Son cuarenta y seis estrellas.

Los expertos afirman que esas estrellas del manto de la imagen guadalupana indican el cielo constelado en los días de las apariciones de la Virgen a Juan Diego.

Y otros investigadores curiosos pusieron esas estrellas en un pentagrama y grabaron una música de sonidos prodigiosos. Dejan paz y sentido de lo sagrado en quien la oye.

Se han fotografiado, en los ojos de la imagen, varias siluetas identificables de los personajes presentes en el  momento en que el ayate fue desplegado para dejar caer las rosas frente al obispo Zumárraga, extasiado.

La simbología indígena, esparcida en el ayate, ha sido gradualmente interpretada por estudiosos de categoría.

Es sorprendente la duración de esa tilma en el lapso de varios siglos. Se ha notado, por la vestimenta, que representa a una mujer en espera del nacimiento de su Hijo.

La deliciosa narración que escribió el indio Valeriano, conocida como “Nicán  Mopohua”, va presentando lo ocurrido con un estilo preciosista en las descripciones y tierno en los diálogos.

Un indio en el último peldaño de la escala social de entonces y otro envejecido y enfermo: el tío Bernardino, tuvieron el privilegio de ser los testigos, de las apariciones uno y otro de su propia curación milagrosa.

La función de mensajero y portador de las pruebas ante el Obispo fue una dignidad reconocida por una confianza de la señora del cielo hacia Juanito, Juan Dieguito. Fue llamado por ella “el más pequeño de mis hijos” y él se llamó a sí mismo “escalerilla de tablas” para significar su pequeñez y su poco valor.

Pero todo era cierto. El Obispo se puso de rodillas frente a la imagen de la Virgen María cuando las rosas de Castilla fueron cayendo y dejando, como pinceles; el trazo de los ojos bajos, de la tez morena, de las manos juntas, del manto estrellado.

Pedía que se construyera una casita de oraciòn para escuchar las plegarias de sus hijos.

Quería darles respuesta como piadosa madre. 

Se construyeron templos por todo el territorio de América. Pero hay un templo que continúa en construcción. Avanza y retrocede. Un templo de piedras vivas en el que una madre quiere ver a sus hijos en vida digna, en prosperidad creciente y en sanas relaciones de fraternidad. 

Cada generación renueva el esfuerzo de esa tarea que ha de construir la  paz con obras de justicia. Empobrecimiento, corrupción, deshonestidad, impunidad, violencia, crimen siguen contaminando al règimen cómplice y a los gobernados conformistas.

Hay brotes de esperanza. Si llegan a fructificar, podrán darle a la Madre del Tepeyac una rosa filial como símbolo de tarea terminada. Esperemos, como comunidad en la misma fe, que su visita, su mensaje y su peticiòn sean merecidos por un pueblo que “en el cielo, su eterno destino, por el dedo de Dios se escribió”...