Volví a abrir las páginas de un estudio profundo, humano y espiritual. Hago énfasis en lo espiritual porque el espíritu de lo humano vive escondido, a pesar de que brilla de manera extraordinaria en la búsqueda artística y en la sobrevivencia de los miserables, que caminan y luchan por una esperanza de una auténtica democracia o de un lugar que los reciba como seres humanos.

Ese libro habla de “ecología Integral”. No sólo del agua que se disminuye global y localmente, y es contaminada todos los días por individuos y empresas, y del aire que se obscurece con los tóxicos que generamos, y de la hermana tierra “que da gritos por el daño que le hemos infligido mediante el uso y abuso irresponsable.

Sí, mi paciente lector, Ud. ha adivinado. El libro que abrí de nuevo es la encíclica del Papa Francisco acerca de la “ecología integral”. Reencontré el significado de una frase común que San Francisco repetía: “el hermano sol, la hermana luna…”. Una frase de fraternidad que él aplicaba a todo ser viviente y no viviente, y que no es solamente una expresión profundamente poética.

Descubrir la fraternidad no sólo de los hombres sino de los animales y los astros, no es solamente una fantasía que genera el genio del pintor o la sabiduría de los maestros de la humanidad como Gandhi, Buda o Jesús. Para ellos, y para los Franciscos de siempre, es una realidad. Todos tenemos un común denominador y un ser compartido: todos somos criaturas. Hemos sido creados igual que el sol y las estrellas, los toros y los perros, los africanos y los rusos, los migrantes y los narcotraficantes, los políticos y los ciudadanos. Todos hemos recibido gratuitamente la existencia, el poder circular alrededor de una galaxia o el poder caminar en el bosque.

Hemos olvidado esta realidad y nuestro narcisismo nos ha hecho creer que somos los dueños de la tierra y del agua y de los hijos, y de los alumnos y del resto de los hombres. Pretendemos ser los dueños e ignoramos que somos hermanos de los vecinos y de todos los hombres y de la tierra, que el Papa la llama también “nuestro hogar común”. “Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner límites a sus intereses inmediatos. En cambio si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y dominio.

Recurro a estos textos para revivir la conciencia de la fraternidad humana. Es una verdad que detona no solamente la bondad del corazón sino que es la sorprendente belleza de la vida humana, social, familiar, rural y la misma belleza de los bosques, mares y montañas. “El mundo –dice el Papa Francisco– es algo más que un problema a resolver. Es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza”. Y la fraternidad es una solución para los problemas que vivimos.

Durante los últimos años se ha detonado la indignación en la conciencia de los mexicanos. Es una indignación legítima ante la corrupción y la impunidad que han rebasado los límites de la justicia social, de tal manera que en lugar de que genere una unión y solidaridad ante la crisis de inseguridad y sobrevivencia humana, se convierta en un odio y desconfianza no sólo en las instituciones gubernamentales, económicas, religiosas y sociales, sino entre los mexicanos del barrio, de la ciudad y de los estados.

La fraternidad puede ser positiva y benéfica siempre que incluya la justa remuneración al trabajo y la actitud de solidaridad con el bien común de la familia o de la comunidad nacional. La fraternidad es una actitud permanente no una “flor de un día”. Es una disposición de la mente y el corazón que inclina al hombre a comprender e interpretar bondadosamente las conductas del vecino, a acudir sin que lo llamen a prestarle ayuda, a socorrerlo en su necesidad, pero sobre todo a no considerarlo como su enemigo, a temerlo u odiarlo, y repetir la historia de Caín y Abel.

En la democracia mexicana deben existir las diferencias políticas, ideológicas, religiosas y sociales. Existen los partidos políticos y el federalismo con sus estados soberanos, los conservadores y los liberales, la izquierda y la derecha, los cristianos, los mahometanos, los budistas y los ateos, los adultos y los adolescentes, los niños y los abuelos, la diversidad de géneros, en pocas palabras cada ser humano es diferente a los demás porque es persona. La fraternidad incluye toda esa diversidad y la incorpora a su mentalidad con un saludo de bienvenida, pero no con una mirada de desconfianza o peor aún de odio injustificado.

La conciencia de fraternidad social, de criaturas que recibimos gratuitamente la existencia, es una condición fundamental para los tiempos que vivimos como ciudadanos constructores de un México mejor para todos. Una vacuna contra el odio divergente y un camino para la convergencia de las diferencias. La conciencia colectiva de fraternidad generara una respuesta diferente aunque racional y crítica a la problemática que padecemos.