“No había mañana cuando yo tenía 20 años. Todo era el hoy. No tuve tiempo ni para el miedo, ni para el desencanto. Y todo era nuevo. La libertad, las calles para rodarlas, las ideas de otros rehaciendo una baraja de certezas, el sexo como un juego”.

Estas palabras, de Ángeles Mastretta, escritas para nexos, en una edición conmemorativa que celebraba sus 40 años de existencia, muestran su percepción de la realidad cuando jovencita. Era un México en el que no tenía tiempo para pensar en el mañana, pues todo ocurría, a finales de los años sesenta, en un “hoy” que urgía a vivir la libertad y entender la independencia de una manera muy distinta a la que hasta entonces se concretaba como lo ideal.

El México de esos años sesenta le hablaba de esperanza y aunque en su entorno había situaciones que la enervaban, como el papel tradicional que tenía la mujer hasta entonces, ella misma cayó en la cuenta de que la inercia a su alrededor la harían sentir que tendría que ir por el camino andado: “En quinto de primaria yo estaba segura de que nada habría mejor en el futuro que ser maestra. Ser como las mujeres que me enseñaron a escribir, a las que por años imaginé más dueñas de su destino que a ninguna otra.

“No sé cómo, ni en qué año de mi consternada adolescencia, perdí esa convicción y dejé que me tomara por su cuenta un despropósito: lo mío y lo de todas las mías tendría que ser casarse. Si a eso no le veíamos futuro, a los veinte años no quedaba más mañana que la nada”.

Fue su hermana la que hizo a su madre la pregunta: “¿Por qué a los hombres se reservaba el derecho de ir a estudiar a la Ciudad de México y no a las mujeres?” La madre atendió a la pregunta, así que ambas tuvieron entonces la posibilidad de entrenarse en la vida profesional.

A cuarenta años de distancia de esa posibilidad, Mastretta examina cómo fue entonces su vida y cómo cambió México a lo largo de estos años.

Estaba convencida de que, si vivía con esperanza y con valor, el país “sería menos pobre y más dueño de sí”. La realidad se empeña a veces en negarse a la posibilidad real de hacer cambios.  Aun así, el mundo, dice Mastretta, tiene remedio. El país es mucho mejor que el de su infancia, arguye. 

“México, en mi mañana, que es el hoy, tiene una sociedad más inteligente, más ilustrada, más libre, más democrática, más rica que la de cuando yo tenía veinte años”.

Hoy hay la posibilidad de llamar a las cosas por su nombre; en la actualidad, pensar en los otros se ha convertido en un deber, una obligación para el entramado social. Sin duda, dice Mastretta, la libertad sexual y sin duda también una mayor reverencia por la naturaleza; criticar y enfrentarse al poder, cosa poco menos que imposible en el pasado.

Y sí, en el mañana de Mastretta, su hoy, nuestro hoy, hay muchas posibilidades de entrar en un mundo en el que la comprensión del otro se ha hecho un imperativo. Una comprensión que deriva del interés por lo que le esté pasando: a nuestros pares, los seres humanos, pero también hacia los animales y la naturaleza.

Sin embargo, y muy lamentablemente, también ocurre que hay notas que siguen turbando el paisaje. Mastretta las califica como el “alarido entre las risas de los niños”.

El horror cuando vemos el ataque entre unos y otros; la falta de respeto total, la falta de comprensión. A propósito del triunfo de una transexual en el Concurso de Miss España, las voces se dejaron oír, concentrándose en fobias reveladoras de odio.

Un mundo mejor, si nuestras posiciones y nuestros puntos de vista sobre cualquier tema los exhibimos con respeto. Pero no, lo más fácil es vituperar y por supuesto excluir del “mundo normal” a los que creemos “anormales”.