Fueron más de trescientos años de sometimiento a la corona española, evidentemente con una idea de sociedad que a la fecha sigue vigente, la de la desigualdad. Un sistema de castas del cuál siguen las reminiscencias generando estragos por todas partes. Estructuras corporativas que funcionaban a la perfección, basadas en un sistema tutelar que por decreto de bula pontificia nos recetaron (Bula Noverint Universi de Alejandro VI en 1493).

Realmente, cuando los españoles marcharon tierra adentro, se encontraron con una estratificación social muy parecida a la monárquica, a la que a regañadientes servían y a la fecha con menos influencia, siguen manteniendo. Por eso la estructura les vino como anillo al dedo. Porque existía una tradición donde había una persona que encarnaba todo el poder terrenal, el cacique, que peyorativamente, nos remite al abuso en todo lo referente a lo político y a lo administrativo.

La figura de autoridad, por tanto, en retrospectiva histórica, nos remite al tema del poder desmedido. Son figuras hierofánicas que confunden y que se aprovechan de la ignorancia, de la superstición y de la necesidad de protección que tienen las mayorías. Todo lo que huela a superioridad será bienvenido en una cultura donde el sometimiento ha sido parte importante de la costumbre cotidiana. 

Y así, como los miembros de las comunidades se someten a los caciques, estos a su vez a los Tlatoanis, que son figuras divinas que se abrogan para sí; el poder militar, religioso y político. Es un rey dotado de poder y de riquezas, propietario de tierras y de las vidas de quienes habitan esas tierras, supone que tiene amplio conocimiento de cuanto existe y en ese sentido, todo el poder. Eso es lo que encarnan las autoridades mesoamericanas y eso es lo que representaran las autoridades españolas. 

Somos por tanto, herederos de una tradición que estuvo acostumbrada al sometimiento. Por eso, nunca históricamente, estuvimos conformes con los amos en turno. Hay algo de masoquismo en el ideario de las costumbres con respecto a la autoridad en nuestra población. Siempre buscamos, al son del “pégame pero no me dejes”, a alguien que nos castigara o nos hiciera cada vez, la vida imposible. Ya los españoles, ya los franceses, ya los ingleses, ya Antonio López de Santa Ana, ya don Porfirio Díaz o en su caso, los herederos de Plutarco Elías Calles.

Como el Tlatoani en el mundo náhuatl, la figura de autoridad; cualquier autoridad, chica o grande en la actualidad sigue siendo intocable. El Tlatoani es el señor, el soberano, el rey, el que tiene el poder y lo ejerce. En la actualidad, de ser simples mortales, posterior al día de la elección, se levantan como figuras divinas. Basta con que seas el cacique en un área determinada para que la tradición histórica vuelva al origen, sometimiento, y en nuestro país efectivamente, me someto y miento.

Si en el mundo mesoamericano el Tlatoani representaba el cosmos, el territorio, la fertilidad, el reino y el poder, la cabeza del reino, el capitán de los ejércitos, el sacerdote supremo, el primer agricultor, el puente de comunicación con los ancestros, todo bajo la venia de los dioses, hoy seguimos en las mismas. 


Vea Usted los poderes ilimitados del Tlatoani (presidente de la República), jefe de estado, jefe de gobierno, suprema autoridad agraria, jefe de las fuerzas armadas, arbitro de las relaciones obrero-patronales, entre otras gracias. Además del poder desmedido bendice a quien le aplaude y envía al abismo a quien se opone, el tratamiento pareciera ser que tiene que ver con el tema del derecho divino y del poder tutelar medioeval en vez de sentirse y comportarse como lo que es, un servidor de lo público. Un servidor de todos, sin embargo, es la antítesis.

Cuando el español llega al Nuevo Mundo y en el caso concreto a nuestros territorios, no es el mejor; ni el más letrado, ni el más preparado, son civiles convertidos en militares, que les mueven la ambición y la codicia, y que poco saben de política. Por tato, utilizan las estructuras que existían para fines de dominación y de poder.
 
Les pongo el siguiente ejemplo que ilustrara el poder del Tlatoani; Carlos V dueño del mundo en ese momento, donó a Hernán Cortés el marquesado del Valle de Oaxaca, del Valle de Cuernavaca, del Valle de Toluca, Coayoacán, una parte de Michoacán, Tuxtla, Jalapa, 18 pueblos y villas y 23,000 vasallos (Silva Herzog, Jesús (1974), El agrarismo mexicano y la reforma agraria, México, Fondo de Cultura Económica). A su vez Cortés repartió aquello que por derecho le correspondía como Capitán General de las Indias de la Nueva España. De ese tamaño era el poder. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Hoy los presidentes en México, e insisto cualquier forma de poder en sus múltiples formas, siguen teniendo el poder absoluto sin problemas. Siguen siendo dueños de vidas, de haciendas, de casas, de departamentos, de dinero depositado en bancos extranjeros o en paraísos fiscales y no pasa nada. Hoy la autoridad sigue viviendo en “palacios de gobierno” ¿Palacios, en las democracias? ¿Qué no es un contrasentido? Hoy, siguen las bandas presidenciales, mismas que portaban los caciques. Siguen los informes y recibimientos apoteósicos, los besamanos, el autoritarismo, el control total y absoluto de los medios, la concentración del poder, la figura que favorece a sus amigos, el que compra voluntades, él que nos receta sus “reformas”, en fin seguimos con las mismas costumbres de hace cerca de 500 años.

Realmente es complicado salir del área del sometimiento por usos, costumbres y cultura. Se tuvo la oportunidad en el 2000, sin embargo, al Tlatoani en turno; le gano su lado divino y no entendió el momento histórico que representaba y es que en México el asunto es muy simple “si quieres conocer al indito, dale un puestito”. La maldición del Tlatoani pudo más que la virtud ciudadana. Virtuoso, virtuoso, nunca fue. En el caso mencionado, la banalidad, la superficialidad y el escalón en el que se subió, lo mareó. A los Tlatoanis posteriores les paso lo mismo. Alejados de la realidad con políticas económicas ahogantes, groseras y poco solidarias.


¿Quién de los 5 candidatos tendrá el valor de separarse de las prácticas que tanto daño le han hecho a nuestro país? ¿Conoces a Anaya, a Meade, a Andrés Manuel, a Margarita Zavala o Jaime Rodríguez? Si no los conoces date a la tarea de conocerlos para que puedas elegir bien y no esperes a que tenga el puestito, porque será demasiado tarde. Caras vemos, mañas no sabemos.