Sin temor de Dios. Cual ninguno ya. Mejores tiempos aquellos en el calendario cuando era imposible beber o fumar delante de los padres. Imposible, así usted tuviera 20 y tantos años. Sólo cuando usted ya estaba casado y vivía fuera del confort familiar y claro, ganaba sus propios pesos, usted podría fumar y beber delante de los padres en reuniones familiares. Mejores tiempos en el calendario cuando este escritor se topaba en la urbe citadina a mis tíos (José y Julián, en especial) y sí, me inclinaba con reverencia y les besaba la mano. Lo hice hasta hace poco relativamente y a petición de ellos, dejé de hacerlo. Eran mis mayores. Ya muertos, lo siguen siendo. Buenos y agradables tiempos de respeto, honra, decoro; tiempos en que uno tenía temor de Dios…

Gracias por leerme y hacer suyas estas letras. Agradezco harto que usted me comente mis escritos y agradezco que usted se interese en mis ideas, en los libros que aquí reseño y los busque y los lea; en la música que aquí nombro y recomiendo y usted hace favor de buscarla y paladearla. Gracias por todos sus comentarios. Naturalmente, gracias por sus comentarios también cuando usted dice que piensa exactamente como yo… pero todo lo contrario. Usted lo sabe, nunca quiero convencer a nadie. Es un diálogo, no una confrontación. No son “vencidas”, “pulso”, dicen los españoles, sino una participación conjunta para tratar de explicarme y explicarnos esta etapa inédita de la humanidad la cual nos ha tocado vivir a usted y a mí.

Gracias por leerme. Varios textos aquí publicados en este generoso espacio de VANGUARDIA han sido bien y harto replicados y comentados por usted. Uno de ellos fue el publicado aquí el pasado lunes 10 de agosto, con el mismo título y encabezado de éste: “Sin temor de Dios”. Ese día me comentaron los lectores como usted, que se cumplía en eso que llaman los gringos “timed”, el texto tuvo sentido de la oportunidad. En el primer texto hablaba de que la sociedad como tal, ya está podrida. Casi toda. El confinamiento vino a enseñarnos que somos más brutales de lo que pensábamos. Las redes sociales se han convertido en ventanas de nuestras miserias. Todos exhiben sus desgracias en “tiempo real”. La vida privada ya no lo es. Ahora es pública y se ventilan todo tipo de desdichas.

Desde el hacinamiento de las familias comiendo pizza en calzones, hasta las misas y rezos en templos católicos a los cuales les urgen pesos (pregúnteselo al monje Raúl Vera López y su beata de cabecera, Jacqueline Campbell), no la salvación de las almas. Ese día los diarios y noticieros de la región y luego del País entero, se cebaron en el caso que sucedió en “tiempo real”: dos hermanos de 17 y 18 años dieron cigarros y cerveza a un niño de 3 años en su confinamiento familiar. Todo, mientras escuchaban narcocorridos y vestían con los ajuares propios de este estilo que llegó para quedarse.

ESQUINA-BAJAN

Decía Lucio Anneo Séneca: “Todo tiempo pasado es mejor”. ¿Cuándo se jodió la vida como antes la vivíamos y disfrutábamos? Imagino fue algo paulatino. Fue como un bicho invisible el cual nos fue minando poco a poco y terminó por devorarnos y se aceleró con la llegada de internet. ¿Cuándo jodimos todo los humanos? Desde siempre. La pandemia y el confinamiento nos hicieron peores. Estamos inmersos en una humanidad lumpen, afásica (sólo se comunican con “emoticones”), sin valores, sin ética, moral y ahora, sin escuela ni estudios. Cuando se carece de todo lo anterior, pues es imposible adquirirlo en una sola compra en el Oxxo más cercano o con los tutoriales de internet. Esta es la sociedad que Andrés Manuel López Obrador alienta y amamanta con sus becas y regalo de dinero.

Ya no hay valores, ¿dónde encontrarlos? No lo sé. Como dijo la filósofa de la canción, la inconmensurable de las caderas redondas y perfectas, mi Shakira: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…”. Mi vida ha sido buena y ahora valoro mucho, harto, las enseñanzas de mis padres. Luego, las enseñanzas de mis sabios maestros (entre ellos, el viejo gruñón de don Antonio Usabiaga) y claro, toda esa suerte de ases de primera fila que son mis escritores de cabecera. Estoy contento, muy contento de seguir siendo educado y moldeado por los libros (claro, físicos, con olores, sabores y colores, no digitales) y el pensamiento de sus autores. ¿Hoy? Hoy se hace creer y se hace pasar como un gran logro y lo último en educación y aprendizaje la mamada de AMLO y sus claques y todos lo repiten: educación en tu celular, educación a distancia. En México se llama “Aprende en Casa”. Todos se tragan la píldora sin chistar. Le he platicado varias ocasiones: esto no debe de ser un plan a futuro y ni debe ser la alternativa hoy.

No soy el único tozudo al respecto. Tiene 40 años, habla nueve idiomas, es alemán, es académico y filósofo y tiene como misión hoy, él mismo lo reconoce, una misión “utópica”: recomponer la economía poscoronavirus a escala global en el contexto de la actual crisis sanitaria mundial. Cuando llegó la crisis sanitaria a Alemania y se le propuso que dictara sus cátedras por videoconferencia, se negó rotundamente. Sus argumentos: “No se puede digitalizar la transmisión del saber. Eso es válido para todas las materias, pero lo es más para la filosofía… El saber es algo físico, no es meramente espiritual”. ¿Así o más sencillo y complicado a la vez? Y sin contradicción de por medio. El tipo es Markus Gabriel, una aplanadora de pensamiento que en sus ratos tiesos, escribe libros como tabiques de cemento, provocadores, lúdicos y densos. En el entorno dentro de poco en el cual usted y yo nos vamos a mover, lector, él y nadie más ya lo está definiendo. 

LETRAS MINÚSCULAS

Dos hermanos, niño y niña dando de fumar y beber a su hermano de 3 años. La sociedad de internet. La sociedad jodida. La sociedad apendejada en “tiempo real”.