Haruki Murakami. Foto: Especial
Atención al reciente libro –“De qué hablo cuando hablo de escribir”- del escritor japonés Haruki Murakami, autor de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Kafka en la orilla”, “1Q84” y otras grandes novelas

Esta vez no se trata de una obra de ficción sino de una serie de textos autobiográficos en los que Murakami habla, por primera vez, de su actividad como escritor. Semejante a “De qué hablo cuando hablo de correr”, este libro abre un poco –sólo un poco- las puertas de la vida íntima de uno de los autores más interesantes de nuestra época.

De pasada nos enteramos de que no tiene hijos, de que una mujer está a su lado, de que tuvo que salir de Japón hacia los años 80 gracias a la peste del mundillo cultural de su país; de que ha vivido en Europa y en los Estados Unidos, de que en este imperio encontró su piedra de toque para “lanzarse” como un escritor ya no “de culto” sino de grandes públicos.

Pero lo más importante es lo que dice en torno de la literatura y, especialmente, de su quehacer como escritor. Sin pretender dictar cátedra, como Vargas Llosa y otros autores, Murakami habla con bastante soltura y desenfado de su trabajo, sus hábitos, sus preferencias literarias y musicales, su necesidad de estar en forma física y psicológicamente, su formación como escritor y mucho más.

Como sus novelas y sus relatos, el libro se deja leer tan sabrosamente que uno se pregunta si debemos esa frescura al propio Murakami o a sus traductores, Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Pero si hemos leído otras obras del autor sabremos que él es así, es decir, él es como sus novelas: abierto pero enigmático al mismo tiempo.

Para mí es imposible leerlo en japonés y lamentablemente ya es un tanto tarde para aprender este idioma. Me conformo, pues, con la idea de que, con todo lo que una novela, un poema o un relato pierden en el viaje de la traducción, algo llega a la otra orilla. Si se desconoce la lengua original en que fue escrito ese poema, habrá que aprovechar lo poco que de él nos llega o empeñarse en aprender, en este caso, japonés.

Murakami cuenta en su libro que desde la adolescencia se propuso leer en inglés y, aunque al principio le costó mucho esfuerzo, al paso del tiempo logró hacerlo con fluidez. Lo dice, precisamente, en el capítulo dedicado a la educación: “Sobre la escuela”, de suma importancia para nosotros, los mexicanos.
Antes de entrar en este tema, hay que decir que el libro se compone de 11 capítulos y un Epílogo: “1. De vocación, novelista. ¿Son los escritores seres generosos? 2. Acerca de cuándo me convertí en escritor. 3. Sobre los premios literarios. 4. Sobre la originalidad. 5. Ahora bien, ¿qué escribo? 6. Que el tiempo se convierta en un aliado. ¿Cómo afrontar la escritura de una novela larga? 7. Una infinita vida física e individual. 8. Sobre la escuela. 9. ¿Qué personajes crear? 10. ¿Para quién escribo? 11. Salir al extranjero. Nuevas fronteras.”

El autor los escribió dándoles forma de “conferencias”, o algo parecido, por eso algunas afirmaciones resultan reiterativas, como ésa de los “treinta y tantos años” dedicados a la “divertida” tarea de escribir novelas. En cualquier caso, no se trata de capítulos sesudos y cargados de citas y escolios, como arbolitos de navidad en casa rica, sino, más bien, de una suerte de “confesiones” hechas a un amigo.

Comentar cada uno de esos capítulos sería tedioso y contraproducente. Tedioso porque lo que Murakami dice acerca del vitriólico “mundillo literario” en Japón es similar al de cualquier otro país del mundo, incluido México, e igualmente mortífero. Y contraproducente porque quizás el hipotético lector se quede con la idea de que, al leer un comentario, ya conoce el contenido del libro.

Pero no todo se reduce a ese orbe cultural nipón. Hay que leer lo que el autor dice acerca de “la originalidad”, por ejemplo, o lo que cuenta sobre la “epifanía” que lo impulsó a dedicarse a la escritura, o sus opiniones en torno de la actividad de escribir. 

Hay que atender también a sus opiniones políticas. Pero es necesario subrayar que este no es un “manual” para jóvenes que pretenden dedicarse a la literatura de ficción, sino el texto confesional de un escritor. Nada más.

