El joven padre le señalaba a su hijo de 5 años el perfil de la montaña y le decía:

—Mira: es el cortejo de los Reyes Magos. Hoy en la noche llegarán.

El pequeño miraba en lo alto de la sierra el perfil de los árboles lejanos y, en efecto, veía en ellos claramente la silueta del elefante, el camello y el caballo, y le parecía que podía tocar ya los dones que para él traían los mágicos visitantes venidos del Oriente.

Amanecía la mañana, y en una silla junto a su cama el niño hallaba los regalos que los Reyes le habían dejado. Eran humildes sus obsequios: una pelota de hule, un carrito de hojalata, una bolsita de dulces
 A él, sin embargo, le parecían tesoros, y corría a mostrarlos a sus padres. Ellos los veían, igualmente sorprendidos y extasiados. Decía el niño, jubiloso:

—¡Qué buenos son los Reyes Magos!

Sonreían los papás:

—Es que te has portado bien.

Esta mañana, al despertar, el hombre halló un regalo: el de la vida. Lo miró, extasiado y sorprendido, y supo que tenía en sus manos un tesoro.

¡Hasta mañana!...


Armando Fuentes Aguirre