María R. Sahuquillo/El País
Fue ese año, hace 32, cuando ocho casos de trombosis tras un viaje en avión -en clase turista- dieron nombre a esta patología. Un síndrome que más tarde se extendió a casi cualquier viaje largo en medios de transporte que impliquen estar muchas horas sentado e impidan moverse con normalidad. Y
Madrid, España.- Viaje Madrid-Buenos Aires. Trece horas de avión que muchos pasan, en su mayoría, sentados. Descansando sobre las nalgas y bastante encogidos en los cada vez más estrechos asientos de los cada vez más incómodos aparatos. El problema es que, además de aburrido y pesado, pasar las horas muertas sentado en un espacio tan reducido puede ser peligroso. Esa inmovilidad forzada, unida a la deshidratación y la baja humedad del ambiente, puede producir trombosis en las venas de las piernas. En algunos casos esta patología, llamada síndrome de la clase turista o síndrome del viajero, causa embolias e incluso la muerte. Este problema, que ya padecen más del 3% de los pasajeros de larga distancia (de avión, coche o autobús), ha sido reconocido por la Organización Mundial de Salud (OMS). Sin embargo, las organizaciones de consumidores y algunos médicos se quejan de la falta de información sobre cómo prevenir este síndrome del viajero.

Los consumidores también critican con dureza a las compañías de transporte. Les acusan de no poner en práctica suficientes medidas para evitarlo y de convertir sus medios de transporte en incómodas jaulas. Esas estrategias, dicen, son casi las mismas que en 1977, cuando se descubrió el primer caso de este síndrome.

Fue ese año, hace 32, cuando ocho casos de trombosis tras un viaje en avión -en clase turista- dieron nombre a esta patología. Un síndrome que más tarde se extendió a casi cualquier viaje largo en medios de transporte que impliquen estar muchas horas sentado e impidan moverse con normalidad. Y es que los viajeros tienen tres veces más riesgo que los no viajeros de sufrir trombosis venosas, según revela un estudio de un grupo de investigadores de la Harvard School of Public Health sobre este tema publicado el martes en el Annals of internal medicine. El riesgo aumenta un 18% por cada dos horas adicionales de viaje, según el estudio, que ha comparado 14 trabajos sobre el síndrome del viajero que recopilan más de cuatro mil casos clínicos. Este síndrome afecta, según las conclusiones de Divay Chandra y Emilio Parsini, dos de los autores de la investigación, a una de cada 6.000 personas.

También la OMS alerta sobre los riesgos de esta patología, que tiene una mortalidad estimada del 11% a los 28 días de sufrir un primer episodio. Esta organización revela en un estudio sobre los peligros de los viajes que los pasajeros de los aviones, trenes, autobuses y automóviles corren más riesgo de sufrir trombosis venosa cuando permanecen sentados e inmóviles durante más de cuatro horas. La falta de movilidad prolongada, dice el informe, puede provocar el estancamiento de la sangre y su coagulación en el interior de las venas.

Esto fue precisamente lo que le ocurrió a Lorea Mendoza. Hace algo más de seis años esta bilbaína sufrió el síndrome de la clase turista después de un vuelo de 11 horas a Costa Rica. Su viaje de luna de miel. A la vuelta, ya muy desmejorada tras otras tantas horas sentada en el avión e incapaz de moverse, fue directamente a urgencias. Tenía una embolia. Cuenta que allí, gracias a que una enfermera había leído sobre esta patología, le diagnosticaron el síndrome. 'Estuvo dos semanas ingresada y más de un año en tratamiento con anticoagulantes', explica el neumólogo Fernando Uresandi, quien la trató después.

El estudio de la OMS confirma algunos factores que aumentan el riesgo de padecer una trombosis venosa grave en estas situaciones. Factores que  van desde la obesidad (un índice de masa corporal superior a 30) y la estatura -muy grande (más de 1,90 metros) o muy pequeña (menos de 1,60)- al consumo de anticonceptivos orales. El estudio de Chandra y Parsini identifica los mismos factores. También influyen los trastornos hereditarios que aumentan la tendencia a la coagulación de la sangre. Lorea tenía 30 años cuando sufrió este problema y ninguno de esos factores de riesgo. 'Pudo influir alguna medicación que estuviera tomando', apunta Uresandi. 'La deshidratación favorecida por la baja humedad de la cabina y en algunos casos incrementada por el efecto diurético del café o las bebidas alcohólicas y la disminución de oxígeno propia de la cabina presurizada podrían contribuir también a esa formación de trombos', dice este médico.

Algo que los muy viajeros deberían, según Uresandi, tener en cuenta. Pero no siempre lo hacen. Es el caso de Ricardo Bueno. Tiene 41 años y trabaja de comercial de útiles sanitarios. Vuela bastante. 'Sobre todo a América Latina y a los países de Europa del Este', explica. Es decir, por lo general vuelos de más de cuatro horas. Sin embargo, pasa casi todo el tiempo sentado, trabajando en su portátil o, si el viaje es muy largo, durmiendo. 'Ya me he acostumbrado a viajar y no me cuesta trabajo permanecer mucho rato sentado. Ya no me molesta', dice.

