Jordi Calvet/EFE
Muchos periodistas de entre la legión que ha viajado a Camboya para informar del proceso contra el jefe de la cámara de tortura de Tuol Sleng, Kaing Guek Eav, alias Duch, han tenido que rascarse el bolsillo para obtener testimonios de primera mano sobre los horrores ocurridos hace tres décadas.
Phnom Penh, Comboya.- Las víctimas y los verdugos del Jemer Rojo aprovechan el tirón mediático del primer juicio contra los ex dirigentes del régimen genocida para ganar algún dinero, cobrando por contar sus historias y recuerdos personales a la prensa extranjera.

Muchos periodistas de entre la legión que ha viajado a Camboya para informar del proceso contra el jefe de la cámara de tortura de Tuol Sleng, Kaing Guek Eav, alias Duch, han tenido que rascarse el bolsillo para obtener testimonios de primera mano sobre los horrores ocurridos hace tres décadas.

Movidas por la necesidad de sufragar los gastos cotidianos o por mero mercantilismo algunas de las víctimas, que han adquirido cierta fama por relatar cientos de veces sus infortunios y sufrimiento a la prensa, han doblado sus tarifas.

Los testimonios más perseguidos por muchos de los periodistas que desembarcan en Camboya son aquellos relacionados con las torturas sufridas en el centro de detención de Tuol Sleng, por donde pasaron unas 14.000 personas para ser interrogadas, maltratadas y después ejecutadas en el campo de exterminio de Choeung Ek, a las afueras de Phnom Penh.

Este es el caso de Vann Nath, uno de los pocos supervivientes de la prisión que dirigió Duch, y que ha inmortalizado en sus lienzos el tormento del que fue víctima y testigo durante su cautiverio.

Por unos minutos de entrevista, el pintor del holocausto pide un promedio de 200 dólares, aseguró un periodista recién llegado a la capital camboyana, que pidió mantenerse en el anonimato.

"Está muy enfermo y necesita dinero para pagarse el tratamiento y las medicinas", explicó para justificar al pintor Judith Strasser, psicóloga de una treintena de las víctimas que testificarán en el juicio.

La tarifa por escuchar el relato del artista es relativamente baja comparada con la que cobra el fotógrafo Nhem Ein, que trabajó en la prisión también conocida como S-21 capturando las siniestras imágenes de las víctimas, antes de ser ejecutadas. Sus fotografías se han hecho famosas después de haber sido exhibidas en las galerías de todo el mundo.

Ein y varios de los verdugos que estuvieron bajo el mando del camarada Duch suelen pedir, desde hace más de una década, una media de 300 dólares por contar a la prensa cómo cumplieron de forma metódica las ordenes que recibían de sus superiores.

La psicóloga admitió que la mayoría de los supervivientes del Jemer Rojo que están a su cargo cobran a la prensa a cambio de explicar sus vivencias y que las cantidades han ido aumentando a medida que se acercaba el inicio del juicio y se multiplicaban las peticiones para entrevistarlas.

Una superviviente de 60 años, que hoy vive sola en la provincia de Prey Veng y que durante el régimen del Jemer Rojo pasó por tres prisiones vinculadas a Tuol Sleng, preguntó a Efe "¿me hará algún regalo?", dando a entender que la entrevista tenía un precio.

"No nos gusta que pidan dinero, pero somos conscientes de que son muy pobres y que, en realidad, lo necesitan", apuntó la psicóloga, quien matizó que acepta "que pidan sólo pequeñas cantidades, entre cinco o diez dólares, que les sea una ayuda y les permita comprar comida. No acepto que busquen sólo hacer negocio".

En Camboya, uno de los países más corruptos de Asia, la petición de dinero para ser atendido forma parte de la vida cotidiana, incluso en servicios teóricamente públicos y gratuitos como la educación o la sanidad.

La picaresca en torno a la venta de la historia reciente de Camboya no es nueva. Ya en 1998, los jemeres rojos vendieron la exclusiva de las imágenes de la incineración del cadáver de Pol Pot, el que fuera su máximo líder, a una cadena nipona de televisión por una elevada cantidad de dinero.

Actualmente, también el Gobierno ingresa algún dinero con la explotación de la tragedia, al cobrar la entrada en el ahora museo de Tuol Sleng o en el campo de exterminio de Choeung Ek.