Trascendencia, paternidad, el amor y otros temas

¿Cómo puede ayudar la Filosofía a la búsqueda del bien común en la actualidad? Un experto nos da sus respuestas
Fotos: Orlando Sifuentes
Hay tres agentes de cambio social: familia, escuela-universidad y empresa. A mi modo de ver son los grandes agentes del cambio social, en ese orden”.
Alberto Vargas Pérez, doctor en Filosofía.

Texto: SURIEL ELIZONDO / Fotos: ORLANDO SIFUENTES

A finales de junio, el Congreso de Coahuila llevó a cabo el encuentro de Filosofía “Pobreza: origen y desarrollo”, en el que participó el doctor Alberto Vargas Pérez con la ponencia “La ventaja de las desigualdades y la pobreza como oportunidad”.

Ante legisladores que votan en bloque, que priorizan su agenda partidista y dejan en segundo plano el interés social, como reflejan múltiples publicaciones noticiosas, el filósofo intentó inspirar a los presentes a que busquen la trascendencia en el bien común.

La siguiente es la síntesis de una conversación que el Dr. Vargas tuvo con VANGUARDIA, previo a su presentación ante diputados locales.

¿Por qué apostar a la desigualdad social? En realidad no existe la igualdad. Esto es un poco brutal decirlo, porque vivimos en una cultura que pretende la igualdad a toda costa en todos los ámbitos, que busca la libertad a través de la igualdad. Pero a mi modo de ver, la igualdad no es el mejor camino para alcanzar la libertad. Justo lo contrario: la desigualdad es una ventaja social, porque la sociedad se articula por las desigualdades. No hay que ver en la desigualdad un problema. Esto cuesta trabajo verlo porque nos han introducido en una dialéctica que parte a la sociedad. Se ve en la política, tenemos partidos que dividen a la sociedad. Y necesitamos partidos que entiendan su rol en orden del bien común, que una vez que estén en el gobierno hagan juego social.

En ese sentido, ¿cómo encuentra al Congreso de Coahuila? Me explicaban que en el Congreso los del PAN se sientan de un lado, los del PRI del otro. Cuando se supone que en el Congreso lo que tendríamos que tener es un gran órgano común, dejar a un lado mi partido, lo que me es propio, y ponerlo al servicio del bien común.

Si cooperamos, podemos aspirar a una racionalidad común. ¿Qué significa esto? Que nos entendamos, dialoguemos. En el ámbito político, si los políticos tuvieran una racionalidad común, tendríamos un gran capital.

Incluso cuesta imaginárselo. El mejor modo de entenderlo es la familia: si queremos entender el juego social, tenemos que entender cómo funciona una familia mínimamente razonable. Los roles no se parcializan: yo soy papá y solo papá; yo soy mamá y solo mamá; yo soy hijo y solo hijo, sino que se flexibilizan y, entonces, cuando alguno no puede hacer algo, hacen equipo. No existe una familia ideal, lo que existe es la familia orgánica, donde todos se cubren. La palabra clave para la solución al problema de la pobreza es la “ayuda”. Lo propio de la organización social es la ayuda continua, es hacer equipo.

¿Podemos resumir que la ventaja de la desigualdad es que las diferencias enriquecen? Sí, cuando se ponen al servicio del bien común, de la sociedad. Que alguien sea mejor que otro no es un problema, hay que aprovechar las ventajas de cada persona. Nadie es absolutamente superior en comparación al otro. Todo mundo tiene algo que aportar, pero hay que ampliar el lente para descubrir las ventajas del otro.

¿Cuál es el rol de la clase empresarial? El dinero tiene un valor ético muy importante: sirve para convocar al trabajo, para unir. Pero hay que entender bien el capital: ponerlo en función del bien común. Tenemos una clase empresarial decadente. Que es cobarde a la hora de invertir. Prefiere el empresario protegerse, meter su dinero debajo del colchón. Y al contrario, cuando hay dificultades económicas, el empresario debería sacar su dinero y decir: venga, vamos a convocar al trabajo. Las crisis son el momento de sacar el dinero y ponerlo en juego. Hoy al empresariado le gusta tener su dinero en la cartera, no entiende el valor ético del capital. El dinero es para tenerlo invertido, es un gran instrumento para detonar el juego social. Sin embargo, los empresarios no son el principal agente de cambio. Los principales agentes de cambio social son las familias, propiamente los padres.