Así, Bueno, como le pasó a Mendoza, puede llegar a formar parte de ese 3% de los pasajeros de viajes de largo recorrido que sufren este trastorno, según los especialistas. Una cifra que, sin embargo, la Federación para el Estudio y Prevención de Enfermedades de las Venas (Fesprev) eleva al 7%. Al margen de los porcentajes, la OMS intenta tranquilizar a los viajeros. 'Hay que recordar que el riesgo de sufrir una trombosis venosa durante los viajes sigue siendo relativamente bajo', dijo Catherine Le Galès-Camus, subdirectora de la OMS para Enfermedades No Transmisibles.

Pero más allá de las llamadas a la calma de la OMS y de las palabras tranquilizadoras de las compañías aéreas -más conscientes de que, a pesar de que también afecta a los viajeros en autobús y coche, este síndrome se asocia sobre todo a los viajes en avión-, las asociaciones de consumidores critican la estrechez cada vez mayor que sufren los pasajeros. 'A las compañías les importa poco la comodidad. Priorizan tener el máximo número de plazas', dice Ruben Sánchez, portavoz de la organización de consumidores Facua. 'Hay vuelos en los que el viajero tiene más sensación de estar en un autocar que en una aeronave', sigue. Esta asociación también se queja de una 'alarmante falta de información sobre el síndrome' por parte de las compañías.

Ramón Domínguez-Mompell, jefe de Servicios Médicos de Iberia, no está de acuerdo con Sánchez. 'El espacio que hay en los aviones de Iberia es suficiente. Además, el espacio entre las butacas, lejos de ser cada vez más escaso es mayor. Cualquiera de los autobuses de largo recorrido tienen mucho menos espacio que nuestros aviones', dice. Y añade: 'El espacio, desde un punto de vista médico no es un factor desencadenante', dice. Domínguez-Mompell explica que la línea aérea informa de los riesgos del síndrome mediante un vídeo que se emite en todos los vuelos de más de tres horas. En la revista de la compañía, que los pasajeros encuentran en los asientos, hay además un artículo que explica la patología y cómo evitarla.

Sin embargo, no sólo hay polémica en el espacio entre butaca y butaca. También en el nombre del mal. El jefe de servicios médicos de Iberia explica que a pesar de que en un principio se asoció este síndrome con los viajes en avión ya no se hace. 'Conseguimos que se dejase de llamar síndrome de la clase turista y pasase a ser síndrome de trombosis venosa profunda', argumenta. Lo consideran más correcto incluso que el de síndrome del viajero. 'Es una patología que se produce en una persona con factores intrínsecos y ambientales. Pero no se ha evidenciado la relación causa efecto entre el viaje y la trombosis venosa profunda', dice.

Dejando a un lado el nombre, se han hecho numerosos estudios para aclarar causas adicionales de este síndrome. Hace cinco años el Instituto Británico para la Aviación realizó un seguimiento médico a 899 pasajeros de vuelos entre Londres y Johannesburgo (Suráfrica) para estudiar esta patología. Observaron que en el 10% de los casos presentaban una proteína en la sangre que producía pequeños coágulos, posibles responsables de una trombosis.

Miguel Angel Santos Gastón, presidente de la Fesprev explica que, además, el riesgo es mayor cuanto más se viaja. 'El peligro aumenta un 12% en las personas que realizan un vuelo de larga duración al año y mucho más en los que vuelan mucho en poco tiempo', dice. Esto es, según Santos Gastón, debido a que el riesgo de padecer el síndrome del viajero no desaparece completamente tras el vuelo, sino unas cuatro semanas después. También puede presentarse después del vuelo.

Los consumidores piden medidas. 'Tendrían que medirse a fondo los parámetros de calidad de los aviones y autocares', argumenta Facua. Pero sólo algunas líneas aéreas -tal vez por la mala prensa de ser asociadas al síndrome de la clase turista- han tomado medidas para informar sobre él.Daniela Dumitrascu conoce esos viajes largos e incómodos en autobús de los que se queja Facua. Suele ir como mínimo tres veces al año a Rumania, casi siempre en autobús. 'Llego completamente molida, pero prefiero iren bus porque aunque es un viaje de casi tres días es más barato que el avión y puedo llevar cosas a mi familia', cuenta. Dumitrascu no conoce el síndrome. Sólo sabe que debe bajar cada vez que para el autobús. 'Es mejor porque sino acabo con dolor de cabeza y las piernas hechas polvo', asegura. Pura lógica, dice. Sin embargo, ella, como una mayoría de viajeros, agradecería más información. Y también más espacio.