ESMIRNA BARRERA
Cansado de sus navegaciones y amoríos decidió sentar cabeza y formar un hogar y una familia. Quiso buscar para eso una doncella que no supiera nada del mar

“¿Soy yo el primer hombre con el que duermes?”. Tan solemne pregunta le hizo el novio a su flamante desposada al comenzar la noche nupcial. Respondió ella: “Si nos dormimos, sí”… Glafira, la hija de don Poseidón, tenía aspérrimo carácter. Por el menor motivo se encrespaba. Profería entonces grandes gritos y tremendas maldiciones tan sonoras que hacían retemblar el techo y las paredes. A todo mundo maltrataba de palabra y obra; traía a mal traer a la familia y a la servidumbre. Pero a nadie le falta Dios, dice el piadoso dicho, y a la bronca mujer le salió un novio dispuesto a llevarla tanto al Registro Civil como al altar. Una noche el temerario –o imprudente– galán se presentó muy peripuesto ante el papá de la muchacha y le dijo con ceremonioso acento: “Vengo, señor, a pedirle la mano de su hija”. “Concedida –respondió sin vacilar don Poseidón–, a condición de que también se lleve usted todo lo demás”… Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Cierto día su suegra le contó, llorosa: “La vecina del 14 me dijo ‘vieja bruja’”. “No le haga caso, suegrita –la consoló Capronio–. No es usted tan vieja”… Don Languidio, señor de edad madura, llegó muy contento a su casa. Lucía un traje nuevo que acababa de comprar. Le comentó, feliz a su esposa: “El vendedor de la tienda me dijo que este traje me quita 20 años de encima”. Con tono ácido sugirió la señora: “Póntelo de piyama hoy en la noche”… Una perrita callejera le dijo a otra: “Yo me voy a estar sentada hasta el amanecer. Hoy es la noche de las narices frías”… Una chica llevó a su abuelita a Las Vegas, pues la anciana señora tenía ganas de conocer el lugar que había oído describir como “la ciudad del pecado”. En un casino la viejecita puso una ficha de un dólar en el tapete de la ruleta, y ganó. El croupier le entregó diez fichas de un dólar. Le dijo la abuelita, severa: “A ver si esto le sirve de lección, joven, para dejar el feo vicio del juego”… La Maja Desnuda. El gerente de la Compañía Jabonera “La Espumosa”, S.A., hizo poner en la pared de su oficina una reproducción en tamaño grande del famoso y sensual cuadro de Goya. Explicó: “Es que la pared se veía muy desnuda”… Don Chinguetas, ya lo sabemos, es un marido tarambana. Cierta noche llegó a su casa en horas de la madrugada. Venía en competente estado de ebriedad y mostraba en el rostro y la camisa profusas manchas de bilé, o sea lápiz labial. Doña Macalota, su mujer, lo recibió enojada. Le dijo: “¿Dónde andabas? Por tu culpa no he pegado los ojos en toda la noche”. Replicó el cínico señor: “¿Y acaso crees que yo sí he dormido?”… Dos jóvenes esposas comentaban sus respectivas experiencias hogareñas. Contó una: “Cuando mi marido llega del trabajo siempre me pone las manos en la cintura”. Dijo la otra: “El mío busca horizontes más amplios”… Aquel marino había tenido un puerto en cada uno de los siete mares, y un amor en cada puerto. Era de los que besan y se van, según dijo Neruda. Cansado de sus navegaciones y amoríos decidió sentar cabeza y formar un hogar y una familia. Quiso buscar para eso una doncella que no supiera nada del mar. En un pequeño pueblo del interior conoció a una joven a la cual las cosas de la navegación parecían serle totalmente ajenas, tanto que el marinero le mostró los dibujos de un remo, un ancla y un timón, y la cándida muchacha no supo qué eran esos extraños objetos. Casó con ella, pues, ilusionado. La noche de las bodas, ya en la habitación de hotel, ella salió del baño sin más cobertura que la de unas cuantas gotas de perfume barato y le preguntó al marino con voz ronca: “A ver, grumete. ¿Qué lado de la cama quieres? ¿Babor o estribor?”… FIN.