Para este columnista no hubo materia más difícil en el estudio de ingeniería que la Hidráulica, principalmente la hidrodinámica, que es parte del contexto del artículo de hoy que trata de “Aguas de Saltillo” (Agsal) y su difícil labor de proveer el agua para Saltillo, pues ya lo dice el maestro Samuel Trueba Coronel en su libro de texto “Hidráulica”, donde en su prefacio ya nos advierte a sus alumnos con una cita de Galileo: “Más fácil me ha sido encontrar las leyes con que se mueven los astros en el cielo, que definir las leyes que rigen el movimiento del agua, que corre frente a mis ojos”.

Manejar el agua (“Uso y Manejo del Agua”, otro curso del suscrito) requiere de mucha técnica y cálculo, cosa que se ha venido haciendo lentamente desde Arquímedes hasta Bernoulli, pasando por Newton y Pascal y, aun así, persiste el rezago pues el agua es un recurso muy elemental, pero sigue siendo un problema mundial.

Y es que la gestión de proveer agua a las ciudades es uno de los problemas más complicados que enfrenta el gobierno.

Tenemos casos extremos como el de la Ciudad de México con un servicio de aguas semiprivatizado, pero altamente subsidiado. El agua para la CDMX es bombeada desde bajíos lejanos por el sistema Cutzamala y elevada a la altura de la gran ciudad.

El sistema de aguas de la ciudad de Los Ángeles es un ente público que administra el agua que llega por un acueducto de cientos de kilómetros y que es operado por una de las burocracias más caras pero, cosa rara, más eficientes del mundo.

¿Qué sistema nos conviene?, ¿el privatizado, el semiprivado o el público? Esa es una cuestión altamente politizada que enerva a muchos activistas y también a muchos farsantes que, como aceptaba Galileo, del movimiento del agua no saben ni madre.

El ideal de los activistas contrarios a la privatización es que el agua es de todos. Pero no dicen que, como el petróleo (que es de todos), poco nos beneficia.

Agrupe usted a todos los sistemas de agua municipales no privatizados y tendrá un ente burocrático corrupto superior a Pemex y con un pasivo laboral peor que nuestra endeudada paraestatal.

¿Qué sería hoy del SIMAS Saltillo si aún estuviera vigente como un ente burocrático municipal?

Tendría los males oficiales de siempre, empezando por una sistematizada corrupción. Los SIMAS siempre han sido la “caja chica” de los alcaldes.

Además, el “quemadero” de bombas estaría a la orden del día, pues la burocracia no sabe dimensionar cuestiones de bombeo. Despilfarro eléctrico. Abatimiento de pozos, no podrían calcular explotación y recargas. Alta burocratización, pasivo laboral y el yugo sindical. Problemas de cobranza, porque es “políticamente incorrecto” obligar a pagar el agua. Ineficiencia y desabasto, lo cual sería un gran freno al desarrollo de Saltillo. Deuda pública impagable. Ya hubiera colapsado el sistema y apenas estaríamos buscando socios para la semiprivatización.

Mucho fue criticado el entonces alcalde de Saltillo, Óscar Pimentel, por la creación de Agsal. Hoy, a la distancia, vemos que fue un gran acierto. Así fue criticado en su momento William Mulholland (artífice del “Water and Power” de Los Ángeles) y hoy una calle angelina lleva su nombre. Así, algún día, Saltillo llevará en una de sus calles el nombre de un gran visionario Óscar Pimentel González.