Esta es la historia de la gallina búlica. Te ruego no interrumpas la lectura. Puedes caer en la tentación de hacerlo. En efecto, ¿a quién le interesa la historia de una gallina? Se han escrito magníficos relatos sobre osos, leones, perros o caballos, y no se diga sobre ballenas como Moby Dick, pero ¿sobre una gallina? Y sin embargo a poco que leas descubrirás que vale la pena seguir leyendo. La primera vez que don Sixto de la Peña supo que la gallina búlica era distinta a todas las gallinas fue cuando el gallo del corral quiso montarla, y eso que apenas había dejado de ser polla. La gallina no sólo se lo sacudió: se le subió encima y le desplumó la cabeza a picotazos para alborozo de las demás gallinas e irrisión del guajolote, el cerdo, el asno, la vaca y el borrego. Tan grande humillación sufrió el gallo que a partir de esa fecha fue impotente.

Andaba por los rincones mohíno y cabizbajo, soportando las cuchufletas de sus antiguas odaliscas. Don Sixto tuvo que comprar un gallo nuevo. Lo mismo sucedió con ése y con los demás gallos que don Sixto trajo: a todos la gallina búlica los hizo huir para salvar la vida. Al parecer tenía en alta estima su virginidad. Al ver tal cosa, y tras presenciar una y otra vez la fiereza de la gallina, a don Sixto se le ocurrió una idea que nos parecerá disparatada. Se presentó con ella en el palenque que cada sábado se organizaba en el pueblo y dijo que la quería pelear con un gallo, cualquier gallo. No son para ser dichas las carcajadas y burlas con que se recibió su reto. Pero entonces don Sixto exhibió un fajo de billetes tan grueso como un puño y dijo: “Van por mi gallina”. Uno de los galleros aceptó el desafío, divertido, sin preguntar siquiera el monto de la apuesta. Se habilitaron unas navajas para la gallina.

Tan pronto ésta vio al gallo que le echaron se lanzó contra él y lo dejó tendido de un sólo navajazo. Cuatro o cinco gallos más corrieron igual suerte aquella noche sin que a la gallina le quitaran una sola pluma. El relato de lo sucedido corrió por toda la comarca. Don Sixto fue invitado a ir a otros palenques. En todos, la gallina búlica obtuvo victorias resonantes. Peleó en las principales ferias del País, incluso la de San Marcos, y luego recorrió en triunfo el valle de Texas. Se convirtió en leyenda. Don Sixto se enriqueció con las apuestas que ganaba en cada actuación de su gallina. ¿A cuántos gallos venció en la liza? ¿Cuántos giros y cuántos colorados acabaron su vida en el combate con la gallina búlica? A nadie se le ocurrió llevar la cuenta, pero puedo decir que fueron cientos. Y entretanto la gallina conservaba su virginidad. Al parecer luchaba para preservarla. Seguramente su vocación no era poner huevos ni tener pollitos. Sucedió que vino un gallo a pelear con ella. Era el campeón de Filipinas. Jamás se había visto aquí un gallo igual. Su apostura era tan grande como su arrogancia; su bravura iba en alas de la fama. Y sucedió que la gallina búlica lo vio y… Me gustaría decir que se enamoró del gallo filipino, que le entregó su doncellez y que con él tuvo pollitos. Me gustaría decir, en síntesis, que se volvió gallina.

No sucedió eso. Lo vio la gallina búlica, lo acometió con fiereza y lo echó en corrida. Ahí acabaron la bravura, la arrogancia y apostura del campeón de Filipinas. Pero, cosa extraña, la gallina ya no volvió a pelear. Se recluyó en el gallinero y ahí pasó el resto de sus días, evocando quizá sus días de gloria. Envejeció la gallina búlica, virgen y sola, y sola y virgen llegó al fin de su vida. Quise contar su historia porque nadie cuenta jamás historias de gallinas… FIN.