Mi amigo es protestante. En el fondo de todo protestante hay un puritano. Los católicos, digo yo, somos de manga ancha. Tenemos ese baño mensual –o semanal, o anual, según el caso– llamado confesión o sacramento de la reconciliación, que nos lava las culpas y nos deja listos para poder cometer otras.

Hay religiones que no permiten comer carne de puerco. Los musulmanes y judíos no la comen. Los cristianos españoles de la Reconquista, por el contrario, más de adrede comían puerco para estar a salvo de toda duda y demostrar que no eran moros ni judaizantes. Tal es el origen –origen religioso– de nuestro gusto por las carnitas y los chicharrones. En nombre de Cristo comemos asado de puerco.

Además los católicos tenemos una gran habilidad para evadir las prescripciones de nuestra religión. Se cuenta de un cierto señor cura que llegó a un restorán especializado en cabrito. Era viernes de cuaresma; obligaba la abstinencia de carne. Le preguntó al mesero:

-¿Tienes estrella de mar?

-No, padre –respondió el muchacho desconcertado.

-¿Hay hipocampo?

-No tenemos eso.

-¿Y anémona marina?

-Tampoco.

Entonces el padrecito alzó los ojos al cielo y dijo con voz llena de congoja:

-Señor, tú eres testigo de que pedí mariscos, y no había.

Dicho eso se volvió hacia el mesero y le ordenó:

-Entonces tráeme una riñonada.

Mi amigo es protestante, ya lo dije. Cumple al pie de la letra las normas de su fe. No fuma, no bebe licor. Sobre todo, no baila. Eso de bailar está terminantemente prohibido en las denominaciones luteranas. Lutero tuvo trato con mujer, pero seguramente no bailó con ella. Bailar es para muchos evangélicos cosa del demonio. Un pastor protestante muy dado a la carnalidad apergolló a una de sus feligresas en el local mismo del templo. La recargó contra la pared y ahí, de pie, se dispuso a la fornicación. Le dijo la mujer muy apurada:

-Hagámoslo en el piso, hermano, no sea que llegue alguien y piense que estamos bailando.

También contra la lujuria se previenen mucho los protestantes. No sé por qué la gente de religión le tiene tanto miedo a la lujuria, pecado tan pobrecito y débil que se termina con los años. Deberían temer a la soberbia, que no se acaba nunca, y hasta se hace más grande con la edad. Otro predicador le dijo a una señora de su iglesia: “Estoy gravemente enfermo. Me dijo el médico que sólo yaciendo con mujer puedo salvar la vida”. Ella se ofreció de buen grado a salvarle la existencia. Salvándosela estaba cuando el predicador, en medio del arrebato erótico, le pidió un beso.

-¡De ninguna manera, hermano! –protestó la señora con mucha dignidad–. ¡Medicina sí, lujuria no!

Con todo lo que he dicho me resulta difícil entender a mi amigo, que no fuma, ni bebe licor, ni baila en las bodas, pero sí folla con ésta, aquélla y la otra a pesar de ser casado. Pero él explica su conducta. Dice muy serio:

-El cigarro, los bailes y el licor son invención del hombre, seguramente inspirado por el diablo. La mujer, en cambio, es creación divina. No debemos despreciar la obra de Dios.

¡Qué engañosas son las argumentaciones de un sofista! Pero más engañosas son si ese sofista es hombre religioso y argumenta en el nombre del Señor.