Uno de los más deliciosos libros que he leído lo escribió una puta. No hablo de ninguno de los que sacó a la luz Xaviera Hollander, moderna mesalina de Playboy, Hustler y Penthouse. Me refiero al que publicó allá por los años 50 del pasado siglo Polly Adler, dueña de la casa de mala nota más famosa de Nueva York.

Ese libro tiene nombre muy sugestivo. Se llama: “Una casa no es un hogar”. En él narra la autora su peregrinación por la difícil senda de la vida fácil. De ser pirujita pobre pasó en muy pocos años a ser madama rica, dueña de un lupanar de lujo, más de lujo aún que la bien recordada Quinta Olguita de Saltillo.

Don Miguel de Cervantes Saavedra, que era un hombre razonable, defendió los derechos de las daifas y alcahuetas, y dijo que ninguna república bien concertada puede pasarse sin los útiles servicios de esas necesarísimas señoras. Acertaba el gran Manco: ciertamente sin ellas se implantaría toda suerte de desórdenes sociales. Ahora no hay alcahuetas –ya no son necesarias– pero creo que sexoservidoras siempre habrá, pues habrá siempre quien peque por la paga y quien pague por pecar. Ambas cosas están en la naturaleza humana, que es la menos natural de todas las naturalezas.

Polly Adler conocía muy bien esa naturaleza, y en tal conocimiento fincó su bienandanza. Sabía de la existencia de maridos cuyas mujeres ven al sexo como parte de sus labores domésticas, fatigosas y aburridas. Sabía de jóvenes solteros a quienes sus novias –vírgenes a medias– los dejan agarrar todo de la cerca, pero de la huerta nada y los despachan al término de la cita rijosos, encendidos y con dolores de entrepierna. Sabía de maduros señores que llegaban a Nueva York a la convención de plomeros, provenientes de aburridos villorrios como el que Sinclair Lewis describió en “Main Street”, y que estaban dispuestos a gastarse sus ahorros de seis meses con tal de pasar un rato con una mujer que no fuera la suya.

Todo eso sabía Polly Adler y ocupó aquel nicho de mercado. Alquiló una vieja mansión decimonónica en un tranquilo barrio de vecinos a quienes la edad había hecho sabios y, por lo tanto, tolerantes; sobornó a dos o tres funcionarios municipales y a algún inspector de policía; se consiguió los servicios de una docena de muchachas que quizá no sabían las tres erres –reading, ‘riting and ‘rithmetic– (es decir, leer, escribir y aritmética), pero que sí sabían todo lo demás; contrató un buen cantinero a quien dotó de una muy bien surtida cava, y se puso a trabajar.

Aquello fue un gran éxito. La casa era tranquila; jamás había escándalos ahí, pues la clientela era selecta. Se garantizaba una absoluta discreción: de esa casa, en donde entraban tantas cosas, no salía ninguna. En aquellos felices años no había sida, pero la sífilis era todavía una amenaza, lo mismo que la gonorrea y otros males ahora casi desaparecidos. Polly cuidaba la sanidad de sus muchachas con mayor esmero que el que una abadesa pone en la salud espiritual de sus novicias.

Obtuvo los servicios de un par de reputados médicos de la buena sociedad a quienes pagaba sus servicios generosamente, a más de permitirles utilizar, sin costo, los servicios de la casa. Así los doctores eran, ante los otros clientes, la mejor garantía de la buena salud de las muchachas.

Mañana seguiré hablando del benemérito establecimiento fundado por esa insigne dama, Polly Adler. (Seguirá).