El infierno, se dice, huele a azufre.

Me pregunto a qué olerá el Cielo.

Pienso que debe oler a tierra mojada por la lluvia. Perfume más grato y mejor que ése ni el Chanel No. 5.

Ayer viví una de aquellas “tardes olfativas” que describió López Velarde. Primero fue la nube; luego el rayo, y después vino la lluvia, unánime al principio y en seguida mansa como caricia, como caricia larga. Cuando acabó de llover no salió el arco iris. Y qué bueno, porque nadie me lo habría creído.

Entonces la tierra me regaló su aroma de mujer recién bañada. Yo lo aspiré morosamente, sensualmente. En seguida surgió del suelo un vaho que se elevó como si fuera incienso, y lo aspiré religiosamente.

Tierra diosa, tierra madre, tierra amante… Con la lluvia se vuelve más divina, más maternal, más amorosa. Olerla es comulgar.

¡Hasta mañana!...