Llega el viajero a Chartres y contempla esa oración en piedra que es la catedral.

¡Con qué claridad habla ese callado monumento! Sin palabras te dice lo que con palabras no se podría decir. Si te colocas ante él te hace elevar la vista a las alturas. Si entras a él te hacer mirar al fondo de ti mismo.

El viajero no es hombre de fe a la luz del día, pero en presencia de las sombras es hombre de fe. Aquí, en la catedral de Chartres, la fe lo llena todo. Lo llena a él también.

Los hombres somos eternos peregrinos. La vida misma es peregrinación. Alguna vez sabremos dónde empezó el peregrinar y a dónde nos llevará el camino. El viajero encontró en Chartres la respuesta a sus preguntas. A veces –pobrecillo– se olvida de que estuvo ahí y entonces sus dudas se levantan otra vez y su fe va a ocultarse en un rincón. Pero le basta recordar la catedral para escuchar de nuevo sus palabras, palabras que le hablan de fe, de esperanza y de amor.

¡Hasta mañana!...