Parecería sólo un asunto lineal: a un incremento de las tasas de interés tendencialmente se inhibe la inversión directa, ya que el ahorro garantiza renta y el costo del dinero (crédito) se encarece, por tanto se reduce el circulante de dinero en la economía y se contiene la demanda, así se reduce el incremento de precios. Lo que en primera instancia tiene algo de razón.

Sin embargo, el incremento de precios actual no es por exceso de dinero circulante y demanda, porque el ingreso agregado se ha reducido a partir de la reforma laboral del 2012 (si bien el empleo informal se ha reducido 3 por ciento, 58 por ciento de la población económicamente activa, alrededor de 31 millones de personas) y el presupuesto federal se recortó en  240 mil millones de pesos.

Desafortunadamente el actual incremento de precios se debe a dos factores nodales: la liberalización en distribución de diésel y gasolinas, que ya ha impactado en más de uno por ciento a la inflación, y la depreciación del peso ante las expectativas negativas en las relaciones políticas y económicas con el Gobierno de Estados Unidos.

Pero el círculo vicioso de la economía aún continuará. Ante la expectativa del incremento del gasto federal en infraestructura al que el Gobierno estadounidense se comprometió, la Reserva Federal ya anunció que en este año se esperan incrementos de la tasa de interés referencial en esa nación, la que previsiblemente se ubique hasta en un 1.50 por ciento y por tanto, ante la salida de capitales, se necesitará incrementar más la tasa referencial en México, previsiblemente hasta un 6.75 por ciento (actualmente se ubica en 6.25 por ciento).  Más leña al fuego, este incremento en el premio al ahorro y en el costo crediticio inhibirá aún más la inversión directa nacional e impactará negativamente en el empleo formal. 

En conclusión, se ataca la inflación con menor dinamismo económico y menor ingreso agregado, cuando el origen del incremento de precios no es la economía real ni la demanda agregada, así resultará más dañina la medicina que la enfermedad.

Antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia la economía mexicana ya se encontraba en situación de riesgo: debilidad del mercado interno, galopante deuda federal que ahora representa casi el 50 por ciento del PIB, excesivo diferencial de tasas de interés ahorro-crédito, caída en los precios del petróleo, deslizamiento paulatino del peso frente al dólar que en cuatro año redujo en más de 20 por ciento la paridad, dependencia comercial hacia los vecinos del norte, entre otras distorsiones.

Si en 2016 el PIB creció un magro 2.3 por ciento, ante la situación actual las calificadoras internacionales y el FMI redujeron la  expectativa de crecimiento económico en este año entre 1.9 y 1.7 por ciento, pero si se incrementa aún más la tasa de interés dicho crecimiento sería menor.  Este análisis no es sólo retórica negativa, sino una situación real que implica menos empleo con incremento de precios, así el bienestar de la sociedad mexicana se afectará negativamente aún más.

La depreciación podría incentivar la inversión extranjera directa, siempre y cuando se limen asperezas con los vecinos norteños, lo que se observa difícil. Otra realidad sería para nuestro País si realmente existiera política económica integral, entonces sí habría soluciones.

Lo evidente expresa dos resultados: es una falacia que el libre mercado asigne de manera óptima los recursos, es decir que el modelo neoliberal está en crisis severa o agotado; y que en 30 años de gobiernos de derecha en México las decisiones en materia económica no han sido las correctas. Privatizaciones van y vienen, los itamitas y chicostec, con su tajada,  han favorecido los intereses de poderosos grupos económicos del País y del extranjero… y aún se les aplaude. Bonito asunto.