¿A usted qué le ha sucedido de extraordinario en esta pandemia donde nos obligaron a estar enjaulados en nuestra propia residencia?

¿Cuántas historias tiene usted de esta pandemia? ¿Cuál o qué es lo que más le ha impactado de esta alarma sanitaria mundial? ¿A usted qué le ha sucedido de extraordinario en esta pandemia donde nos obligaron a estar enjaulados en nuestra propia residencia? ¿Cuál es su historia la cual quiere contar? Sin duda, mucho por explorar. Mucho por contar en “tiempo real”. La vida se ha mudado a otro lugar, la libertad fue puesta en cuarentena y se hizo añicos. Creíamos, ingenuamente, conocer nuestro rostro en el espejo y no fue así. Con estos meses en soledad y enjaulados, renegamos ya de nosotros mismos y el costo psicológico es brutal. El estrés postraumático –si es que algún día pasa esta emergencia– va a ser de proporciones colosales y bíblicas. Un cataclismo en nuestra humanidad. En nuestra salud mental.

Dice el Eclesiastés: “Hay un tiempo de morir y un tiempo de nacer, tiempo de reír y tiempo de llorar, tiempo de amar y tiempo de aborrecer”. ¿Usted en cuál tiempo de los anteriores estadios se encuentra? La gente que me quiere y ama, me pregunta, “¿cómo te ha ido con la pandemia?” A lo cual yo sólo encojo los hombros, mis enjutos hombros y respondo: “Pues bien, a secas”. Es decir, aunque ya lo dije antes, no está demás repetirlo: los escritores vivimos en soledad, leemos en soledad, escribimos en soledad. Me preparo café amargo todas las mañanas, un huevo estrellado, corto un triángulo de queso panela, tocino frito a un lado y pongo en el tostador pan cuadrado. Luego… a trabajar. En soledad. Ya tarde y si hay algo para celebrar: una buena cuartilla bien pulida, un nuevo texto picado en mi máquina de escribir o en mis libretas o el apunte de un poema, enderezo mis pasos a la taberna más cercana, pido algo de comer y destapo varias cervezas.

Ya casi de noche, regreso a mi residencia, sigo leyendo, pongo buena música en mi almuédano de sonido y desatasco otra cerveza o me bastimento con un buen ron Matusalén con Coca-Cola. Cuando el sueño llega, me abandono en sus brazos de descanso y al siguiente día amanece. Tiendo mi cama, me baño, me preparo un café amargo todas las mañanas, un huevo estrellado, corto un… Las grandes aventuras en mi vida suceden alrededor de mi escritorio, como bien lo dijo en su momento el gran José Bianco.

Ha dicho con acierto el argentino Tomás Eloy Martínez que algunos hombres han escrito su obra en medio de la adversidad, “es en estos destinos ínfimos donde la especie humana se reconoce a veces con mayor claridad que en la catástrofe de la naturaleza o en los abismos de la intolerancia”. Esto sería un estado idílico y quizá se pecaría de autocompasión lacrimógena. La pandemia ha sido algo terrible y una catástrofe global, pero para mí, ha sido como un ligero vientecillo incómodo en mitad de la noche, sólo eso. Mis ritmos de vida se modificaron poco. Sobre todo en la movilidad en mis lugares favoritos los cuales cerraron por una temporada. Tuve que habituarme a otros.

ESQUINA-BAJAN

Y dentro de estos hábitos modernos de vida cotidiana y anormal por la picadura del virus chino, un día tuve que ir a Monterrey por un bulto de libros que me llegó vía paquetería allá. Se me hizo tarde al recogerlo y preferí hospedarme en un Mesón de Pecadores el cual con regularidad visitaba antes del desmadre y encarcelamiento. Aquello era un hotel de fantasmas. Dejé mis escasas pertenencias en mi habitación y enfilé mis pasos a un restaurante, uno de los pocos abiertos y con servicio decente. 

El restaurante de mariscos estaba lleno. A reventar aquello. El maître del lugar, para fortuna mía me conoce y atento y servicial, me dijo que no me fuera, me iban a instalar una mesa en un minuto. Así lo hicieron. Ordené mi acostumbrada cerveza oscura y mi salmón a la leña. Di los primeros sorbos a mi cerveza helada y empecé a observar aquello. Lo que veía y observaba empezó a erizarme la piel y el esqueleto. Lo siguiente no es broma ni es ficción. Es peor que lo anterior: es la realidad. Una historia de miedo y terror. Sigmund Freud hubiese enloquecido. Lea por favor.

En las cinco pantallas del lugar iniciaba un partido de futbol soccer. Era la final de un torneo mexicano, tal vez era la final del 2005, la del 2008 o la del 2011. Es decir, es intrascendente el dato. Se enfrentaban los inefables Tigres de la UANL y los Santos de Torreón. A los pocos minutos de iniciado el juego infantil de soccer, Oswaldo Sánchez, el arquero lagunero, metió tremendo patadón a un delantero del Tigres. Se marcó penal y el tal Sánchez fue expulsado. Es decir, cosa juzgada ya. Y recuerde usted que le digo que esta repetición fue la final del 2000, o 2004, da igual. Pues bien… un 90 por ciento de las mesas de comensales se enfrascaron en una agria y alebrestada ¡polémica! Por el penal y la expulsión del tal Sánchez. No, no es broma. Es como si dicho partido estuviese siendo transmitido en ¡vivo! Puf.

Los regios como los laguneros son sociedades raras, aferradas al pasado (un pasado de apenas lustros, como los laguneros) y aferrados a una religión pagana (los regios tienen dos deidades de fin de semana: Tigres y Rayados). Ambas sociedades raras son sintomáticas: la democracia no late en sus programas ni en sus instituciones de gobierno ni les interesa, su verdadera “democracia”, polémica y atención, late en las gradas de los estadios de Soccer. Los laguneros rogaban por un Gobernador nativo de allí. Ya lo tienen (Miguel Ángel Riquelme) y hoy no lo quieren. Así son de exóticos. El “independiente” Jaime Rodríguez engatusó a los regios. No hay manera de liberarse de él. Me receté el partido. La gente debatía, se confrontaba, gritaba, como si el partido estuviese en vivo y en “tiempo real”. Una historia de terror.

LETRAS MINÚSCULAS

Lo anterior lo saben los gobernantes, por eso aquello de al pueblo, cerveza y soccer. Por un momento, juro fue un segundo o dos, dudé en mi inteligencia si de verdad estaba en aquel año y viendo dicha final de soccer. Puf, de locos.