Máxima Barragán
Nuestra sociedad machista siempre nos ha enseñado que los hombres no deben llorar. Las madres que tanto se quejan del machismo de sus esposos son las mismas que educan y fomentan el machismo en sus propios hijos, tal parece que existe un deseo inconciente de que sus hijos venguen en otras mujeres todos los sufrimientos y humillaciones sufridas gracias a sus propios maridos.
Poco a poco se va creando una coraza alrededor del varón donde la propia madre lo va encumbrando como un ser intocable, que puede hacer uso de una libertad mal entendida cuando se le pegue la gana sin importar que maltrate, que llegue a agredir o a faltar al respeto a sus semejantes.

El hombre toma como su modelo ideal a otro hombre que represente la fuerza, el vigor y todo aquello de lo que él considera carecer. Busca un prototipo de macho al cual poder imitar, basándose en modelos rudos, a prueba de balas cargadas de sensiblería que lo puedan hacer llorar, o bien derrumbarlo. Los adolescentes buscan parecerse a aquellos modelos musculosos, que transmiten seguridad y protección, porque consideran que solo así podrán ligarse a la chica de sus sueños. Si se perciben a sí mismos como débiles o faltos de carácter piensan que no podrán ser capaces de ligarse a ninguna mujer y cuando ya la han conseguido no se sienten con el carácter y los tamaños suficientes para poder protegerla y defenderla de todos aquellos que atenten contra la misma.

Es verdad que ya no estamos viviendo en la época de las cavernas donde la fuerza física era algo indispensable para sobrevivir ante el medio hostil, se requería de fuerza bruta para poder cazar y alimentar a la familia, posteriormente la fuerza se requería para luchar en las batallas cuerpo a cuerpo o para transportar y utilizar los diferentes artefactos de guerra. Además, en todas las culturas se han manejado los famosos ritos de iniciación dónde se ponía en claro la fortaleza masculina. Los varones eran sometidos a terribles pruebas en las que debían demostrar su fuerza y fortaleza física.

Ahora la fuerza física ya no es una primera necesidad para sobrevivir pero sí de status o de estilo porque somos imitadores de modelos y a todos nos gusta tener una buena imagen para satisfacer los egos ajenos y los propios.

Las mujeres siempre decimos que preferimos a nuestro lado un hombre caballeroso, educado y culto, pero ante la vista de un espécimen bien proporcionado, no podemos evitar que se nos haga agua la boca y disfrutemos de contemplar un cuerpo masculino bien formado, con músculos delineados y bañados de testosterona; aunque nos conformemos con el flaco tilico que está a nuestro lado y nos da su amor en forma desinteresada.