Aristócrata del pensamiento. El sabio abogado Manuel Horacio Cavazos Cadena era un aristócrata del pensamiento. Era mi amigo. Hoy desgraciadamente muerto, lo sigue siendo. ¿Cuándo lo conocí? No lo recuerdo exactamente. Sólo sé que amigos de su tamaño, garbo y estatura son necesarios e imprescindibles para que este mundo siga funcionando como tal. Modesto y frugal en sus apetitos, el sabio catedrático Cavazos Cadena fue uno de los motores fundamentales en el engranaje original de la Comisión de Derechos Humanos de Coahuila justo en su formación.

Recuerdo aquella buena época. En dicha CDHEC había puros ases: Javier Villarreal Lozano (†), María C. Recio, David Brondo García, Jorge Chávez y claro, como su primer visitador el maestro hoy unido a la eternidad. También recuerdo de aquellos memorables años de buenos y atildados servidores públicos, el maestro Cavazos fue el encargado de desahogar la queja de acoso y siembra de un arma por parte de Raúl Felipe Garza Serna (entonces Procurador de Justicia en el Estado), en contra de la familia del editor José Guadalupe Robledo. Nunca, jamás el maestro Cavazos se dejó intimidar en sus tesis resolutivas en contra de la autoridad oficial.

Y es que el maestro Manuel Horacio era de una sola pieza: granítico. Su conducta ejemplar la vivía. No era mera máscara ni ficción, sino compromiso y convicción de hacer las cosas bien y predicar con los hechos y las obras. Que yo recuerde, desde siempre seguía viviendo en su casa bien puesta, pero en barrio y colonia de media tabla, en la colonia Chapultepec. Alguna vez lo visité en su buena y dotada biblioteca.

En aquellos años, última década del siglo pasado y primeros años de este siglo, no pocas veces nos topamos en el camión foráneo el cual nos llevaba a la Ciudad de México. El sabio abogado estaba cursando un diplomado de altos vuelos en la UNAM y quien esto escribe como siempre, al tener un peso de más, inmediatamente corría a la gran capital a dilapidarlo en cine, libros, exposiciones y claro, comer y beber en buenas cantinas y restaurantes. Hoy todo ello, letra muerta con esta maldita pandemia bíblica.

Encomiado por su modestia, la cual insisto, no era pose sino vocación, el director de Jurisprudencia, Alfonso Yáñez Arreola, le dedicó palabras y letras elogiosas por motivo de su sentida y repentina muerte. Apenas en enero pasado, el sabio maestro había recibido la medalla al mérito académico de la UAdeC, “Mariano Narváez González”. Yáñez Arreola y su actividad huracanada en Jurisprudencia no dudo, programarán en su momento charlas y testimonios sobre uno de sus catedráticos más emblemáticos y queridos por la comunidad estudiantil y docente. Dolorosa y lamentable su muerte. Como dolorosas y lamentables son tantas y tantas muertes que diario se apilan en la numeralia de esta ya larga pandemia la cual no tiene fin.  

Esquina-bajan

Manuel Horacio Cavazos pertenecía a otra generación, a una buena generación de hombres garbosos y eruditos, los cuales han dejado huella en nuestro alfabeto. Cavazos Cadena era gran amigo de dos abogados altos y venosos, Ildefonso Blanco Barraza y Sergio Treviño. Para fortuna nuestra, ambos entre nosotros. Hombres bien nacidos y mejor formados los cuales no buscaban el éxito: el éxito los buscaba siempre a ellos.

Modesto. Atildado en el vestir y con el verbo justo siempre en su lengua. Así recuerdo al maestro Cavazos Cadena. No tengo en la memoria cuándo fue la última vez que lo saludé. Antes que esta pandemia nos destrozará la vida y las relaciones personales, al catedrático lo veía seguido en esas tiendas de conveniencia llamadas “Oxxo”. Vaya usted a saber por qué, pero allí y no en otro lugar agarrábamos tertulias dilatadas donde todo era materia inflamable. Atento, el maestro siempre hacía referencia a mis textos publicado en este espacio de VANGUARDIA y no pocas veces me acotaba, me puntualizaba y agregaba letras, caminos y bifurcaciones para explorar más los temas que abordaba en mis columnas.

¿Por qué el abogado Cavazos viajaba siempre en autobús a la Ciudad de México? Nunca se lo pregunté. Pero imagino, el sabio profesor tenía suficientes pesos para tomar un vuelo de aquí de Saltillo o bien, de la vecina ciudad de Monterrey. Pero, el maestro siempre pregonó con el ejemplo. Banalidades como esa, las dejaba pasar de largo para lograr algo que pocos buscan: la tranquilidad, la felicidad y la paz consigo mismo. Y esa paz y tranquilidad claro que la irradiaba alrededor.

En uno de varios viajes en que coincidíamos a México arrellanados en nuestro asiento, Manuel Horacio Cavazos me comentó de un buen libro el cual estaba leyendo: “La guerra perdida contra las drogas” de la autoría de Jean-Francois Boyer. Le recuerdo que corría la década de los años noventa del siglo pasado y en ese entonces, los cárteles de la droga apenas dejaban sentir su fiereza y brutalidad la cual hoy, es un fardo en la vida pública en el país.

Luego de apearnos en la central de la Ciudad de México, el maestro me dijo que de regreso al pueblo, lo fuese a visitar para prestarme dicho libro. Así lo hice. El volumen sigue siendo una buena y excelente lectura para comprender a cabalidad este mundo de dependencia y poder bestial de dinero, que es el mundo de las drogas a nivel global. El libro está en mi biblioteca. Algún par de ocasiones le dije que cuándo podía pasar a regresárselo. Siempre me respondía: “nada urge Cedillo, luego me lo devuelve”. Ignoro si cuando muera, pueda llevar dicho libro como equipaje de mano, pero si acaso se puede, se lo llevo sabio y querido maestro: es suyo.

Letras minúsculas

Aristócrata del pensamiento. El abogado Manuel Horacio Cavazos era un aristócrata del pensamiento.