¿Los padres son más importantes que el gobierno como agentes de cambio? Sin duda. Pensar que el cambio social se consigue en la política, entendida como el gobierno y el sistema de partidos, es una patología social. El gobierno tiene su rol, y es relevante, pero no es el más relevante del cambio social. Quien cree que los problemas sociales los resuelve el gobierno, está enfermo. El gobierno no es el principal agente de cambio social, y hasta que no lo entendamos no vamos a empoderar a la sociedad civil.

¿Cómo se empodera a la sociedad civil? Entendiendo que los principales actores del cambio social son los padres de familia.

Hay tres agentes de cambio social: familia, escuela-universidad y empresa. A mi modo de ver son los grandes agentes del cambio social, en ese orden. Si tú le preguntas a cualquier persona: ¿quién ha influido más en tu vida? Un alto porcentaje dirá: papá o mamá; en segundo plano: un maestro; y en tercero: mi jefe, un buen jefe equivale a un maestro, marca tu personalidad, te enseña a trabajar, que es fundamental para jugar en sociedad. Se juega trabajando.

¿Qué estamos haciendo mal? Por ejemplo, vienen los inversionistas y dicen: “Vamos a hacer una industria en Saltillo”, y el Alcalde y el Gobernador se emocionan, pero nadie piensa integralmente. Se construye la planta, y ahora la gente tiene que venir desde muy lejos para trabajar. Luego alguien piensa un poquito más allá y dice: “Hay que construir unos fraccionamientos cerca”, y está bien, ¿pero las escuelas, los hospitales, los parques, los centros de diversión? El empresario juega solo su parte, como los partidos políticos, piensan: “Sólo yo voy a ganar”. No entienden que el juego consiste en que todos ganemos.

Voy a poner un ejemplo burdo: en una de las últimas películas de “Avengers” sale un antivillano, Thanos, que mata a la mitad de la Humanidad bajo el principio de que somos muchos, que somos un problema para el planeta y que no somos capaces de entenderlo como sociedad. Y genera empatía poniendo una solución drástica. En ese sentido, ¿cree que urge decirle a los jóvenes que no todos estamos en posibilidad de ser padres? Que no es cuestión de querer. Definitivamente, hay que educar para la paternidad. La paternidad responsable, a mi modo de ver es muy parcial, muy acotada, tenemos que tener una visión más global. Hay que educar para la paternidad, y el primer paso es descubrir si tenemos el carácter vocacional de ser padre o madre.

Es decir: no ser padre por accidente, ni ser padre solo porque se quiera. Es una vocación ser padre.

¿Dónde encajamos en la sociedad esa búsqueda de vocación paternal o maternal, si los padres actuales no la tienen? Somos una serpiente que se muerde la cola. A mi modo de ver, ¿dónde se aprende a ser padre? En la casa, en la familia. Pero si tenemos familias en crisis, con padres que renuncian a serlo, que en la familia mexicana pasa muchísimo, ¿de dónde sacamos recursos?, ¿quién puede ayudarnos?

Para ello hay que tener esperanza en el hombre, incluso más allá que en la familia. Entender que hay valores en mí que son más allá de la familia.

Con recursos espirituales, ¿hablamos de un Dios o de una ideología? Más que un Dios o ideología, yo le llamaría una identidad personal, que trasciende más allá de todo lo que te articula. Que el origen de cada quien no se remonta a los padres, sino que hay algo más trascendente en ti. Es el futuro abierto, más allá de lo que te ha sido dado. Si entendemos esto, nos empodera. La vocación está ahí, hay que preguntarnos: ¿yo a qué estoy llamado?

Hacer lo que queremos incluso no es suficiente si queremos trascender.

 Esa búsqueda de la trascendencia, ¿en qué parte de la sociedad la metemos, quién la enseña? Yo creo que en la intimidad de cada persona, que incluso es algo más profundo que la introspección. Hay que ejercitar el silencio, meternos en nuestra intimidad. Necesitamos acudir aquí a la comunicación más simbólica posible: el amor, porque siempre trasciende. El amor que me hace descubrir que no nací para mí, y entonces salgo a la búsqueda de la trascendencia.

Descubrir que yo no nací para mí es muy importante. Eso llena de esperanza, de inspiración.

En su ponencia ante el Congreso, esta búsqueda de la trascendencia, ¿cómo se podría traducir en políticas públicas que ayuden a la sociedad? En el empoderamiento de los padres de familia, de los profesores y el empresariado. Necesitamos prestigiar a estos actores. Hoy es casi vergonzoso ser profesor, no es una posición que tenga prestigio social. Cómo vale que el profesor sea honrado, no de honesto, sino que se le rinda honor. A los padres se les debe rendir honor, y con esto no me refiero a ritualismos tradicionalistas, sino a que cuando hable el padre se le escuche.