De milagro no tiene uno que ir con el siquiatra. O a lo mejor -tal es mi caso- debería uno ir. Yo, como buen católico preconciliar, vivo atormentado por la idea del pecado. Le tengo un miedo horrible al Juicio Final, porque las catequistas nos contaron que ese día seremos llamados todos, uno a uno, y delante del mundo entero un ángel locutor leerá la lista completa de nuestros pecados, con lujo de detalles. Hagan ustedes de cuenta un balconeo de Las redes de ahora, pero en grande.

A mí no me importa que todos los habitantes del planeta estén ahí. Total, ni me conocen ni los conozco ¿Qué se me da que la gente de Ghana, Bahrein o Eslovenia se enteren de mis intimidades? Lo que me apura es que estará la gente de Saltillo, sobre todo mis familiares, mis amigos, mis vecinos y saltillenses en general. Ahí sí me voy a poner colorado, y quizá voltearé hacia ellos con sonrisa idiota, como diciendo: “Caray, discúlpenme. Todo eso lo hice sin mala intención”.

Pese a mi turbación el cabrón ángel que digo seguirá leyendo sin consideración alguna. A cada pecado sonará una fanfarria de trompetas; se encenderán luces de neón; se oirán cohetes y habrá en el cielo estallido de juegos pirotécnicos. Mis papás me verán con ojos de reproche como diciéndome: “¿Ese ejemplo te dimos en la casa?”. Mi esposa y mis hijos menearán la cabeza en gesto de desaprobación; mis nietos –sobre todo mis nietas- exclamarán muy asombrados: “¡Abuelito!”, y el señor que vive cerca de mi casa le dirá a su mujer: “¿No te lo decía yo?”. Yo seguiré con mi sonrisa idiota, y haré con las manos un ademán como diciendo: “¿Qué quieren que yo haga? Así fueron las cosas, y ni modo”.

Lo que sucede es que no tengo capacidad para racionalizar mis culpas. Envidio a un amigo mío, protestante él. No sé a cuál denominación pertenece entre todas las del protestantismo. Entiendo que su credo tiene algo que ver con el de los puritanos calvinistas. Por ejemplo, mi amigo no bebe una gota de licor. Tampoco fuma, y mira con ojos de condena a quien enciende un cigarrillo. En las bodas no baila. Una vez nos dijo con tono de predicador: “El baile es la gimnasia del demonio”.

Y sin embargo, asómbrense ustedes, mi amigo es cachondo y cogelón, si me son permitidas esas expresiones, la primera ya admitida por el diccionario, la otra todavía no. En eso de fornicar no es puritano. Anda con Petra, Juana y varias. No hace distinción de personas, pues el protestantismo es por esencia democrático, según demostró Max Weber. Igual lo ves con una dama de sociedad que con una muchacha del servicio. Sus hermanas de religión no gozan de su preferencia -las encuentra aburridas-, pero dice que las católicas tienen “un no sé qué que qué sé yo”. Creo adivinar en qué consiste ese no sé qué: los católicos tenemos una honda conciencia del pecado, y entonces pecamos con más sabor. Adán y Eva deben haber sido católicos.

La sabrosura que digo se ve sobre todo en cosas de la carne, que son las que a los católicos se nos prohíben más. Según los Padres de la Iglesia -madres hay pocas- la mujer es el instrumento de que se vale el demonio para llevar al infierno a los varones. En su sanguinosa película “La pasión de Cristo” Mel Gibson dio al demonio una figura andrógina, pero tirando más a mujer que a hombre.

Diré mañana cómo mi amigo protestante, que no bebe, ni fuma ni baila, justifica sus refocilaciones con mujer. (Continuará).