Muerte deseada, vida regalada
 

Curiosas leyendas, creencias, decires hay sobre la muerte.

Como la de cuando ha soñado uno que se muere un ser querido, un vecino o amigo, qué sé yo y dice la gente de los barrios y de las colonias populares:

“¿Apoco soñaste que me moría?, ay muchas gracias, quiere decir que voy a vivir muchos años”.

Qué loco, ¿no?, qué guajiro ¿Quién le puede a uno asegurar o garantizar que va a durar muchos años?

Creo que nadie, hasta ahora.

Una noche soñé que mi madre se había muerto, Dios no lo quiera, la boca se me haga chicarrón.

Pero qué sueño tan hermoso el que tuve, no porque mi madre se muriese, el sueño en sí fue sublime.

Soñaba yo que estaba llorando desconsolada, apesaradamente en mi habitación, recostado sobre la cama, cuando vi brotar en la oscuridad una luz blanca, cegadora.

Y de entre la luz blanca la figura de mi madre, así tal y como ella es, rellenita, carirredonda, pelo cortito y su bata con florecitas de señora de hogar, de mujercita de su casa, de señora hacendosa que es mi madre.

Soñé pues que mi madre se me había aparecido entre aquella aura luminosa y que yo, obviamente sorprendido, me había enderezado de la cama y la miraba enjugándome los ojos.

Entonces mi madre salió de aquella luz y se materializó en medio de mi cuarto, se acercó a mí, me besó, me acarició la cara, como sólo una madre sabe y hacerlo, y me dijo: “No llore cabrón, no sea cul...”.

Así dice ella cada que me mira apachurrado.

Acá entre nos.

Después se desvaneció, en eso yo volví del sueño, pero con una sensación tan hermosa de paz, que, despierto, volví a llorar.

Entonces me levanté y escuché desde la pieza a mi madre traficando en la cocina, como siempre.

Todo había sido un sueño, gracias a Dios.

Sin acabar de vestirme bajé por las escaleras y corrí a abrazarla, con un abrazo ansioso y apretado, dando gracias a Dios de que mi madre estuviera viva.

Así es, yo soñé que mi madre se moría…

Quiera Dios que me dure muchos, pero muchos años.