En una entrevista a Mauro Marines, periodista de este diario, el director de escena y actor Gustavo García define la obra “Civilización”, del dramaturgo mexicano Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM), como una “poética de la mierda”; hace unos años, por otra parte, la crítica Olga Harmony destacó el hecho de que esta comedia fársica recuerda “la vigencia del teatro político”.

Mientras asistía a la representación de estreno, la obra y la puesta en escena me hicieron pensar en cosas que trataré de esbozar en estos párrafos. Debo añadir que sigo pensando en ellas y en otras más: el montaje de un texto dramático como éste suele despertar en nosotros infinidad de reflexiones.

Tres -¿o cuatro?- personajes bastan al dramaturgo para representar la putrefacción que sufre este país desde hace muchas décadas. Desconozco los intríngulis más recónditos del poder y sus corrosivos efectos en otros países, pero, como todos, distingo y padezco las consecuencias de nuestra mexicana idiosincrasia, enferma hasta la médula de corrupción, ineptitud y cinismo.

Un empresario ambicioso y sin escrúpulos, un corrupto presidente municipal con aspiraciones excesivas y un funcionario de bajo nivel de una “pureza moral” bastante endeble, por cierto: éstos son los siniestros personajes que caricaturizan la realidad de un actual México, enclavada en una provinciana ciudad de aires coloniales. Me pregunto dónde, cuándo hemos visto tan extraño contubernio.

Y la pregunta me conduce a los hondos orígenes. ¿Por qué esta proclividad humana hacia el mal? Como siempre, el viaje me lleva a un pasado remoto, y ese viaje, a uno de los libros más políticos que se han escrito nunca: La Biblia.

Recordemos que en el Génesis, Jahvé instala a sus criaturas favoritas en el Edén, pero les prohíbe comer del fruto del árbol del bien y del mal, es decir, del árbol del conocimiento. Tras su desobediencia, el hombre viene a ser “malo” por dos razones: porque no siguió la orden divina y porque comió del árbol del bien y del mal, o sea, porque ya sabe.

A partir de esta fabulosa historia se han derivado, de algún modo, muchas teorías en torno de lo que debe ser la conducta de los seres humanos, su convivencia, la sociedad, el Estado, y por ende, la justicia, las leyes y las normas que deben regir esa convivencia.

Pienso en Hobbes, en Rousseau, en Montesquieu y en el sinfín de códigos y “constituciones” que se han venido diseñando desde la Revolución Francesa y aun mucho antes. Una forma de acotar y delimitar la bestialidad inherente a la naturaleza humana: ése ha sido el tema y la preocupación de muchos pensadores.

¿Civilización? La teleológica teoría de la historia que creó Hegel no responde a la verdadera índole del “Espíritu”, ya no digamos “Absoluto”. ¿A qué “progreso” se refiere? ¿A qué  finalidad auroral de la historia?

Si un producto de la “civilización” es eso que vimos en la Sala de Cámara Jesús Valdés del Teatro de la Ciudad Fernando Soler, LEGOM y el grupo teatral dirigido por Gustavo García se encargan de desmentir mucho de lo que la “civilización” pretende representar. Porque la sofisticada tecnología y el avance aparentemente meteórico de las ciencias poco tienen que ver con la evolución del espíritu –llamémoslo así-, atado aún a los más pedestres arrebatos.

La dicotomía civilización y barbarie es más vigente que nunca. La “ciudad” de ninguna manera representa el ámbito de la “civilidad” –más bien lo contrario- y habrá que ver qué entendemos hoy por “barbarie”, pues observo más barbarie en estos carroñeros personajes dramáticos que en muchos campesinos, obreros, albañiles y amas de casa mexicanos.

Esto me lleva los pies a la tierra: Gustavo García gusta del teatro político y del histórico; ambos, géneros espléndidos del Teatro. Recordemos a Schiller, el de “La doncella de Orleans”, o a nuestros Rodolfo Usigli -“El Gesticulador”- y Sergio Magaña -“Moctezuma II”-.

Sin embargo, Gustavo García no comete el desliz de caer en la pendiente que conduce a un teatro ideologizante y supuestamente izquierdoso. Opta por la inteligencia: un teatro que ofrece una visión lúdica pero también lúcida de nuestras circunstancias políticas sin echar mano de ciertos procedimientos “didácticos” y “concientizadores” que acaso fueron válidos en otros momentos y circunstancias. Hoy pocos querrían soportar un sermón ideológico de izquierda de cuatro horas de duración… Especialmente cuando ya no se sabe dónde quedó “la izquierda”.

Eminentemente verbal, la obra de LEGOM cuenta con la actuación –y la dirección- del propio Gustavo García, Juan Antonio Villarreal y Ricardo Treviño. Aunque ligeramente excedido en su expresión corporal y gestual, el primero –“el empresario”- aprovecha este rasgo para sacar partido del cariz fársico de la obra; Juan Antonio Villarreal –“el alcalde”-, más austero y temperado, establece un buen contraste frente al voraz magnate; el joven Ricardo Treviño –“el honrado que cede…”- tiene presencia escénica, sólo le falta, como es natural, el ejercicio de la técnica y un poco de experiencia.

Tomando en cuenta el tipo de obras que escribe LEGOM, la dirección de Gustavo García resulta pulcra y fluida; sostiene un buen ritmo y nos conmina a seguir el curso de la acción, plena de “valores entendidos” entre los mexicanos. ¿Habría alguna forma de equilibrar la abundante información verbal y la capacidad plástica del actor en general?

La escenografía de Juan Antonio Villarreal nos pone en contexto con algo que calificaría de una instalación un tanto minimalista: el lugar en que sucede la acción es, al mismo tiempo, una oficina y una gran sala de retretes que hacen las veces de sillones y sofá. Sólo faltó un jacuzzi para completar el grotesco que, por desgracia, alude tanto a la realidad como la obra de Jorge Ibargüengoitia.

Merecen crédito: Héctor Sánchez en el montaje de luces; Azael Sánchez en el control de audio y luces; Amado Ramírez, Carolina Barrientos y Roberto Torres en el apoyo logístico.