El capítulo “Sobre la escuela” es de particular interés para nosotros. Quien habla es un japonés, no debemos olvidarlo, un japonés que vivió una época de esplendor económico y el desengaño que siempre sucede a aquél. Devoto del jazz, del rock y de la buena música, Murakami pertenece a una generación marcada por The Beatles, Bob Dylan, The Beach Boys y confiesa que escribe guiado más por el ritmo de estos y de los grandes jazzistas –Thelonious Monk…- que por otros estímulos.

Pero la escuela fue una tortura para él: por aburrida y competitiva, por cuadrada y pétrea, por acartonada y chata. “La razón por la que no mostraba ningún entusiasmo en los estudios –dice Murakami- no es muy difícil de entender. En primer lugar, me aburría. No me interesaban, o, mejor dicho, me daba cuenta de que en el mundo había cosas mucho más divertidas…”. Completamente de acuerdo, sobre todo si tomamos en cuenta la concepción que tenemos de “la escuela” o lo que hemos hecho de ella: una cárcel, una galera. 

¿Reformas educativas? Qué bien. ¿Para qué? ¿Para complicarlo todo aún más? ¿Para que “la educación” se convierta en una carrera de locos? ¿Para hacer de ella un laberinto burocrático que justifica nadie sabe qué? ¿O sí se sabe qué? Claro que sabemos: con “modelo por competencias” o sin él, en la escuela se enseña a no pensar, aunque el discurso oficial siga pretendiéndose “constructivista”: “hacer de los alumnos seres reflexivos, críticos, analíticos…”, etcétera.

“Otra de las razones de mi desinterés –continúa el autor- es que nunca me ha gustado competir con otras personas. No pretendo alardear, pero todos esos números que representan superioridad, como las notas, los rankings o los valores de desviación de la media (en mi época, por fortuna, aún no se había inventado eso), me dan igual… Obviamente, en algunos aspectos de la vida sí soy competitivo, pero no es algo que se manifieste con relación a otra persona.”

Habla un outsider –japonés- con éxito, claro, pero cuánto nos dice. Al leer todo este capítulo no dejé de pensar en México, tan enfermo de “competitividad educativa” y de cualquier índole, de estadísticas, del más neurótico positivismo, de rankings y de tantas otras dolencias, porque, hombre, se supone que debemos estar “a la altura” de los países desarrollados, como Japón, precisamente.

Hay que leer esto que Murakami escribe con extraordinaria sabiduría, a pesar de no ser un profesional del logos pedagógico: “Los conocimientos aprendidos mecánicamente y no como un todo sistemático acaban por desaparecer y se quedan por ahí enterrados en alguna parte, en un lugar que podríamos considerar la tumba del conocimiento. En la mayoría de los casos no hay ninguna necesidad de retener nada de eso en la memoria.”

Estos son apenas los primeros párrafos del capítulo. Todo lo que viene enseguida es digno no sólo de leerse sino de glosarse, de desmenuzarse concienzudamente, manteniendo en la cabeza la frescura y la utilidad que el verdadero conocimiento ha procurado a la especie desde los orígenes, no la montaña de normas disecadas en que se ha convertido esa institución que supuestamente es “depositaria” del conocimiento: la escuela, desde la educación básica hasta la Universidad, con algunos de sus sofisticados posgrados y otros tantos de sus “departamentos de investigación”.

Pero la esclerosis y la momificación educativa no son patrimonio exclusivo de México: es Murakami quien habla. Acaso lo mismo podría decir un inglés, un español, un estadounidense. El autor nipón escribe: “El mundo está cada vez más globalizado, los sistemas educativos han mejorado gracias a la tecnología e imagino que todo resulta más sencillo y conveniente que antes. Por otro lado, tengo la impresión de que, a pesar del tiempo transcurrido, la idea fundamental que sustenta al sistema educativo, su funcionamiento básico, no parece haber cambiado tanto…”

Su sospecha es, en realidad, una certeza, y él mismo lo confirma al establecer una conexión entre el sistema educativo y el sistema político del Japón. Y México no es ninguna excepción en esta materia.