No podíamos esperar que, después del carnaval de atrocidades que ha sido este sexenio, un escándalo que se remite a lo académico le diera la puntilla al Presidente de México

El norteñísimo y muy sabroso vocablo “huerco”, se dice, proviene de “Orcus”, nombre latino de un antiguo Dios del Inframundo.

          Es entonces por infernal asociación que llamamos huercos a nuestros infantes. Empleamos este arcaico y bello eufemismo con tal de no decirle al mocoso en cuestión, ya no por falta de méritos sino por economizar aliento, “maldito demonio hijo de la chingada”.

          Aclarado lo anterior, procedo a advertirle que las redes sociales están saturadas, atestadas de huercos retratados por sus orgullosos y narcisistas padres, quienes ven en el inicio del presente ciclo escolar (Torneo de Apertura 2016-2017), la ocasión perfecta para presumir que, si los clonaran,  bañaran, peinaran y les restaran todos los años de frustración, no lucirían tan vapuleados como al día de hoy los tiene la vida.

          De momento las aguas del internet no están navegables, hay bandera roja, los huercos inician año escolar, una maravillosa y nueva oportunidad para que se contagien de piojos (que es lo único que se le pegará a la mayoría en esas cabezotas de teflón) y los papás han decidido dejar testimonio visual de semejante acontecimiento.

          Pero lo que distingue verdaderamente a los padres no es lo orgullosos que puedan estar de sus horrendas versiones “Mini Me”. No, lo que hace la diferencia es el propósito con el cual cada uno envía a sus retoños al parvulario.

          Porque sin duda habrá quienes honestamente los manden en la esperanza de que adquieran los rudimentos mínimos esenciales para que no anden rebuznando por la vida. Habrá quienes no ven en la escuela una mera guardería para sus engendros y esperen de verdad un resultado (hijos menos zopencos) y en consecuencia hagan en casa la parte que les corresponde.

          Porque créame, me aventuro a suponer que la mayoría (no quiero ni imaginar porcentajes) sólo necesita que le entretengan al chamaco de 8 a 2, no importa si lo tienen todo el día mirando una mancha en el techo, mientras esto les dé un respiro y permita a los padres ir a sus respectivos centros de trabajo a hacer también como que hacen.

          Hablamos de padres que ven en la escuela no un proceso formativo, sino un trámite que hay que sacar adelante bajo la ley del menor esfuerzo, con la cual rigen su vida. Desde esta óptica, el que se aplica, estudia, investiga y hace sus tareas es un pendejo, mientras que el que copia, soborna al maestro y compra los trabajos hechos es un genio.

          Intento decir algo más que una obviedad, trato de hacer hincapié en el asombroso hecho de que en efecto existe gente con una escala de valores totalmente invertida, opuesta a lo que dicta la lógica y totalmente contraria al propósito del desarrollo.
Increíble, pero para quienes viven en ese universo antagónico de la ética no constituye su proceder ningún oprobio o desdoro, sino que es perfectamente normal, entendible, razonable, justificable, válido, legítimo, deseable y hasta imperativo el tomar todas las ventajas, chapuzas y atajos posibles.

Este extraviado código ético trasciende por supuesto las aulas y es llevado a todos los ámbitos imaginables por sus devotos practicantes. ¡Evítelos como la peste!

Pero una cosa es aceptar que tenemos que lidiar con esta especie de sub humanos (“anti-humanos”, o no sé de momento qué mejor término inventar). Decía: una cosa es lidiarlos en el día con día y otra muy distinta es aceptar que se han adueñado de cada espacio público y coto de poder, comenzando por el cargo más importante de la Nación.

Lo revelado hace dos noches por el equipo de investigadores de Carmen Aristegui carece del morbo al que nos tienen acostumbrados los chismes de farándula.

No se revelaron sucios secretos de alcoba, infidelidades, perversiones, incómodos secretos de familia o desviaciones, ni sexuales ni financieras. Por lo que un amplio sector de espectadores quedó decepcionado.

Lo que nos reveló el equipo de Aristegui sin embargo no es poca cosa, ya que en efecto describe la calidad moral de quien se ostenta como jefe supremo de México. Un chapucero que se robó las ideas de otros autores, las engargoló y las presentó como la tesis que soporta su grado universitario.

Pero que el Presidente de las Estrellas esté a nada de pegar de coces y de roznidos no es nuevo. Y que sea un pigmeo en términos de estatura moral es algo que nos refrenda a diario.

Pero ni ello, ni el hecho de que el trabajo de Aristegui Noticias no haya llenado las expectativas de un pueblo ávido de sangre y vísceras minimiza la vergüenza del titular del Poder Ejecutivo. ¿Por qué hemos de atemperar entonces nuestra indignación?

La respuesta oficial de Los Pinos es francamente ridícula, pero más siniestra es su reacción-estrategia para internet: Diluir la significancia del hecho en un bombardeo de memes y chistes para que, como todo lo importante en México, se trivialice. Ello y la esperada campaña de desprestigio contra Aristegui por ser “chaira”, “izquierdosa”, esbirro lopezobradorista, lacaya de oscuros y antimexicanos intereses y un igualmente estúpido etcétera.

          El hecho es relevante, pero no podíamos esperar que, después del carnaval de atrocidades que ha sido este sexenio, un escándalo que se remite a lo académico le diera la puntilla al infame Presidente de México.

Que le sirva a usted, sin embargo, para medir a quien detenta el poder y como ejemplo a sus hijos, que si van a seguir los pasos de un Presidente, entiendan que hay una abismal diferencia entre, digamos Juárez, y el mamarracho de mi tocayo incómodo:

Qué vergüenza, que en el regreso a clases sea el Presidente mismo, modelo de lo que NO debe hacerse en la escuela. ¡Huercos, mucho ojo!

PD. El origen de la palabra “huerco” no lo rastreé yo, sino que lo tomé de la columna “Las Palabras Tienen la Palabra” de Juan Recaredo (digo, para ser congruente y darle crédito a quien corresponde).

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