La campaña mundial de vacunación con que el mundo intenta poner bajo control la pandemia y recuperar algo parecido a una normalidad (excepto los anormales de mis vecinos, esos ya eran descerebrados de origen), se libra en diversos frentes.

Gobiernos, organismos internacionales, laboratorios, científicos, todos invirtiendo una enorme cantidad de trabajo y de dinero para que nosotros sólo tengamos que poner el bracito y recibir un pinchazo… o dos.

Pero la campaña se debe hacer también desde el ámbito doméstico, porque hay que convencer al más cabezón y socarrón de la familia con ínfulas de científico de que se vacune en la primera oportunidad.

El temor a la vacunación es tan infundado como fácil de desmentir. Los “antivax” podrán sacarse de la manga desde las teorías más descabelladas -a lo Paty Navidad- hasta estudios supuesta y aparentemente exhaustivos y bien realizados, pero no hallarán ni una sola voz autorizada, o medianamente sensata, que justifique el recelo o la desconfianza.

Para empezar, no veo a la comunidad médica oponiéndose a recibir su dosis de inmunización y es que ellos no son sólo los más expuestos en la guerra contra el temible ‘covits’, constituyen también -de entre nosotros- el segmento de la población ¡que sí estudió!

En cambio, voltee a ver a su antivacunas más cercano… mírelo… todo menso ¿Qué estudios tiene? ¿Contador público? ¿Merca? ¿Comunicación? ¡Namam!

En serio que le debo un artículo exhaustivo en el que revisemos uno a uno todos los mitos, embustes, falacias y bulos en torno a las vacunas. No me he dado mucha prisa en ello porque la fila para vacunarnos como quiera se ve larga, como de tortillería a pleno rayo de sol.

Muy a propósito, es enorme el reto que representa darle cobertura total a una población de 126 millones de adictos a la garnacha y a la mala música, todos en orden de aparición y de importancia, a saber: médicos y gente del área de la salud, incluyendo personal manual y de apoyo; tercera edad (‘viejejitos’), galán otoñal; primera actriz, middle age; yo; chavo rucos; millennials; centennials, chamaquennials y “ontá bebé”.

Se dice fácil pero no se ve para cuándo podremos estar todos inoculados con alguna de las fórmulas patentadas ipso chingam, porque la exigencia logística para esto es enorme y complicadísima.

Y es que, además del reto poblacional y geográfico, las condenadas vacunas son muy delicadas, como el equilibrio entre curarse la cruda y ponerse pedo otra vez.

No sólo deben mantenerse a -70 grados (como el corazón de tu ex). Exigen además protocolos muy precisos para ser descongeladas y aplicadas, sin mencionar que la de Pfizer requiere un refuerzo, es decir, dos aplicaciones, una en cada nalga (¡no se crea, son en el brazo!).

Así que el reto para el Gobierno de la 4T es llevar un suero, cuyo traslado y manejo representa un brete equiparable al calvario de llevar el Anillo Único al Monte del Destino, a cada uno de los 126 millones de mexicanos… dos veces.

De allí que surge la muy legítima inquietud: ¿Debe cargar con esta responsabilidad en forma exclusiva el Estado Mexicano?

No sólo es un gasto extraordinario -por demás justificado-, sino que persiste la muy razonable duda también sobre si acaso, entre la ineficiencia y la corrupción inherentes al Gobierno, esta tarea podrá ser llevada a cabo con un elevado margen de eficiencia en un plazo razonable (ya en el 2032 de poco servirá la vacuna, porque entonces estaremos ya peleando con los simios por el control del planeta).

Y luego surge la otra interrogante que bajo cierta luz parece clasista, pero es en realidad muy, pero muy pertinente: ¿No sería deseable tener la opción de vacunarme por mis propios medios, si cuento con ellos o los puedo reunir?  Si una empresa quiere proteger a sus empleados vacunándolos… ¿no sería ideal que se le permitiese esto? Si alguien es susceptible de presentar una reacción adversa con cierta vacuna… ¿no sería conveniente que pudiese procurarse una opción más segura en un mercado abierto?

Los izquierdosos a ultranza sólo perciben un asunto de desigualdad: “¡La gente pudiente vacunándose, mientras los de menos recursos esperan su turno en el servicio público de salud!”, plañirían.

Quizás, pero las dosis compradas por lo particular aligerarían el gasto público -¿no dicen siempre que “pague más quien más tiene?”-. Y no se opondrían al objetivo del Gobierno, sino que se sumarían a éste.

Porque, a la hora de buscar la inmunidad de la población completa, toda inoculación opera en favor de todos los demás. Es igual de valioso que se vacune el carnicero, el empresario, el delincuente, Andrea Legarreta, el viene-viene, la bancada del PAN, las teiboleras de Mazatlán, el chavo de la segunda caja del Oxxo y la abuelita de Batman. La inmunidad de uno, protege a todos los demás. O al menos así lo entiendo yo.

Quizás de momento, los laboratorios no se den abasto con la demanda mundial y por ello sea menester que el Gobierno controle las primeras remesas de vacunas que lleguen al País. Pero conforme se equilibra la oferta con la demanda, habrá que estar abiertos a la posibilidad de que la gente se procure la protección por medios propios, para no tener a toda la población cautiva y atorada en un cuello de embudo sin fin.

En cambio, un Estado empeñado en retener, incluso más allá de su capacidad de administración, un suero de vital importancia para la reconstrucción de la sociedad, de las familias, del individuo y de la economía, sólo será sintomático de la demagogia y el populismo propio de los gobiernos del subdesarrollo.