintas ocasiones, son patente confirmación de lo dicho”, apunta León-Portilla.

 

La presencia de las mujeres poetas también existió en otras culturas prehispánicas, como la maya. Se sabe, por esculturas y figurillas descubiertas, de  las escribas y chamanas, quienes conjuraban desde la palabra. En el caso de las escritoras novohispanas, la primera mujer conocida en publicar un poema fue Catalina de Eslava. No conocemos mucho de ella más que vivió en el siglo XVI y fue sobrina del poeta Fernán González de Eslava. A la muerte de éste se editó el libro Coloquios espirituales y sacramentales, donde aparece el poema de Catalina  a su tío. Se trata de un soneto, forma poética que ya gozaba de una sólida tradición para la época. La autora utiliza elementos de la cultura griega clásica y demuestra que domina el oficio. Gracias a ello podemos concluir que fue una persona educada y con lecturas. 

 

María Estrada de Medinilla fue otra escritora novohispana conocida. Recordamos principalmente un poema de larguísimo título impreso en 1640 por Juan Ruiz. Este trabajo, como señala Josefina Muriel, “tiene como finalidad la descripción de la festiva entrada del virrey a la capital del virreinato”. Al igual que otras obras como la Grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena, esta Relación de Estrada pretende ser una crónica para otra persona, en este caso ella lo hace “para su prima, monja enclaustrada en un convento de la Ciudad de México”.

 

La historia podría continuar con sor Juana Inés de la Cruz y la larga tradición de monjas escritoras novohispanas o con las jóvenes que tímidamente (muchas desde el anonimato) se atrevían a participar en las justas literarias que llevaban temas como “la colocación de la estatua del rey” y tópicos similares, donde se las ingeniaban para dar a conocer su sentir y sus deseos de hablar.  Seguramente existieron incontables poetas durante estos siglos, pero sólo conservamos la obra de muy pocas, apenas un aliento poético que sobrevivió al silencio, al señalamiento, a la aniquilación.