No quiero escribir estas líneas como politóloga, ni como parte de la sociedad civil organizada que trabaja a favor de niñas, niños y adolescentes. Quiero escribir estas líneas como mamá de tres: un niño de 4 años, una niña de 2 años y una bebé de 10 meses.

¿Por qué? Considero que después de casi un año de confinamiento todos (me incluyo) estamos cansados de datos estadísticos y análisis socio-políticos de lo que ocurre. Tenemos que empezar a dibujar nuestras realidades desde lo que son: personas encerradas con muy pocas interacciones sociales que está repercutiendo en la formación de las próximas generaciones; nuestros hijos.

Si bien he intentado (en medida de lo posible) que mis hijos tengan la mayor cantidad de interacciones sociales con otras personas, no ha salido como me hubiera gustado.

Mi hijo me ha preguntado más de una vez que dónde están sus amigos, que si éstos ya no quieren ser sus amigos. La respuesta del que el mundo está enfermo y pronto podrá ir a su escuela grande, ya no me la cree. Ahora dice que tiene que ver todos los documentales de todos los lugares que no podrá ir porque el mundo está enfermo. Crecer en solitario para él, está siendo más difícil de lo que pensaba(mos).

Mi hija de dos años, tiene literalmente la mitad de su vida en confinamiento. Le gusta ver videos de niñas y niños yendo al supermercado o a comprar ropa en una tienda, es algo que no recuerda (era muy chica) y que dice (con señas y algunas palabras) que quiere hacer. Lo dibujó en su carta para Santa Claus esta Navidad.

La más pequeña, ni se diga. Entré al hospital sin cubrebocas para su nacimiento, y salimos todos con cubrebocas. Mi esposo y yo burlábamos en un principio que era nuestro conteo del confinamiento. Hoy ya no nos da tanta risa. Casi nadie de nuestra familia extendida la conoce y muy pocos amigos cercanos la han visto de lejos. Sólo conoce nuestra casa y el patio de casa de sus abuelos.

Nuestras niñas y niños parecen invisibles a los tomadores de decisiones en esta pandemia. No pueden hacer prácticamente nada. Parece como si no existieran para nadie. Se les ha olvidado que son estas niñas y niños los que construirán las sociedades del mañana. En ese sentido, nos debería preocupar a todas y todos lo que están sintiendo, pensando o imaginando cómo será el futuro.

Sé que cada familia, cada mamá está librando sus propias batallas en esta pandemia. Las mamás que tienen hijas o hijos en primaria, o aquellas que son adolescentes. A mi me tocaron en edad preescolar, en la llamada primera infancia. Algunas dirán que es más sencillo, otras que más difícil. Considero que no se trata del grado de dificultad sino en el vacío que nuestras hijas e hijos están viviendo en algún sentido.

Esta semana, el gobernador de Coahuila, Riquelme Solís, dijo que tendríamos que aprender a vivir con el COVID-19 y habló ya de la reapertura de escuelas en agosto. Por otro lado, las escuelas privadas (que no pueden más en términos económicos) dijeron que presionarían para abrir ahora en febrero.

Las escuelas no son sólo el espacio donde las niñas y los niños adquieren conocimientos, son el espacio que aprenden que hay alguien más que ellos mismos y sus familias. Es el espacio, en donde aprendemos a relacionarnos con los demás, aprendemos de convivencia social.

Desconocemos hasta el día de hoy las repercusiones sociales y términos de salud mental que pueda tener el confinamiento en las niñas y los niños. De lo que sí podemos estar seguros es que tiene consecuencias. Hoy es claro que el COVID-19 no se irá pronto. Empecemos a pensar qué vamos a hacer.

Mi propuesta: organicemos pequeñas tribus, grupos de familias que permitan a las niñas y niños convivir con otras personas que no sean sus familias y adquirir habilidades sociales, esas que les servirán para construir esa sociedad más justa y equitativa que todos anhelamos.