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La Revolución de AMLO

Opinión
/ 18 noviembre 2021
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Desconozco en la actualidad, pero en mis tiempos, señor don Simón, la enseñanza que recibíamos en la escuela sobre la Revolución Mexicana dejaba mucho que desear.

Quizás por el poco dominio de los docentes sobre el tema, quizás porque el programa educativo del Gobierno no quería que ahondásemos demasiado en el pétreo mito sobre el cual estaba fundado pero, más que inculcarnos una comprensión acorde a nuestra edad sobre este fenómeno social y punto de inflexión en la historia de México, la principal preocupación de los profes era nuestra caracterización como adelitas y juanes; y por juanes me refiero a la representación genérica del guerrillero anónimo en esta lucha armada, no a Juan Esteban Aristizábal, cantante y compositor colombiano de rock fusión latina, ganador de 26 Grammy, autor de éxitos como “La Camisa Negra” y “A Dios le Pido”. (Nota para el lector: ¿Sabe de alguien que me pueda diagnosticar el TDAH?).

La Revolución es el nombre bajo el cual se aglomeró a una serie de eventos, cada uno con sus propias motivaciones, complejidades y protagonistas, no obstante, durante sus distintas temporadas, algunos fueron personajes recurrentes hasta que recibían una dosis de plomo más alta que la aconsejada por los médicos.

Panchito Madero, gloria coahuilense, es una figura central de esta gesta porque es la cara de la Revolución política y democrática; así como Zapata y Villa encarnan la Revolución social, Carranza la Revolución en lo legal (constitucional) y Flores Magón es la Revolución ideológica.

Hubiera estado bonito que todos jalaran parejo, desafortunadamente la mayor parte del tiempo estaban peleando entre ellos peor que tuiteros.

Excuso decirle que la Presidencia de Madero fue realmente una desgracia (no cumplió con las expectativas de cambio social) y palidece ante los logros del dictador Porfirio Díaz.

Sí, sabemos que hay un sector de la sociedad mexicana, muy ‘mmdr’ y ‘hamburguesado’ que se la pasa reivindicando a don Porfis como el mejor Presidente que ha tenido México. Parecen olvidar dichos mentecatos que, además de la gran desigualdad social que imperaba durante el porfiriato (la clase campesina era básicamente una forma de esclavitud), los ‘logros’ del general le tomaron tres décadas. Dicen que luego de treinta años hasta los políticos se ponen a trabajar nomás por puro aburrimiento. Y yo creo que alcanzarían hasta para que el viejito cotonete terminase todos sus caprichos: aeropuertos, refinerías, trenes, todo como a él le gusta, con la más avanzada tecnología del Siglo XX (pero no nos adelantemos, ya llegaremos a ‘ANLO’).

Pese a todo, pese a que no construyó grandes obras de infraestructura, la contribución de Madero es de mucho mayor relevancia. Duró en el cargo apenas más de un año, pero así hubiese caído muerto durante la toma de posesión, su contribución al País ya estaba hecha, pues demostró que los mexicanos podíamos elegir a nuestros gobernantes de manera libre y democrática y que la reelección no era el mejor método para regirnos.

Sentó Madero las bases para una democracia funcional, misma que por desgracia corrompió la mexicana predisposición para chingar al prójimo, ya que luego, dado que el presidente no podía ya reelegirse (como hizo Obregón, aunque no ejerció ya porque un monero lo dejó posando para la eternidad), tendría la prerrogativa al menos de designar al sucesor.

Primero se intentó a la manera de Calles, quien tras su mandato se quedó gobernando de facto, detrás de la silla que ocuparon sus tres sucesores, hasta que Cárdenas cortó con este vicio llamado Maximato y lo exilió.

De manera tácita los hijos de la Revolución comprendieron que era mejor ser fieles al poder y no a los individuos. Es decir: por supuesto que hay que jurar lealtad absoluta y eterna para con el Presidente, pero una eternidad de sólo seis añitos, los reglamentarios, tras los cuales aplica la de “El Rey ha muerto. ¡Viva el Rey!”.

La fidelidad a partir de entonces fue para con el partido: “El sucesor será quien tenga que ser”. Todos los presidenciables hacían méritos para que, hacia el fin del mandato, el Ejecutivo tomase la mejor decisión y escogiera con su dedo todopoderoso al nuevo ungido o “tapado”. Si se era el elegido, “¡bendito sea nuestro Presidente que nunca se equivoca!”; si no, también: Se ponía buena cara y se felicitaba de abrazo al candidato en señal de respeto, ofreciéndole total respaldo. El candidato oficial tenía la elección asegurada y una vez con la banda presidencial, el juego se “reseteaba”, volvía a comenzar. (Hasta eso, la del PRI sí que era una dictadura perfecta, un portento que debe ser estudiado para que no se repita en ningún lugar del mundo).

Distinguido ex priista (btw) nuestro hoy Presidente, Andrés Manuel López Obrador, dice encabezar la Cuarta Transformación de México, lo cual es bastante dudoso, aunque ello no obsta para que constantemente se esté comparando con los próceres de los tres movimientos previos: Hidalgo y Morelos, Juárez y desde luego, nuestro santito a celebrar, Francisco I. Madero.

Hoy no le voy a disputar a AMLO su gran mérito: Demostró que podíamos vencer democráticamente a la bestia tricolor, en las urnas, sin necesidad de un baño de sangre. Quizás le parezca al lector fútil, o poca cosa, o nada, según la ojeriza que al día de hoy le haya cogido al Presidente. Pero reviste una importancia equiparable al triunfo maderista, dado que el priato ejerció el poder durante casi un siglo, tres veces el Porfiriato.

Sin embargo y por desgracia, al igual que en el caso de Madero, el mérito de AMLO termina justo al momento de jurar como Presidente, porque su ejercicio del cargo ha sido decepcionante, de nulos resultados y con una más que clara intención de socavar la democracia mexicana (misma a la que debe su triunfo), desacreditando, cuando no destruyendo, sus instituciones.

Y todo para que, después de su gestión, AMLO ejerza un Maximato a lo Calles (sea quien sea el sucesor) y nos herede un nuevo partido de estado, igual que el que nos legó la Tercera Transformación que conmemoramos esta semana.

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