México es ese boxeador de barrio que no es dueño de ninguna técnica particular, ni resultado de un entrenamiento metódico, sino producto de la improvisación, de la maña y, por supuesto, de la fuerza.

Es el pugilista que se coló a la gran pelea no por bueno, sino por aguantador. Es el atleta hecho a mano, en un gimnasio de a peso, con guantes prestados y botines remendados; que trabajó su musculatura inexplicablemente porque no conoce lo que es una dieta balanceada, sino que está más bien curtido por el hambre.

Este peleador de pantaloncillos tricolores tiene en sus carencias su principal activo, lo cual resulta tan paradójico que asombra a los foráneos cada vez que, en contra de todos los pronósticos, luego de haber sido tundido en la lona, México vuelve a ponerse de pie.

Quizás sea nuestro motivo de orgullo ser paradigma del “a pesar de”, del campeón sin corona, del que todo se lo debe a su mánager y a la Virgencita. Pero lo cierto es que nuestro camino no debería ser tan arduo y penoso, al menos, no en forma tan reiterada.

Me consolaba en cierta forma el hecho de que el sacudimiento telúrico de la semana pasada no hubiera devastado a la capital mexicana como su homólogo de hace 32 años.

Inconscientemente quería convencerme de que algo sobre prevención habríamos aprendido; algo debíamos haber mejorado en las últimas tres décadas después de aquella experiencia, en materia de edificaciones seguras, contingencias, respuesta inmediata y protocolos para cada actor (rescatistas, autoridades, población civil, medios de comunicación).

Pero parece ser que no. Si el número de víctimas no fue tan elevado, ni los daños materiales tan cuantiosos como hace 32 años, se debió sencillamente a que la tierra fue en esta ocasión mucho más clemente con nosotros.

Un texto me recordó un dato que aprendí de niño, pero que esos mismos años que nos separan del evento de 1985 me ayudaron a olvidar: sucede que la escala de Richter con la que graduamos la magnitud de este tipo de fenómenos geológicos es logarítmica, no lineal, y con base 10.

Es decir, con cada incremento de una unidad en la escala de Richter, la amplitud de onda recogida por el sismógrafo se incrementa 10 veces. En otras palabras: un terremoto de magnitud 5 es 10 veces más intenso que uno de 4; 100 veces mayor que uno de 3; y mil veces más significativo que uno de 2.

Por tanto, aunque en la escala sísmica el evento de 1985 fue sólo un grado superior al de hace unos días, en realidad fue 10 veces más intenso.

Quiero decir que el terremoto del martes fue 10 veces más tenue (10 veces menos destructivo) que el de hace tres décadas, y sin embargo…

Pese a que el oponente de la semana pasada es de un peso más ligero que el que enfrentamos en el 85, pese a que –se supone– debimos a lo largo de todos estos años prepararnos para el siguiente asalto: entrenar, estudiar, fortalecernos y capitalizar toda la amarga experiencia previa, nuevamente volvimos a caer noqueados y, por varios catastróficos segundos, con pérdida total del conocimiento.

No estoy hablando de nuestra asombrosa capacidad para recobrarnos, para tendernos la mano, para sacar la casta, el coraje, el valor, el amor y todo el corazón necesarios para seguir adelante. Eso lo tenemos sobrado por lo que parece ser una cualidad étnico-genética. Lo doy por descontado. Pero… ¿y lo demás?

¿Qué hay de todo lo que no nos fue otorgado con la denominación de origen? ¿Qué con todo lo que no era obligación de Mamá Naturaleza el dárnoslo? ¿Qué con lo que era nuestra responsabilidad cultivar y acrecentar?

Porque un fajador no tiene un gran futuro en el cuadrilátero, acaso, con la pura supervivencia tiene para darse por bien servido. Pero de triunfos, ni hablar.

Es penoso que todo el dolor y la desgracia del 85 hayan sido aparentemente en vano, ya que lo menos que podría haber hecho por nosotros aquella jornada dantesca era habernos evitado un nuevo viaje a la lona.

No estaba en tela de juicio si el siguiente terremoto ocurriría o no. Era, muy al contrario, un hecho duro, inexorable; sólo era cuestión de tiempo y ese elemento también operaba en contra nuestra, ya que el factor sorpresa es inherente a los movimientos tectónicos. ¡Lo sabíamos! ¿Por qué nos tomó desprevenidos?

Es vergonzoso que un colegio se haya tragado materialmente a sus niños y trabajadores. Frida Sofía o no Frida Sofía, es inaceptable que un edificio opere sin cumplir siquiera con criterios sismológicos para hace tres décadas. Si hoy mató a dos veintenas, en el 85 no habría dejado supervivientes (me disculpo por el horrendo comentario).

De allí que, aun dentro de toda esta tragedia, sí era necesaria una cortina de humo adicional, como esa niña ficticia de Televisa, para que jalara toda nuestra atención hacia un drama individual y no viésemos nunca el cuadro completo, para que no mirásemos nunca las otras aristas de esta catástrofe, las que tienen que ver como siempre con la autoridad y la corrupción sistémica. Una telenovela inserta dentro del melodrama evitaría, al menos durante las horas críticas, que hiciéramos las preguntas incómodas. Ya más adelante, como quiera, todo se diluye y nuestra breve e inquieta atención es reclamada por algo más apremiante o entretenido.

Pero lo cierto es que fallamos miserablemente. Por ello me resisto mucho a hacer la consabida apología de que en las situaciones adversas siempre sacamos lo mejor de nosotros mismos. Ello, aunque sea cierto, dista mucho de ser suficiente, dista mucho de ser lo que debemos ser y hacer.

Tampoco estoy diciendo que sea poca cosa, pues, de hecho, parece ser lo único con lo que contamos, lo único en lo que podemos confiar.
Pero de prevención, de aprendizaje, de una forma metódica y estructurada de afrontar el desastre, de eso nada, absolutamente nada.

Y es una lástima porque el siguiente evento, que puede ser de menor o mayor escala, nos va a coger, al parecer, igualmente desprevenidos, con la guardia completamente abajo.

Y es una lástima porque la pregunta no es si ocurrirá o no. Ocurrirá, la única cuestión es cuándo.

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