Escribo con sesgo: soy mexicano judío y escribo con la carga de quien heredó de sus padres el peso del antisemitismo alemán y el dolor de abandonar casa, historia y muertos debido a la peste del nazismo. Y escribo sin sesgo: aprecio muchos aspectos de Israel, pero detesto la intolerancia que pregonan el primer ministro Netanyahu y su halcón, Avigdor Lieberman, cuyas tesis fascistas recuerdan el apartheid sudafricano y los tuits racistas de Trump. El estadounidense y el israelí son dos cánceres, contagiosos, dañinos y, por ahora, imparables. Ver el mundo para creer.

Escribo porque debo hacerlo. La confusión, que no es confusión, entre ser antisemita y antiisraelí es un disfraz ancestral para quienes vociferan en contra de los judíos cuando lo que denuncian son los actos negativos del gobierno israelí. Soy ferviente creyente de la necesidad imperiosa de dos Estados independientes. Sin la independencia de Palestina el futuro de Israel es inviable, inseguro y poco humano. El problema no sólo es el poder de Israel; el problema también son los palestinos y los países árabes.

El embrollo es complejo. Israelíes y palestinos han compartido, “desde siempre”, las mismas tierras. Imposible soslayar dos circunstancias. Primera. Aunque siempre pervivieron algunas comunidades, los judíos fueron expulsados de sus tierras. Segunda. Desde antes de la creación de Israel (1948), el nuevo Estado compró y mal compró tierras a los palestinos, quienes, desafortunadamente, nunca construyeron su propia nación. Desde la creación de Israel el problema se ha profundizado por el desdén de los israelíes hacia los palestinos, el menosprecio de naciones árabes supuestamente amigas de los palestinos como Egipto y Jordania, sin obviar los robos de los líderes palestinos. Se calcula que la fortuna de Arafat, procedente de dinero sustraído a la Autoridad Palestina, oscilaba entre 500 y mil millones de dólares.

Israel es una democracia (muy) imperfecta, pero, desde cualquier ángulo, las circunstancias de las poblaciones en Siria, Irán, Irak o Arabia Saudí nada tienen que ver con las condiciones de vida de los israelíes, donde no se asesina a homosexuales ni se lanza al mar a disidentes. Lamentablemente, muchos de los líderes hebreos son supremacistas o ultrareligiosos, similares a los estadounidenses o a quienes hoy gobiernan Polonia o Hungría. Esos supremacistas traicionan principios éticos básicos al ejercer políticas insanas hacia los palestinos y los árabes que habitan en Israel.

La política israelí es detestable y ciega. La de las naciones árabes es atroz. Imposible no recordar el número de muertos tras la mal llamada Primavera Árabe y la cifra de sirios que han escapado o fallecido debido al verdugo Bashar al-Assad; han muerto 500 mil sirios desde que se declaró la guerra hace siete años, y el número de desplazados y refugiados es de siete millones de personas. Israel es una democracia enferma, pero sigue siendo democracia: hay ex presidentes y ministros encarcelados.

Regreso al tema del antisemitismo a raíz de la matanza en Pittsburgh, donde un supremacista blanco asesinó a once judíos en una sinagoga. Su leitmotiv recuerda el motto nazi: acabar con la peste judía. “¡Todos los judíos deben morir!”, espetó Robert Bowers, el asesino. Su argumento, compartido por antisemitas y por los neonazis dispersos en el mundo, cuya ideología actual, no sólo es contra judíos, sino contra todos aquellos incluidos en el rubro otredad: migrantes hondureños, mexicanos indocumentados, palestinos perseguidos en Palestina por Hamas y por Israel, sirios acribillados por sirios, homosexuales colgados en países árabes, venezolanos expulsados de su Venezuela…

Escribo por necesidad. Lo hago como mexicano judío. Los crímenes de lesa humanidad, como los de Pittsburgh o como el de los hondureños que caminan hacia EU, son crímenes contra la humanidad, no contra un grupo en particular. Cuando hay atentados antisemitas, los comentarios contra los judíos se reproducen geométricamente. Cuando Netanyahu comete estupideces, las voces antiisraelíes increpan con razón contra Israel, y, al unísono, ataviados por odios ancestrales, acusan a los judíos de (casi) todos los males de la humanidad.

La matanza de Pittsburg servirá para que antijudíos cuenten con nuevos argumentos para mostrar su racismo. Ante el avance del antisemitismo vale la pena recordar que Hersch Lauterpacht revitalizó el término de “crímenes contra la humanidad” y que Rapahel Lemkin creó el término “genocidio”. Ambos fueron judíos. Nacieron en Lviv. Sus familiares perdieron la vida durante el nazismo.