En México y el mundo, como decía el anuncio, la política anda de capa caída. O bien los ciudadanos esperan mucho de sus dirigentes, o la calidad de los líderes está por debajo de las expectativas y las necesidades de las sociedades modernas.

La tecnología, la ciencia, la Medicina o las comunicaciones han avanzado de manera notable en las últimas décadas. Sin embargo, la política parece varada en el tiempo. Simplemente no evoluciona a la altura de las exigencias de las sociedades modernas. La brecha entre gobernantes y gobernados es cada día más amplia. Los líderes consideran que son incomprendidos, que la sociedad es ingrata con ellos, mientras que los ciudadanos los evalúan como ineptos y con poca legitimidad para ejercer la autoridad. Los políticos, la clase política se han convertido en el villano favorito. Muy lejos estamos hoy de una identificación positiva entre quienes gobiernan y el pueblo al que representan.

Algo grave está sucediendo con el ejercicio de la política en todo el mundo. A lo mejor sucede que en la medida en que las sociedades han madurado, la figura del gobernante recuerda al padre o la madre que quieren seguir imponiéndose sobre la voluntad de sus hijos, cuando éstos ya han adquirido autonomía de vuelo. De ser este el caso, lo único que le queda al padre es modificar su actitud y reconocer que ya no es posible dictar sus decisiones a los hijos.

En Estados Unidos, una de las democracias más consolidadas, deben estar bastante deprimidos ante la perspectiva de ser gobernados, ya sea por Hillary o por Trump. La oferta política es más raquítica que un supermercado venezolano. Ambos candidatos acumulan más aspectos negativos ante el electorado que cualquiera de sus predecesores desde las época de Herbert Hoover en los años veinte del siglo anterior.
En cantidad de países se observa que resurgen figuras del pasado, como Sarkozy en Francia o Lula en Brasil. La memoria es corta. En otras naciones las esposas o familiares de exmandatarios se postulan a la Presidencia, aprovechando el reconocimiento del nombre, como es el caso de Keiko Fujimori en Perú, Cristina Kirshner en Argentina o nuestra Margarita Zavala. Aparecen payasos (es real) como Beppe Grillo en Italia, 
futbolistas como el Temo en Cuernavaca o cómicos como Jimmy Morales, actual presidente de Guatemala.
Esto revela que la crisis es más de la política que de las personas. Los partidos no inspiran, las redes sociales se han convertido en el mecanismo ideal de catarsis para ventilar las frustraciones, las demandas son crecientemente insatisfechas, el poder ha sido –afortunadamente– desacralizado. La autoridad, en suma, se gana hoy cada día, no hay nada garantizado por la vía exclusiva de las urnas. El comportamiento de los dirigentes es la medida actual de la legitimidad.

La política tiene que ponerse al día, como la ciencia o las finanzas. Es hoy un arte anticuado y desactualizado para enfrentar los retos modernos. Sin innovaciones políticas de fondo, la ingobernabilidad será el peligro más grande de las sociedades de nuestro tiempo.

Enrique Berruga Filloy

Diplomático mexicano, fue embajador de México ante las Naciones Unidas. Es Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México, Maestro en Economía Internacional y Teoría de Política Internacional por la Universidad Johns Hopkins en Washington D.C.