Crisis. Fue en 2008 cuando estalló la crisis económica. Foto: Archivo

La desaceleración mundial que se presentó desde principios de este año no es eventual, sino la continuidad de la crisis financiera y económica que se construyó desde principios de siglo y estalló en 2008.  En efecto, el rescate bancario, de aseguradoras y armadoras en Estados Unidos afectó la economía productiva de ese país, porque la demanda cayó drásticamente… al tiempo el crédito y la inversión directa se ajusten periódicamente y poco a poco se genere empleo.

La dinámica de crecimiento en la primera década del siglo generó expectativas positivas no sólo en el otorgamiento de crédito hipotecario en el vecino país, sino también en otras regiones del mundo e inclusive en la deuda soberana de los países.

China, como motor económico de la región asiática y con efectos en América Latina y África, en el mundo globalizado en esos años dependió de la dinámica estadounidense y europea, pero cuando se presentó la crisis afectaron al gigante asiático que redujo su crecimiento de 10 por ciento promedio en diez años  a 6.5 por ciento promedio actualmente. Esta situación aún no se ha revertido aún, así la afectación ha sido generalizada, a América Latina por la desaceleración china y europea, y a México por la alicaída economía norteamericana.

El fondo de la situación actual se origina en los excedentes de capital –o riqueza- que se generaron en la el ciclo económico de ascenso en la última década del siglo XX, ante mercados abastecidos de mercancías creció el ahorro y éste debió colocarse en crédito, lo que presionó al ascenso de la producción y aceleró y calentó a la economía con incremento relativo de precios. Es decir, que ya en los primeros años de este siglo, por incremento de la demanda, ascendieron los precios y por tanto debió subir la tasa de interés activa, sobre todo en créditos hipotecarios.  

El resultado del “no pago” en los países desarrollados, sobre todo Estados Unidos, se debió tanto al incremento de tasas crediticias como al desempleo natural que se genera por incremento de gastos adyacentes a la producción y venta. Tasas de desempleo altas, morosidad, deudas gubernamentales sin recaudación fiscal suficiente, reducción de precios de materias primas, caída de precios de documentos bursátiles, salida de capitales de países desarrollados y subdesarrollados con destino a documentos del gobierno estadounidense, depreciación de monedas –incluido nuestro peso-, apreciación del dólar norteamericano y reducción de sus exportaciones, por tanto menos crecimiento para el vecino país y menos compras al exterior, etc.  Globalización, todo concatenado, todo interrelacionado y el mundo aún no se recupera de la crisis que parece llegó para quedarse, porque en ocho años el crecimiento económico mundial se sitúa aún alrededor de 3 por ciento.

Retomando el planteamiento inicial, para México en este año 2016 y para el próximo 2017 se espera un magro crecimiento de alrededor de 2 por ciento, precisamente por los efectos antes mencionados, pero la respuesta de política económica para resolver la problemática en ocho años no ha dado el resultado esperado, es decir que la crisis aún está presente.

La reducción del gasto público, el incremento impositivo –en México, en gasolinas, diésel y electricidad-, los salarios rezagados con reducido poder adquisitivo, por otro lado incremento en más de 40 por ciento de la deuda federal sin ejercicio efectivo, tasas de interés crediticias aún muy elevadas, entre otras decisiones, no abonan a la recuperación económica, más bien a la continuidad de los efectos de la crisis, es decir a acentuar la desaceleración.