¿QUIÉN ES EL TRAIDOR?

Está Jesús a la mesa con sus discípulos.

Ya muy cerca está la Pascua. La anuncia la luna esplendorosa. Siempre brilla así en la proximidad de la celebración. Están con él los doce en el convivio.

Habla el Maestro. Dice una frase sorprendente y enigmática. “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”.

Todos saben que hay una persecución contra el galileo.

Hay enemistad porque los fariseos creen que es un blasfemo.

Lo han escuchado declararse Hijo de Dios. Están indignados porque ha hecho varias curaciones en sábado.

Su escándalo es grande porque ha afirmado que, si destruyeran el templo, él lo reconstruiría en tres días.

No entendieron entonces que lo decía así refiriéndose a su propio cuerpo y anunciando metafóricamente su resurrección.

Pero ahora es motivo de gran preocupación lo que ha dicho. Se miran los doce comensales unos a otros. Reclinados alrededor de la mesa está Juan a la derecha de Jesús.

Pedro, desde su lugar, dentro del murmullo que sigue a la pregunta, cruza la mirada con Juan y con señas discretas le da a entender que él, que está cerca, le pregunte al Maestro quién será el traidor.

Juan se apoya en el pecho de Jesús y le pregunta en voz baja: “Señor, ¿quién es?”. Hay un gesto muy simple que ha repetido Jesús durante la comida: repartir el pan. Responde a Juan con voz inaudible para los demás: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan que voy a mojar”. Moja el pan y se lo da a Judas. Es el hijo de Simón el Iscariote.

También un acto repetido en ocasiones de reunión es que se le dé una encomienda a Judas porque es el que tiene la bolsa y se le indica que haga alguna compra de lo indispensable o que dé alguna ayuda a los pobres. Se ve muy natural lo que el Señor le dice: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. Judas, después de tomar el bocado, sale inmediatamente. Ya es de noche.

TRIPLE NEGACIÓN

Una vez que Judas se ha ido, Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre y afirma, sin explicar, que ha sido glorificado y Dios con él. Ve como gloria todo lo que empieza a suceder.

Los oyentes siguen impactados por la información que no acaban de entender plenamente. Él sigue hablando. Usa una palabra muy tierna para dirigirse a ellos. La aprendió de su madre en Nazareth: “Hijitos: todavía estaré un poco con ustedes. Me buscaran, como les dije a los judíos, así les digo a ustedes ahora: “A donde yo voy ustedes no pueden ir”. Se apresura Pedro a preguntar: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora?”. Y, en este clima en que nadie sabe quién traicionará, sigue hablando en singular refiriéndose a sí mismo. Para ponerse como ejemplo de fidelidad agrega: “Yo daré mi vida por ti”.

Capta Jesús esa actitud sincera, sí, pero con una sombra de autosuficiencia envanecida ante los demás y le pregunta: ¿con que darás tu vida por mí?”. Y añade, con palabra profética: “Yo te aseguro que no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces”.

Se cumple la traición de Judas. Le dan treinta monedas para que él, con un beso, diga quién es Jesús, el de Nazareth. Y se cumple también la triple negación de Pedro cuando una criada lo señala como uno de los seguidores del nazareno y que hasta su habla misma lo delata. Pedro por tres veces niega conocerlo rasgándose las vestiduras, alejándose mientras lágrimas empiezan a brotar de sus ojos porque oye claramente el canto del gallo...