Nos distancian del hombre medieval nuestros sofisticados gadgets... pero en esencia continuamos siendo unos pobres campesinos supersticiosos

En días pasados alguien me recordó aquel extraño episodio conocido como la plaga del baile, acaecido durante la Edad Media.

Por si no lo conoce o no lo recuerda, fue un evento en el que los afectados se vieron compelidos a bailar de manera frenética durante días, sin descanso, hasta literalmente morir ya fuera de infarto, derrames o extenuación.

A diferencia de otros hechos insólitos, éste fue ampliamente documentado como para ser considerado una improbable leyenda.

Comenzó todo un buen día de 1518 en Estrasburgo, Francia, cuando una mujer comenzó a bailar en las calles frenéticamente. Con el paso de las horas, lejos de tranquilizarse o caer rendida, nuevos danzantes se le unieron en su furioso arrebato.

Cabe señalar que diversas crónicas y reportes de la época hacen hincapié en que las víctimas no convulsionaban ni se agitaban de forma errática, sino que bailaban; bailaban por horas y días consecutivos.

Al cabo de los días fueron decenas, pero con las semanas el contagio alcanzó a unas 400 personas. Pasaron tres meses antes de que el extraño fenómeno comenzara a menguar, no sin que las autoridades locales intentasen todo para detener la propagación de este brote de “coreomanía”.

No quiero ni imaginarme lo que habría sucedido de haber conocido hace 500 años a Sonido Mázter. Entonces sí, la epidemia del baile habría arrasado con lo que quedó de Europa luego de la peste negra.

Si desestimamos las explicaciones sobrenaturales (durante siglos se consideró a las crisis espasmódicas un castigo del santo patrono de los actores y los bailarines, por lo que se les denominaba “mal de San Vito”) y si descartamos también al cornezuelo u hongo del centeno, que en otros casos produjo intoxicaciones masivas con un agente alucinógeno parecido al LSD, la respuesta más plausible para este enigma es la histeria colectiva.

Es decir, estaríamos hablando de un notable e innegable contagio, sí, pero de estupidez.

Bueno, quizás no deberíamos ser tan duros en nuestro juicio contra la pobre sociedad feudal y campesina del siglo 16. El analfabetismo era virtualmente total y si alguien sabía leer no había, fuera de la Biblia, muchas fuentes de consulta disponibles.

Como ya dijimos, la peste negra había asolado a la población del Viejo Continente casi hasta hacerla desaparecer, ello sin ofrecer a los supervivientes una explicación ajena a la especulación relacionada con el mundo sobrenatural.

En semejantes tinieblas intelectuales y, sobre todo, en tiempos de incertidumbre por la guerra o la hambruna, las comunidades europeas estaban a cualquier anomalía de un brote psicótico.

A diferencia de los vasallos feudales, hoy en día estamos considerablemente más ilustrados (“aunke ay jente k scribe azi”) y tenemos acceso informativo hasta la saturación. Pero esto, lejos de resolver nuestros problemas colectivos sólo los convierte en algo distinto aunque indefectiblemente emparentado con el oscurantismo medieval del que a duras penas la libró la humanidad.

La actual contingencia decretada por la Organización Mundial de la Salud exige a los individuos y sus gobiernos un protocolo muy concreto sobre qué hacer y qué evitar, según la fase de la pandemia en que se encuentre una comunidad o un país entero.

Si ve en la crisis por el “2019-nCoV”, “COVID-19”, “Novel Coronavirus” (o como prefiera llamarle) la última plaga bíblica antes de la aniquilación definitiva, o una mera conspiración mundial de orden político-financiero para detener el ascenso de China a la supremacía económica global, no lo vamos a discutir (no de momento).

Lo que quiero cuestionar es: ¿por qué, si las instrucciones a seguir son tan claras y puntuales, se desató durante el fin de semana pasado semejante Guerra Civil por el papel higiénico?

Me atrevo a aventurar que la psicosis por el papel sanitario se originó, al igual que la plaga del baile, por mera sugestión tornada en irrefrenable compulsión, alimentada por el miedo, la ignorancia y la prolongada exposición a la sinrazón.

Nos distancian del hombre medieval nuestros sofisticados gadgets tecnológicos, pero quedó demostrado que en esencia continuamos siendo unos pobres campesinos supersticiosos.

Si se llega a dar nuestra extinción, más que un virus será nuestro pobre juicio, falta de criterio y de sentido común lo que selle nuestro destino. Necesariamente, seguiremos reflexionando a este respecto.