Cuando hablamos de la llegada del vino a México es importante mencionar que como parte de nuestra raíces, esta gran historia comienza con la llegada y conquista española.

El vino era considerado alimento, medicina y un elemento clave para dar valor y recuperar la fuerza de los soldados. En todas las expediciones, enfrentamientos y colonización, el vino jugo un papel sumamente importante. Cada tropa era acompañada por misioneros quienes lograron plantar cientos de vides que empezaron a producir uvas y de esta manera fueron explorando diferentes terruños a su paso, descubriendo en que lugares las vides se desarrollaban mejor y producían un caldo de mayor calidad, así fue descubierto lo que hoy conocemos como el valle de Parras.

Se dice que en 1595, don Lorenzo García, coahuilense originario del Valle de Parras, se traslada a España para solicitar al rey Felipe II una “Merced” para plantar algunos viñedos. Esta le fue concedida el 19 de agosto de 1597. De esta manera quedó constituida la primer empresa vinícola del continente americano con el nombre de Hacienda San Lorenzo, que hoy conocemos como Casa Madero, orgullosamente coahuilense.

Pasaron cerca de 200 años y en 1791, el fraile dominico José Loriente fundó la misión de Santo Tomás en Baja California. En el año 1888, Andonegui y Ormat fundaron las Bodegas de Santo Tomás y, en 1926, Ángelo Cetto estableció en Tijuana la bodega L. A. Cetto, actualmente la vitivinícola más grande de México.

No podemos olvidar a la famosa Casa Pedro Domeq, que mas allá de sus comerciales con hermosos ejemplares equinos surge en 1970 en el Valle de Guadalupe, con esto pero en menor escala poco a poco se fueron consolidando pequeñas bodegas en Querétaro, Aguascalientes y Zacatecas. Para estos años la industria vinícola nacional estaba en pleno crecimiento hasta 1987, cuando el presidente de México Miguel de la Madrid bajo los estragos de la deuda pública favoreció a los países industrializados que buscaban ampliar el mercado para sus productos.

En aquel México había prevalecido una política proteccionista y no de libre comercio, lo que genero que una buena parte de la industria nacional fuera incapaz de competir con su equivalente extranjera. De esta manera México ingresó al GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, por sus siglas en inglés), lo que ocasionó la quiebra de la mayor parte de las empresas vinícolas nacionales.

Afortunadamente en nuestros días vivimos un momento de crecimiento positivo en el consumo del vino nacional, de acuerdo con el Consejo Mexicano Vitivinícola, el consumo ha ascendido en los últimos años. Sin embargo la industria sigue luchando contra la gran maraña de impuestos absurdos que ponen en desventaja a nuestros vinos frente a los importados de países como España, Chile, Argentina y Estados Unidos.

Es de no creer, como muchas otras cosas que suceden en México, que sea mas barato consumir un vino de otro país que uno producido en el mercado nacional, por la gran cantidad de impuestos que se le aplican a nuestros productores, espero pronto los legisladores entiendan como lo menciono en líneas anteriores, que el vino mexicano es un producto que va ligado a nuestras raíces, a nuestra historia y es parte esencial de nuestra gastronomía cotidiana.

Urge que se considere al vino nacional como un producto de mesa. Muchos como yo, lo consideramos parte de nuestra canasta básica, tal como en España o Argentina en donde se consume a diario como un alimento por demás necesario. Si logramos cambiar la legislación en la materia, de una cosa estoy seguro; al menos seriamos un país más feliz.

Winefest MX recomienda:

Pour la France. Con una filosofía relajada a manera de bistró francés, Juan Carlos Guerra ha logrado crear una atmosfera que te envuelve con sus rincones a media luz, sus manteles de papel y crayolas que despiertan al ilustrador que todos llevamos dentro y que nos hacen pasar grandes momentos. Como buena cafetería al estilo de Paris el menú es formidable, recomiendo ampliamente acompañarlo de su terraza con música en vivo y un buen vino de Saltillo.

San Juan de la Vaquería. Y al hablar de un buen vino de Saltillo me refiero a San Juan de la Vaquería, el único vino producido a 25 kilómetros de nuestra ciudad en el valle de derramadero en el poblado que lleva su nombre. Este gran vino con carácter y tradición, refleja la visión de don Gerardo Aguirre quien desde el año 2008 en conjunto con su familia de gran vocación agrícola y amor por nuestra tierra, han cultivado el primer vino de nuestra ciudad, con una maduración de un año en barrica de roble y doce meses en botella que da como resultado un gran vino intenso, maduro y equilibrado. ¡Salud!